02 de octubre de 2011
02.10.2011
El espíritu de las leyes

Indios y vaqueros en Jerusalén

Ramón Punset - Catedrático de Derecho Constitucional

02.10.2011 | 08:30

La aportación de los judíos a la cultura europea ha sido enorme. Y no sólo a través del cristianismo, cosa evidente, sino también, desde el triunfo de la Ilustración, por su activa presencia en las élites intelectuales, científicas, políticas y económicas del continente. Dividido éste en Estados soberanos mutuamente recelosos cuando no hostiles, los judíos fueron, hasta el Holocausto, el principal factor cosmopolita, y por tanto cohesivo, de la vieja Europa. El admirable escritor Stefan Zweig, un judío europeísta educado en la Viena supranacional, se lamenta en sus Memorias de que el nacionalismo "envenena la flor de nuestra cultura europea". Quienes escaparon de la persecución antisemita llevaron lo mejor del espíritu europeo a los Estados Unidos, donde constituyen un poderoso grupo de presión y, a través de la industria cinematográfica y televisiva, han venido sintetizando para el gran público global los valores del llamado credo americano. Aparte de esto, el exterminio de millones de judíos por los nazis les ha proporcionado, al menos en el mundo occidental, una amplia simpatía, alimentada por los conmovedores testimonios de todo orden sobre las atrocidades cometidas contra ellos con frialdad y determinación por la eficaz maquinaria burocrática alemana, servida por probos funcionarios y honrados padres de familia impregnados de lo que Hannah Arendt, refiriéndose a gente como Eichmann, llamó "la banalidad del mal". Desde Primo Levi a Vasili Grossman, la abundantísima literatura acerca de la "Shoah" nos deja psicológicamente impactados y exhaustos. "El hombre en busca de sentido", una obra bellísima del psiquiatra Viktor Frankl, alguien que sobrevivió al designio de la solución final, contiene una reflexión y una imagen que me emocionan hasta las lágrimas: "el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en ellas con la cabeza erguida y el o el en los labios". Asumir plenamente esta segunda oración --o más bien una apelación, una invocación y un compromiso-- del Deuteronomio (6, 4–5) hace que yo también me sienta judío. Y ello tanto más cuanto que, según meditaba Zweig, quizás el sentido último del judaísmo sea el de repetir una y otra vez, a través de su existencia misteriosamente perdurable, la eterna pregunta de Job a Dios, para que no sea totalmente olvidada en la Tierra.
Sin embargo, la simpatía hacia los judíos y la gratitud por suavizar las aristas de la Europa postwestfaliana no puede conllevar un juicio benevolente de la trayectoria seguida por el Estado de Israel. A pesar de tratarse, originalmente al menos, de un artificio sionista que se remonta doctrinalmente a Theodor Herzl, la República israelí contó con la aprobación de la opinión pública europea hasta 1973. Desde entonces la política seguida con los palestinos vencidos y ocupados se limita a brutal represión, acantonamiento territorial y colonización incesante del escaso espacio residual que les ha quedado. Palestina es cada vez más un gueto. Para llevar a cabo esta política Israel tuvo que renunciar al núcleo del Estado de Derecho: no se puede tener por tal a un país cuyo Tribunal Supremo ha declarado legal la tortura y cuyo Gobierno practica sistemáticamente el asesinato político. La extensión entre los israelitas de la ideología ultrarreligiosa propicia el fenómeno de los asentamientos coloniales tutelados por el Ejército. Como escribió el historiador de origen judío Tony Judt, hay "una anacrónica fusión israelí de territorio y seguridad", es decir, una "escatología irredentista? en virtud de la cual se invoca el Antiguo Testamento como una suerte de contrato inmobiliario con un Dios partisano". Merced a esta bárbara política de destrucción y de ocupación militar, Israel, dice nuevamente Judt, "no ha ganado nada en seguridad, lo ha perdido todo en civilidad interna y en respetabilidad internacional y ha perdido su superioridad moral para siempre".
Los israelitas, y sus apoyos mediáticos, se ofenden mucho cuando alguien les reprocha que estén practicando con los palestinos otro Holocausto. La verdad es que nos hallamos tan inundados por la literatura de la "Shoah", que resulta tentador recurrir a esta comparación, ciertamente exagerada, aunque de una demagogia eficacísima. No es que, para sus víctimas, haya excesiva diferencia entre la Wehrmacht y el Tsahal, ni, desde luego, entre la Gestapo y el Mossad o el Shabak, pero el desprecio de los gobernantes de Israel por el Derecho tampoco puede ser completamente equiparable al del III Reich. No, los palestinos no son la reencarnación de los judíos de la Europa nazificada. Arafat lo sabía bien: por eso comparaba a sus compatriotas con los indios norteamericanos, progresivamente arrinconados por los colonos con el apoyo de los cuchillos largos, hasta concluir confinados en las reservas, sin más horizonte que el alcohol barato y el enrolamiento en el U. S. Army como carne de cañón en las guerras imperiales. La deshumanización del pueblo palestino en la propaganda oficial y en la mentalidad popular de los israelíes le aproxima también históricamente a los pieles rojas, paradigma de barbarie homicida en el imaginario de los colonos depredadores, según nos han trasladado las novelas y películas del Oeste. La convicción de que todos los palestinos son unos fanáticos terroristas es idéntica a la que sentían los colonos americanos del siglo XIX de que el mejor indio es el indio muerto. En fin, igual que hicieron los indios, los palestinos de vez en cuando se levantan (se "intifan") contra la ocupación y el despojo, pero nunca han tenido un glorioso "Little Big Horn".
Se dice que los palestinos han cometido en su legítima lucha múltiples errores. Bueno, supongo que lo mismo que el sioux Sitting Bull o el apache Gerónimo. Lo cierto es que la humanidad entera está harta del conflicto palestino–israelí y, salvo los incondicionales estadounidenses, considera a Israel un peligro para la paz mundial. ¿Qué solución cabe? Sin duda, el Estado de Israel es ya un hecho irreversible, pero los palestinos deberían poder constituir también un Estado propio. El presidente Mahmud Abbas acaba de pedir el ingreso de Palestina en la ONU como un nuevo Estado, lo que seguramente impedirá el veto del hastiado, pero firme, amigo americano. Ahora bien, ¿resulta vital tener un Estado propio? El lúcido intelectual palestino Edward Said escribió que "mucho más importante que tener un Estado es el tipo de Estado", y propugnó un solo Estado secular para israelíes y palestinos. ¿Utópico? La Palestina histórica, argumentó Said, es una causa perdida, pero también lo es, por las mismas razones, el Israel histórico, o sea, el Gran Israel bíblico.
La integración de los dos pueblos, que requiere en mi opinión la previa estatalidad palestina y la creación posterior de un ente confederal, parece hoy un empeño disparatado, pero, ¿no declaró Goethe, dando muestras de crudo realismo, que a veces la voluntad puede dar órdenes a la poesía?

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