Vivimos tiempos de bajas y rebajas en la cultura. Y, sin embargo, tal parece que en el organismo de la misma renaciese por fortuna una irrefrenable fuerza que la priva de desanimarse o sucumbir para dejar paso a su única alternativa: la barbarie. Hubo eco en estas líneas para las recientes muertes de Félix Grande y Juan José Plans. Solo la voluntad de no dejar que el sentimiento de las desapariciones triunfe evitó que las valedictorias se extendiesen a Paco de Lucía, a Leopoldo Panero, a Gerard Mortier? en este invierno que parece querer despedirse arrasando con la vida, tal como es su costumbre, aunque avivado su fúnebre propósito en 2014 con una siega tan abundante como cruel. Pero, digo, por más que la guadaña prosiga y por más que Wert y los suyos la ayuden aquí, la cultura, es decir, lo que ni es caverna ni es ruido ni es furia, no cede en su empeño de seguir presente y pertinaz en mostrarnos la belleza para que la desolación no nos consuma. "Que la muerte te pille viviendo", decía el maestro de Algeciras, por ejemplo.

El pasado domingo, más de mil doscientas personas unieron sus voces en Madrid en el "Canto de los esclavos" del "Nabucco" de Verdi, culmen de un acto organizado por una plataforma más que apoya la certeza irreductible de que no van a poder con nosotros bajas ni rebajas. Antonio Garrigues Walker, que por allí andaba, recordó una anécdota de Winston Churchill al respecto: cuando algunos propusieron al estadista, durante la II Guerra Mundial, recortar el apoyo a la cultura, respondió: "Entonces ¿para qué luchamos?" Recordé con ello algunas de las reflexiones en forma de manifiesto que otro recién caído, el grandísimo Claudio Abbado ("uno de esos magos que hacen de la vida algo verdaderamente digno de ser vivido", dejó escrito Guillermo García Alcalde), proponía en la televisión italiana: "La cultura está contra la vulgaridad y permite distinguir entre el bien y el mal. La cultura es libertad de expresión. Es el instrumento que permite juzgar a los que gobiernan. La cultura salva. Está contra la pobreza. La cultura permite superar todos los límites. Es un bien primario, como el agua. La cultura es como la vida y la vida es bella". Claudio Abbado, aquel que en 2008 pidiese como único estipendio para volver a dirigir en la Scala de Milán que se plantasen noventa mil árboles, aquel que nos recordaba siempre que la vida era bella y que nos la hizo más bella "pese a los mequetrefes, mediocres y mamarrachos que nos circundan, a pesar de las lágrimas que vertemos por la maldad y la deslealtad de algunos", como firmaba, en su despedida al maestro, el catedrático José Miguel Rodríguez Tapia.

Y recordé también este domingo cómo debe tenerse encarnado ("en carne", literalmente) ese sentimiento a favor de la cultura invocando (y envidiando) las palabras de otro arriesgado, el aún joven Jean-Luc Martinez, presidente director del Louvre, felizmente empecinado en la tarea de abrir los museos al gran público y no tan solo a los artistas: "No se consigue de la noche a la mañana, sino que es el producto de un trabajo intensivo y de una dedicación incansable; también de una especie de vocación de preferencia cultural y de unas decisiones políticas al más alto nivel. Yo soy francés y vivo en un país en el que la cultura es política. Aquí creemos de verdad que la enseñanza de la literatura, de la lectura, de las artes, de la música? son indispensables para un ciudadano. Cuando se es francés se lleva eso en los genes". Jean-Luc Martinez, como su mismo apellido indica, desciende de españoles, pero muchos compatriotas míos poderosos parecen haber emprendido el camino contrario, arrancándose esos genes. Mal año tengan. Caeremos diciendo que era buena la vida (verso de Félix Grande), que la cultura era buena: porque lo otro es feo, muerte y es barbarie.