Una y otra vez se ha citado en los últimos días el caso de Kosovo a propósito de la declaración de independencia de Crimea, paso previo a su absorción por la Rusia de Vladimir Putin.

Y no es coincidencia el que los mismos países occidentales que aprobaron la separación de Kosovo de Yugoslavia en nombre del derecho a la autodeterminación -condenada en su día por Moscú-- se rasguen ahora las vestiduras.

Podría citarse el refrán que dice "Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita", a propósito de esa península regalada en su día por Nikita Jruschov a Ucrania, como hacían los reyes en la Edad Media con sus territorios, sin consultar a sus habitantes, y que ahora una inmensa mayoría de los que la habitan han decidido que se incorpore a Rusia.

Se ha hablado de la falta de democracia del referéndum organizado bajo la amenaza militar rusa, pero no puede caber duda de que, dada la composición étnica actual de esa península, poco habría variado el resultado tras el cambio de Gobierno, forzado desde la calle, en Kiev, visto en esa península estratégica como una amenaza al status quo que había imperado hasta entonces.

Y de poco vale hablar ahora del veto ruso y de la clara violación de las leyes internacionales cuando esas mismas leyes se atropellaron en tantos otros casos, entre ellos la invasión de Irak por Estados Unidos y sus aliados occidentales, con sus tremendas secuelas de muerte y destrucción y unas consecuencias que ese país seguirá sufriendo todavía muchos años.

Es lo que ocurre cuando el derecho internacional se esgrime selectivamente, cuando cada uno lo utiliza para atacar al adversario, pero se olvida de él siempre que le conviene. Eso se llama "doble vara de medir" o más sencillamente "hipocresía".

Y lo que ha ocurrido aquí es que Occidente calculó mal desde el principio y no se tomó en serio al oso ruso, un animal herido, profundamente humillado desde la disolución de la Unión Soviética, que muchos ven todavía allí como una gran catástrofe nacional.

Pero es que además los rusos no se han cansado de denunciar el incumplimiento por Estados Unidos y sus aliados europeos de lo acordado a raíz de la unificación alemana: a saber, que la ampliación al Este de la OTAN se limitaría al territorio de la RDA.

Desde entonces, Moscú ha visto cómo países que habían sido sus satélites se han ido incorporando al escudo protector de la Alianza, y Rusia ha debido de experimentar una inquietante sensación de cercamiento.

Y ha visto además cómo el presidente Obama seguía adelante con el plan de desplegar en Europa, incluida la base española de Rota, su polémico sistema de misiles antimisiles sin que atendiera a las razones de Moscú.

En esas circunstancias, la oferta europea a Ucrania de un acuerdo de asociación debió de interpretarse en el Kremlin como un intento de estrechar todavía más el cerco, sobre todo teniendo en cuenta la posibilidad de que ese país se incorporase también un día, como su vecina Polonia, a la Alianza Atlántica.

Aunque, para ser justos, hay que condenar también la flagrante ruptura por Moscú de su compromiso de respetar la integridad de Ucrania después de que este país renunciase al armamento nuclear heredado de la época soviética. Violación que Rusia justificó sagazmente por el supuesto peligro que corría bajo los nuevos gobernantes ucranianos la mayoría de origen ruso de Crimea.

Aquí, como se ve, no hay justos y pecadores, sino que todos -rusos y occidentales-- se han dedicado a defender sus intereses estratégicos, como si no hubiese acabado realmente la Guerra Fría y no fuera siendo ya hora de que el comercio sustituyese de una vez por todas a la amenaza de las armas.

Con una población también mayoritariamente rusoparlante en las regiones mineras y siderúrgicas del Este de Ucrania, que siempre se han sentido más rusas que ucranianas, parece urgente ahora llegar a una solución negociada que respete los derechos de las distintas comunidades y evite una nueva división del país, que a nadie, ni siquiera a Rusia, debería interesar.

Primero eso, y luego se verá cómo se resuelve lo de Crimea, para lo cual todas las partes tendrán que hacer concesiones. Por estratégica que sea, esa península no vale una nueva guerra.