La invasión de Crimea es de pura lógica en el mapa geoestratégico ruso. Por muy odiosas que nos parezcan las imágenes de los tanques en las carreteras, las ciudades y los puertos, basta pensar en una hipótesis contraria, la del giro de 180 grados en la política de un territorio de influencia OTAN, para entender que, en principio, la respuesta armada también precedería a la diplomática. De este lado del mundo, que mantiene larvada la dialéctica de bloques de la Guerra Fría, casi todos justificarían la acción. En perspectiva imperialista, Putin no tenía otro camino. Discutir con el nuevo poder ucraniano la segura permanencia naval en los puertos del sur no será igual en condición de huésped que como protagonista de facto. Ha instrumentalizado la casi unanimidad prorrusa de un referéndum ilegal para tener voz y voto equipotentes para los pactos en que todo desaguará si la violencia sigue bajo control.

Limitadas a la periferia del poder ruso, las reacciones de la Unión Europea y los USA serían ridículos paripés sin previas garantías de la fase negociadora. Puede ser uno de los puntos secretos de las conversaciones telefónicas de Putin con Merkel y Obama, tan alérgicos a la secuela bélica como a dejarse arrebatar una nación mayoritariamente prooccidental. Kiev legitimará por la vía electoral el derrocamiento del régimen anterior y la toma del poder por las fuerzas europeístas, sin que Rusia lo estorbe si amarra su posición en Crimea. En Berlín y Bruselas, que no reconocen el referéndum, empiezan a filtrar simpatías por una reforma confederal de la constitución ucraniana que otorgue potestad a Crimea para una política prorrusa. Mal se entiende una confederación con políticas exteriores diferenciadas, pero como alternativa a la guerra todo es posible.

En cualquier caso, lo de Ucrania se parece poco a lo de Georgia, cuando las potencias occidentales miraron a otro lado. El valor estratégico era muy inferior en términos militares o de abastecimiento energético, y los georgianos no presionaban por la salida europea con la irreductible intensidad de los ucranianos. La derecha norteamericana condena la tibieza de Obama en la defensa del país como gendarme del mundo, y la UE denota una vez más la inanidad de una política exterior inexistente por prevalencia de los intereses nacionales. Las experiencias bélicas en Europa tras la caída de la URSS se descalifican solas. Crimea no vale otra guerra y Rusia puede contentarse con una negociación interpares de sus intereses en la península, como "pieza separada" de una soberanía territorial sin escisión formal de la unidad ucraniana ni derechos de conquista. Es la lógica de Putin, tan repugnante como se quiera, pero fácil de entender por los teóricos defensores de la libertad como alternativa a la guerra.