06 de mayo de 2012
06.05.2012
El espíritu de las leyes

Nihilismo terapéutico

Ramón Punset

06.05.2012 | 08:40

Según cuenta el historiador William M. Johnston en su obra monumental "El genio austrohúngaro" (KRK Ediciones), durante las décadas de 1850 a 1870 los profesores de la Facultad de Medicina de Viena centraban su preocupación en los síntomas de las enfermedades y no en las terapias de las mismas. A lo largo de una generación, escribe, "estos puristas de la experimentación científica hicieron pasar a un segundo plano la investigación sobre los procedimientos curativos para, a cambio, dedicarse a examinar las historias clínicas en condiciones impolutas, sin incurrir en vanos intentos de curación. Este compromiso inculcó una severidad profesional carente de escrúpulos". Semejante actitud recibió la denominación de "nihilismo terapéutico". Pues bien, ¿no es tal denominación perfectamente idónea para catalogar igualmente la política económica que nos imponen Merkel y Schäuble?
En efecto, ¿qué son las intervenciones de Grecia, Portugal e Irlanda sino manifestaciones de nihilismo terapéutico? ¿Tienen futuro esos países, algunos de cuyos ciudadanos, que antes vivían decentemente, prefieren suicidarse en vez de hurgar en la basura? Sabido es que en los campos de exterminio de la Solución Final estaba prohibido impedir el suicidio, así que nadie espere compasión alguna de quienes heredaron los gélidos sentimientos de aquellos eficientes burócratas del gas zyklon B. Europa entera va camino de la "Endlösung" si no se libera del nihilismo alemán y, por tanto, de una política meramente procíclica que en plena recesión elimina toda posibilidad de crecimiento.
Es verdad que actualmente hasta los lacayos de Alemania empiezan a caer (Holanda) o a dudar (Durao Barroso, Rompuy, Francia€), pero no debemos hacernos ilusiones: o los europeos transigimos vergonzosamente como hicieron ante Hitler Chamberlain y Daladier en 1938, o aguardamos con lúcido fatalismo el fin de la Unión proyectada en Maastricht o reaccionamos imponiendo la autoridad común de Bruselas sobre la dictadura de Berlín. Debemos saber que a los alemanes no les importa la catástrofe: ya provocaron dos en los últimos cien años y consiguieron salir reforzados. Se trata, sin duda, de un pueblo singularmente disciplinado, cualidad ésta muy relevante cuando hay que trabajar por 400 euros y percibir pensiones de 150. Pero los demás tenemos un mayor sentido de la dignidad.
Hay ahora mismo voces que aconsejan el abandono de la moneda única, que consideran una apuesta disparatada y utópica. Pero ni siquiera el euroescéptico Paul Krugman, Premio Nobel de Economía, recomienda semejante retroceso –que, desde luego, tendría efectos apocalípticos–, sino al contrario, una política monetaria muy expansiva por parte del Banco Central Europeo. Naturalmente, esto resulta plenamente incompatible con la posición alemana. De ahí la necesidad de una decidida rebelión política contra Berlín. De ahí también la necesidad de profundizar la unión institucional europea. ¡Fuera con los rancios conceptos de soberanía! ¡Liquidemos definitivamente el modelo interestatal poswestfaliano! Sólo el federalismo europeo nos librará de una Europa alemana€ o del continente fragmentado anterior a la creación de la CECA en 1951.
¿Qué podemos hacer, dada nuestra agobiante situación, desde España? Para empezar, decantarnos firmemente por la operatividad de las instituciones de la UE y, congruentemente, apoyar la autonomía de la Comisión Europea (aun liderada por el lacayuno Barroso) frente al dogal tudesco. Si nosotros mismos concebimos los encuentros con Schäuble/Merkel como un besamanos palaciego (y así lo acreditan las sonrojantes imágenes de los telediarios), es que tenemos unos gobernantes masoquistas, a los que les encanta sentirse culpables del supuesto despilfarro español frente al no menos supuesto rigor económico germano. ¡Cuánta mitomanía! ¡Qué rastrero culto al cínico populismo alemán!
Hay veces que nuestros políticos, en el ambiente impune de los mítines partidarios, propugnan una conducta económica propia de cuitadas marujas. "No se puede gastar lo que no se tiene", claman algunos con intolerable simpleza, siendo así que todos los Estados emiten deuda pública y que la economía moderna requiere inexorablemente el endeudamiento privado, salvo en el original pensamiento estanco del inefable Oliveira Salazar, aquel que gobernó tanto tiempo al que Ortega llamaba "un país de difuntos". Estos mismos políticos marujiles adoptan como única terapia del febril enfermo de la economía española la obsoleta medicina de la sangría con sanguijuelas, de modo que no resultará nada raro el empeoramiento del paciente: brutal descenso del consumo familiar, incremento del paro hasta cifras alucinantes, altísimas tasas de morosidad€ ¡Qué importa eso! ¡Es el triunfo del nihilismo impuesto por Berlín! Angela y Wolfgang estarán contentos y en la próxima reunión del Eurogrupo nos darán una palmadita en la espalda, animándonos a proseguir por la ancha senda del suicidio.
No es, desde luego, que la reducción del déficit mediante el sometimiento del gasto público a parámetros de racionalidad y eficiencia sea algo malo. Pero esas necesarias reformas, además de acomodarse a plazos de ejecución más amplios, deben ir en paralelo (y no sólo preceder) a políticas de estímulo inversor y de fluidez crediticia pública y privada. Aquí no vale morir para resucitar. Los copagos y el aumento de las tasas de los servicios públicos son imprescindibles, pero dentro de una planificación expansiva. En fin, no se trata de ser socialdemócrata o neoliberal: se trata de no ser idiota.
rpunset@gmail.com

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