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Opinión | SÁLVESE QUIEN PUEDA

Libros, sexo, fidelidad y juguetes mecánicos

Fernando Franco

Es curioso el derrotero que tienen las palabras. Uno de estos días tuve el placer de presentar la última y espléndida obra de Eugenia Rico, "El fin de la raza blanca", y llegué a la Casa del Libro para proceder al ritual pero sin el libro, si acaso solo con su aliento, aquel que me había quedado de su lectura hace días, junto a unas notas exaltadas escritas en un folio a pie de obra, mientras leía embelesado sus cuentos. Llegué allí también, eso es cierto, con la historia de una desaparición, de una pérdida extraña en el ámbito de mi vida doméstica con la que podríamos hacer un cuento.

Se preguntarán ustedes de qué hablo y ya les anticipo que de una evaporación mágica o acaso de un hurto literario. Yo lo titularía "El extraño caso de El fin de la raza blanca". Tuve hasta hace dos días este libro en mis manos en el salón de mi casa y el día anterior a su presentación no logré hallarlo por más que lo busqué en frenesí Iibresco, como se busca un somnífero a esas horas o un chupete cuando el bebé te despierta sin respeto por la madrugada: lo busqué entre el caos de las estanterías de mi biblioteca; en las intimidades de la mesa camilla, por si hubiera caído entre sus faldas; en el sofá, bajo su cuerpo oscuro por si allí hubiera sido abducido; bajo la cama, por si a ella lo hubiera llevado en estado zombi, de trance, no memorizado.

Allá donde había un rincón incierto busqué "El fin de la raza blanca" y solo hallé ausencia, eclipse, evanescencia, así que crucé frustrado mis brazos , y barrunté para mí mismo: ¿Acaso esto, Oh Señor, es un literario hurto? Rememoré el día y habían pasado por mi casa una empleada de hogar, un electricista y dos hermanas poetas. A ninguno de ellos me atreví a llamar porque robar un libro no es delito sino cosa de aplauso y más en tiempos en que la pantalla y las masivas redes sociales parecen absorberlo todo; pero en mi mente, es cierto, se abrió una rendija de esperanza. Si el objeto libro, me dije, es aún objeto de rapiña, es que no todo está tan mal, aún hay decencia.

Pero del hurto de libros pasamos en la cena posterior con la escritora, por culpa de una dama, a discutir una tesis: la fidelidad al libro suele ser inquebrantable, no como la de la pareja. De esas cosas solo pueden hablar las mujeres, no los varones que dan la infidelidad, salvo curiosas excepciones, por hecha. Yo conté en la mesa que el día anterior me había llamado una mujer de 71 años y me decía que ella había sido feliz toda su vida, desde que por vez primera se entregó a su Manuel. Claro, la felicidad depende de una actitud mental, no del exterior. Para muchos eso no es más que perder las maravillosas ofertas que te da la vida pero lo importante es hallarse feliz y ella lo era, cuando quien pica de aquí y allá goza mucho pero no suele llegar a ese estado.

Todos nosotros podemos ser fieles al mundo del libro pero parece cosa difícil al mundo del otro. El 58 por ciento de las mujeres confiesan haber sido infieles alguna vez; ya no digo los hombres, que, salvo unos cuantos abstemios respetables, solo son fieles cuando no tienen otro remedio. La maldición de la infidelidad está grabada a fondo en nuestra naturaleza, que está hecha para el goce y sufre cuando pactos superiores como el matrimonio la limitan. Pero las cosas están cambiando. Antes las mujeres entregaban su vida a un solo hombre, o sea a nada. Hoy, yo tengo amigas que quieren mucho al suyo siempre que no les toquen a su amante. Las mujeres empiezan a ser golosas, precisamente del hombre que no les pertenece. Ser mujer de un solo hombre empieza a ser ya, desde "Sexo en Nueva York", como tener un solo trabajo en vida, una experiencia sospechosa. Otra amiga llama "mi marido fiel" solo a su consolador; otra es eyaculadora profesional (enseña) y hasta tengo una probadora de juguetes sexuales. Si ahondáis en los armarios femeninos, hallaréis muchas sorpresas y si las oyérais en un confesionario, más. En el futuro, el drama real de la sexualidad femenina será que se les acaben las pilas de sus juguetes mecánicos.

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