| Al técnico en tráfico que inspiró la sanción de un conductor al volante de su coche que gire la cabeza 45 grados tenían que realizarle la prueba de la alcoholemia. Seguro que daba positivo. Al político que ratificó tamaño disparate tenían que mandarlo para casa por no leerse lo que votó. Seguro que estaba en la inopia. Y al agente de la policía de Poio que aplicó al pie de la letra tan disparatada normativa, el alcalde Nito Sobral tenía que imponerle una medalla por su celo en el ejercicio de su trabajo y encomendarle otras misiones más acordes con su altura de miras. Seguro que Poio acabaría incendiado igual que las redes sociales. Como este asunto solo puede tomarse a coña, el meollo de la cuestión está en adivinar cómo metería baza aquel guardia Prudencio que enseñó a circular a todos los niños de su tiempo en Pontevedra.