04 de marzo de 2010
04.03.2010
Áspero y sentimental

Hoguera de marfil

Jose Luis Alvite

04.03.2010 | 01:33

Se celebra el doscientos aniversario del nacimiento de Frédéric Chopin en un momento en el que lo que impera en ciertos ambientes sociales no es precisamente la aceptación de la sensibilidad como una virtud, sino su consideración como una patológica desviación de la conducta. Ni la ensoñación ni el ensimismamiento están bien vistos. Por más que es esfuercen en cultivar su virtuosismo y su talento, los muchachos del conservatorio saben que su éxito en sociedad jamás será comparable al del muchacho que esculpe sus músculos en el gimnasio. Nunca el sudor había prevalecido tanto sobre el llanto y el talento. Jamás ha estado entre nosotros tan desacreditada la sensibilidad, hasta el punto de que sentir la llamada de la inspiración puede suponer para cualquier artista el mismo motivo de preocupación que si se sintiese tentado por un vicio. Muchos jóvenes han sido educados en la creencia de que el pensamiento es menos importante que la gimnasia, lo que explica que los adolescentes que sueñan con parecerse a Chopin lleven las de perder frente a aquellos otros que solo aspiran a la suprema altura intelectual de dominar las banales fintas de la "capoeira" o los anélidos escorzos de la danza del vientre.
Como no manejo estudios al respecto, me permito suponer que el descrédito del talento y la aversión a la sensibilidad tienen mucho que ver con la moderna obsesión por la salud y con la exaltación del vigor. Que el arte es cosa de solitarios y enfermos es algo más que un tópico manejado con la natural ligereza de los banales tiempos que vivimos. Es también un principio pedagógico asociado a la idea generalmente extendida de que el piano y el violín son el destino natural e implacable, casi el castigo, de quienes no saben jugar al "squash" o no tienen equilibrio bastante para andar en moto.
Chopin era, efectivamente, un hombre enfermo que arrastraba desde la infancia graves problemas de salud que influyeron de manera decisiva en el retraimiento de su carácter y determinaron el ensimismamiento que le apartó de los círculos sociales más ruidosos de su tiempo. Carecía también de entusiasmo y su afán de notoriedad se limitaba a toser discretamente en el caso de que, por estar tuberculoso, no fuese capaz de contenerse. Sin embargo, se sobrepuso a sus propias limitaciones y fue un verdadero triunfador en Viena antes de sobresalir con verdadero prestigio en los salones más exclusivos de la mejor sociedad parisina. Si uno escucha la suavidad casi insonora de algunas de sus composiciones, comprenderá que el formidable pianista polaco odiase las reuniones numerosas y prefiriese dar su conciertos ante un público reducido y selecto, en un ambiente relajado, casi balneario, en el que el fascinado auditorio podía distinguir en cada nota el seseo de las yemas de los dedos del concertista biselando apenas las teclas, como un rocío de mariposas volando al tacto sobre las llamas satinadas de una hoguera de marfil. Era como si temiese que un sonido más alto de su piano le espantase la inspiración mientras fluía en sus manos la prestidigitación de una música que a veces parece compuesta para ser escuchada arrodillado en la oscuridad azul y amarilla del interior de una hermosa mujer enferma.
A mi siempre me gustaron los hombres temerarios y al mismo tiempo inseguros, también un poco tristes y ensimismados; los tipos que de una mujer sólo recuerdan a veces sus guantes y el paraguas; los hombres en apariencia duros y resueltos que en el fondo se han pasado la vida maldiciendo la desgracia de no haberse cruzado en su camino una de esas mujeres inteligentes y audaces, como la erótica y penetrante George Sand, que no se sabe si se enamoró de Chopin por la tenaz tristeza de su semblante, por la arácnida delgadez de sus manos largas o porque le gustaba tener sexo con uno de esos escasos hombres de talento prevenido y prodigioso en cuya tísica y gramada delgadez son del mismo hueso el esqueleto, el epitafio y los besos.
jose.luis.alvite@telefonica.net

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