El aspirante oficial a presidir el gobierno del Reino de España, el candidato que saca seis puntos en el peor de los casos a su contrincante y actual usufructuario del cargo, acaba de declarar que, llegado el caso, formará su gabinete poniendo de ministros a los mejores y más capaces sin atender a cuotas ni criterios territoriales. Semejante afirmación, propia de Pero Grullo, sería trivial en cualquier Estado de derecho digno de ese nombre. Aquí, no. Si sirve como arma política es por el peso de la comparación, al poner el dedo en la llaga advirtiendo que buena parte de los ministerios actuales están sujetos no ya a una cuota de sexo o peso autonómico sino al criterio del capricho. Nunca se había entendido lo suficiente, de cara a la constatación de las virtudes políticas, el mérito de haber estado de recién nacido en brazos de un prócer.

Pero el anuncio de la exigencia de capacidad e ideas deja frío al personal. Tal vez sea que nos hemos dado cuenta de que el oficio de ministro andaba un tanto sobrevalorado y, al descender al suelo de lo cotidiano, salta la evidencia de que en el fondo nada cambia. No sé si será una leyenda urbana pero se dice que el gobierno de uno de los países más serios y eficaces que existen, la Confederación Helvética, es el resultado del puro cálculo de cuotas de tal suerte que si un ministro enferma o dimite hay que buscar otro semejante: calvinista, germanoparlante, de sexo femenino, mediana edad y militancia socialdemócrata, pongo por caso. A veces el encaje de bolillos da como resultado el conjunto vacío y entonces o bien hay que disolver el gobierno entero o eliminar la cartera. Aunque en el fondo da igual porque –sigo con la imagen idílica de los helvéticos– los ministros se limitan a ejecutar la política decidida e impuesta por el parlamento.

Cuando el ministro-burócrata se reemplaza por un ministro-florero, hay un déficit en el cambalache. Pero no queda afectada la metafísica del arte de gobierno porque, en uno y otro caso, quien decide, impone y, de hecho, gobierna es otro. Con lo que andamos ya muy cerca del nirvana político de la desaparición de toda huella de gestión pública profesional. Otra leyenda sostiene que los chinos de la época clásica sorteaban el cargo de ministro, figura bien próxima a lo que es la presidencia de una comunidad de vecinos y con parecidos resultados, es de esperar. Así que si el aspirante al que me refería al principio llega a presidir un gabinete de ministros competentes, preparados y capaces, nos vamos a enfrentar con un enigma. Ninguna de las lacras de nuestra España de hoy desaparecería. Seguiríamos sujetos a la arbitrariedad de los pactos con partidos bisagra o al atropello de los gobiernos en mayoría. Seguiríamos padeciendo una abstención brutal. Seguiríamos sujetos a las veleidades de los tiburones financieros. Lo que iba a cambiar es el retrato sociológico del consejo de ministros. Predicción realista: trepas con poder en la fontanería del partido y habilidad suficiente como para esquivar el trabajo de los fiscales.