02 de marzo de 2014
02.03.2014

Los vecinos del panadero

02.03.2014 | 03:16

"Cara a un novo pacto de estado" llevaba por título un artículo publicado en este diario (15/02/2014). La pieza periodística parecía responder alusivamente a otra de mi autoría -"¡Homologación constitucional, ya!"- del12/01/2014. Fuera o no el caso, el tema es suficientemente peliagudo para demorarme en su análisis el espacio de una colaboración. Nada menos que un "novo pacto de estado" de reminiscentes consonancias con el "Estado Novo" de Salazar.

Arranca el artículo con una declaración de escepticismo respecto a la posibilidad de que la propuesta sometida a los lectores encuentre apoyos allende los convencidos -"semella que todo o peixe estea vendido (.) e andemos a confeccionar pura música celestial"- escepticismo que comparto sabedor que por mucho que llevemos el burro al abrevadero, si no tiene sed no bebe. No obstante, sobreponiéndose a ese primer impulso melancólico, el autor urge "acadar un novo pacto de estado" con el fin de "perseverar na existencia (.) do estado democrático" ¡Albricias, esto sí que es una buena noticia! La verdad, me emocionó una conversión democrática tan inesperada pero, sobre todo, el arrojo moral de hacerla pública. Tres meses antes ("Chinatown fútbol" 26/10/2013) el recién converso había escrito aquí mismo: "Meus, a vida é cruel: de pequenos acreditamos nos Reis Magos, de adultos, na verosimilitude da democracia".

Sin embargo, pocas líneas después de la valiente confesión, en una vibrante cabriola dialéctica el articulista aclara que la preservación del estado democrático no pasa por un retorno al "espírito da Transición" toda vez que el pacto substanciado entre las fuerzas democráticas y "os herdeiros do franquismo" no hizo retroceder "aos privilexios" ni una "pulgada" (medida de longitud usual en Kansas y en las novelas de Marcial Lafuente Estefanía). En llegando aquí, lamentablemente tuve la sensación que el autor hacía gala de un sesgo histórico inadmisible en un debate serio al tiempo que ignoraba la praxis constitucional europea.

Que se sepa, las constituciones de los países de nuestro entorno económico, político y cultural no alicortan más que la española lo que él llama privilegios. No habiendo duda de ello -no, no la hay- cabe conjeturar que los herederos del franquismo también manipularon a su antojo las leyes supremas de nuestros vecinos europeos. Nunca sospeché que el brazo de Franco fuese tan largo.

Uno de los mantras preferidos de los picapedreros de la lógica elemental, y de la Constitución española, consiste en negarle machaconamente legitimidad al contrato político fraguado en la Transición. El argumento es simple y simplista: los militares impusieron normas muy limitativas al autogobierno de las nacionalidades históricas. Argumento que, además de ser más falso que el nuevo euro catalán, me parece una coña marinera. Jamás supe a ciencia cierta qué significa coña marinera pero suena a tomadura de pelo.

Se comprobó el 23-F que el estamento militar había optado mayoritariamente, en el proceso constituyente, por ser disciplinadamente juancarlista y legalista. Si los residuales militares duramente franquistas -con poco peso después de la dimisión de Pita da Veiga- hubieran tenido capacidad para imponer sus puntos de vista, fuere parcialmente, habrían obligado, como mínimo, al mantenimiento de la pena de muerte, vigente en la época en países democráticos -Japón, Francia, etc.- e incluso federales: EE UU. Y en Suiza se mantuvo la cláusula de pena de muerte por traición hasta 1992.

La Constitución española va tan lejos como pueda ir cualquier otra en nuestro entorno político sin riesgo de estimular el estallido del Estado. Aun así?Y mucho más lejos que las constituciones de Portugal, Italia o Francia, por no mencionar otros estados europeos. La Constitución portuguesa -surgida de la Revolução dos Cravos- no es desde ningún punto de vista más amparadora de derechos ni cercena más privilegios que la española ¿También fue por la asimetría contractual que impusieron los franquistas a los portugueses?

Un reproche en particular hago al artículo. Está transitado por tal cúmulo de vaguedades -pura música celestial, ciertament- que uno no alcanza a entender a qué se refiere en concreto. Hay que tener el valor intelectual de las propias opiniones y expresarlas claramente sin caer en la ramplonería de utilizar la columna para hacer propaganda subliminal, o descarada, del partido en el que se milita. Mi opinión, sin militancia, es que entresacando lo mejor del proyecto político del PP, PSOE, UPyD y Ciutadans, España atesora suficiente madurez política para convivir en democracia ¿Qué organizaciones políticas podrían llevar a buen término ese pacto que propone el articulista? ¿En qué consistiría tangiblemente? ¿Qué otro marco constitucional europeo toma como referencia? Tenemos derecho a saberlo porque de no ser así parecería que escribiese disimuladamente a instancia de parte publicitando fraudulentamente una vaporosa quintaesencia política gracias a la cual las víboras carecerían de veneno y de espinas los rosales. Sin aclarar tampoco de qué lado de las trincheras se sitúa, más temeraria me parece la velada amenaza de "guerra fría que se prolongará mentres non se acude á mesa negociadora" ¡Uf! mira como tiemblo.

In fine leemos que los nacionalismos periféricos deberían ser capaces de integrar sus proyectos "nunha concordia común e leal". Por ahí había que haber empezado: por la deslealtad. Porque si la Constitución española no satisface a todos no es por haber sido aherrojada y ahormada por los militares franquistas sino por la deslealtad, a veces sanguinaria, contra los españoles sujetos a vasallaje en la periferia dominada por los nacionalistas.

Al acceder a la presidencia del Parlamento europeo, Josep Borrell Fontelles, cuarenta apellidos catalanes en su linaje, manifestó "Soy catalán, español y europeo". Al día siguiente, la casa de sus padres, honrados panaderos de pueblo, apareció pintarrajeada de arriba abajo: "Aquí nomes som catalans". Qué nuevo pacto de Estado, pienso yo, qué entendimiento sería posible con trogloditas que en una sociedad entreverada de diferencias constitucionalmente protegidas coaccionan al vecino que les hornea amorosamente el pan: "Aquí solo somos catalanes".

*Economista y matemático

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook