Resulta interesante, diría incluso que imprescindible, para tratar de entender lo que ocurre en Ucrania lanzar una mirada en lo posible libre de mitos y prejuicios sobre su historia. Y alguien que puede proporcionárnosla es el profesor de Historia de Europa Oriental en la Universidad Humboldt, de Berlín, Jörg Baberowski.

Según explica Baberowski, autor del libro "Verbrannte Erde. Stalins Herrschaft der Gewalt" (Tierra quemada. El dominio estalinista de la violencia), en un artículo en el semanario "Die Zeit", si Occidente ha fracasado en el conflicto ucraniano es porque no ha entendido la complicada historia del país.

Baberowski critica a quienes como la escritora ucraniana Tanja Maljartschuk ven en Rusia solo el origen de todo lo malo que le ha pasado a ese país a lo largo de los siglos: la destrucción de Kiev en 1169 por el Gran Príncipe de Vladímir, el incendio de la que era la capital de los cosacos por Pedro el Grande en 1708, la orden que dio Lenin en 1918 de fusilar a 3.000 habitantes de la capital como enemigos de la revolución o la hambruna decretada por Stalin en toda Ucrania, de la que fueron víctimas millones.

Como historiador que es, Baberowski explica que las naciones son "comunidades de vencedores o de víctimas", y a Ucrania se la presenta como una nación de víctimas, oprimida a lo largo de los siglos y que solo pudo salir de las tinieblas con la disolución de la Unión Soviética. Patrón que se repite en casi todas las repúblicas exsoviéticas porque esas historias tratan de demostrar que es deseo de todos los ciudadanos de vivir en una comunidad que piensa y siente igual.

Pero "los historiadores son los peores enemigos de los nacionalistas", afirma el profesor berlinés ya que se hacen preguntas como estas: Había ya una nación ucraniana cuando el zar Pedro pasó a sangre y fuego la capital de los cosacos? ¿Querían los constructores del siglo XIX ser ucranianos? ¿Sabían qué era ser ucraniano o cómo se devenía ucraniano? ¿No fueron los cosacos perseguidos por los comunistas porque habían ayudado a los zares a aplastar los levantamientos revolucionarios?

¿Por qué el georgiano Stalin mandó asesinar o enviar a Siberia no solo a ucranianos, sino también a rusos, polacos y judíos? ¿Por qué en la gran hambruna de 1933 no solo murieron campesinos ucranianos, sino también alemanes, rusos y polacos? ¿No debería hablarse también de comunistas ucranianos que aterrorizaron y asesinaron a muchos compatriotas? ¿Hay que ver en la Unión Soviética postestalinista solo una prisión de pueblos? ¿No fue también un modelo exitoso de solución de conflictos interétnicos?

Ucrania es, afirma Baberowski, solo un fruto de la política de nacionalidades soviética. En los años veinte del siglo pasado surgió algo que no había existido nunca en el territorio del imperio. Los bolcheviques ordenaron un imperio de tantos pueblos según principios étnicos, fundaron repúblicas, diseñaron lenguas e historias nacionales, y también Ucrania se transformó entonces en una República nacional. Fue Stalin quien hizo realidad algo que habían soñado siempre los nacionalistas ucranianos.

El dictador soviético no solo firmó "un pacto con el diablo" para dividir Polonia, sino que legitimó la agresión contra el país vecino presentándolo como "liberación de los ucranianos del yugo polaco" aunque Ucrania no era lo que gustaba imaginarse a los nacionalistas porque en el Este del país no había prácticamente nacionalistas: en las ciudades vivían sobre todo judíos y rusos que acudieron en masa a las ciudades con el primer plan quinquenal y formaron parte de la cultura del imperio. Kiev y Járkov fueron ciudades imperiales antes y después de la revolución y no lugares de autoconfirmación nacional.

El Oeste de Ucrania era, sin embargo, otra cosa: perteneció primero al imperio de los Habsburgo y, tras la Primera Guerra Mundial, a Polonia. Allí no triunfó el hombre soviético, no hubo asimilación. Algo comprensible a la vista del terror que allí practicó Stalin. Muchos ucranianos lucharon a favor de Hitler porque pensaban así poder librarse del yugo soviético. Y, acabado el conflicto, continuaron combatiendo al Ejército Rojo.

Para las elites nacionales del Oeste del país, la nación ucraniana solo podía ser una comunidad de víctimas, y así la hambruna de 1933 se convirtió en mito fundacional. Pero eso es algo con lo que no podían identificarse los ucranianos del Este ni los de Crimea, que siempre se vieron como vencedores, como soviéticos y para quienes el derrumbe de la URSS fue una trágica pérdida porque su patria no era solo Ucrania sino el imperio. Eso explica las diferentes actitudes de unos y otros.