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Opinión | Crónicas galantes

Wittgenstein y el genio austriaco

Anxel Vence

Más que por sus valses o por la acaramelada historia de la emperatriz Sissi, a los austriacos se les admira por su genio publicitario. "Son unos magos increíbles", decía el director de cine Billy Wilder. "Han convencido al mundo entero de que Beethoven era austriaco y de que Hitler era alemán".

Sorprendentemente, no han ejercido esas habilidades propagandísticas y patrióticas con Ludwig Wittgenstein, filósofo de intrincado apellido y aún más laberíntica obra que, pese a tales arideces, es para algunos el más notable pensador del pasado siglo. Wittgenstein tenía denominación de origen vienesa; pero lo cierto es que ni siquiera esa feliz circunstancia de nacimiento bastó para que Austria se lo apropiase de parecida manera a cómo había prohijado al alemán Beethoven. Al igual que ocurriera con Adolfo Hitler, nacido en la localidad austriaca de Braunau am Im, nadie o casi nadie insistió demasiado en declararse compatriota del pobre Wittgenstein que –cierto es- cambió su nacionalidad de origen por la británica. Eso explica que tanto en Londres como en Cambridge y en Viena existan sociedades dedicadas al estudio de su filosofía.

Fuese austriaco, británico o ambas cosas a la vez, la obra de Wittgenstein no constituye exactamente un trabajo para la distracción de las masas. Parece natural, si se tiene en cuenta que su pieza más conocida lleva el título de "Tractatus logico-philosophicus": así, en latín y sin anestesia previa. El propio autor acuñó la máxima: "No estamos aquí para divertirnos", cita que acaso permita entender sus propósitos mejor que cualquier tratado.

De esas asperezas y espesuras ha venido a rescatarlo ahora –coincidiendo con el 60º aniversario de su muerte– el profesor Arthur Gibson, un académico de Cambridge que invirtió tres años en desentrañar una parte de la obra de Wittgenstein que se había perdido en los convulsos años de la Segunda Guerra Mundial. Son unas 170.000 palabras, junto a un indeterminado número de ecuaciones matemáticas, las que el animoso Gibson ha estudiado hasta descubrir un "cuaderno rosa" que a su juicio es una de las joyas de la filosofía buscadas durante años por los investigadores. Gracias a estas revelaciones que, obviamente, Gibson se dispone a publicar antes de un año, hemos sabido que Wittgenstein entretenía sus ocios formulando ecuaciones para resolver el llamado Pequeño Teorema de Fermat. Se trata de una serie de cálculos "extraordinarios" y –lógicamente– "muy extraños" en opinión del fascinado investigador de esta parte póstuma de la obra del filósofo que ahora saldrá a la luz para deleite de los amantes de las rarezas.

Felizmente, también hay en estas páginas perdidas una parte de cotilleo que acaso despierte más interés para el público mayoritario y poco ducho en filosofías de la lógica y el lenguaje. Los papeles exhumados por Gibson desvelan, al parecer, que la relación entre Wittgenstein y Francis Skinner, el joven estudiante y amanuense al que dictaba sus escritos, fue bastante más allá de un simple –si bien singular– trato entre maestro y discípulo. Deduce Gibson de los todavía inéditos escritos que profesor y alumno eran, además, amantes; y que la temprana muerte de Skinner sumió al filósofo en una profunda depresión que explicaría los posteriores cambios en su obra.

Salvo en lo que respecta a este lance amatorio, poco usual para la época, no es seguro ni siquiera probable que las revelaciones del entusiasmado Gibson vayan a atraer el interés del gran público, por trascendentales que puedan parecer a los estudiosos. Frente al genio de los austriacos en materia de lógica y propaganda, aquí siempre podremos oponer la filosofía parda de Belén Esteban. Que además sale a diario en la tele y no publica tochos en latín.

anxel@arrakis.es

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