03 de marzo de 2010
03.03.2010
Crónica Política

El preacuerdo

Javier Sánchez de Dios

03.03.2010 | 01:18

Así pues, si eso que ha ocurrido en el último pleno no es un espejismo, y el acuerdo inicial entre PP y PSdeG sobre la nueva reforma de la Lei do Solo, presentada al Parlamento por el conselleiro se consolida, podría quizá –y por fin– estar este país en el pórtico de un Pacto por el Territorio. Que, como proclamó la portavoz socialista doña Mar Barcón, ya va siendo hora después de treinta años –largos– de democracia.
Conste que, se le llame como se le llame –porque hay quien considera aquella nomenclatura como algo grandilocuente– el acuerdo entre los dos principales partidos de Galicia sostendrá, a medio y largo plazo, una ordenación territorial estable. Una hipótesis que resulta sencilla de decir, pero que supone algo tan complejo como un esquema que pueda durar veinte años sin ser vapuleado por vaivenes electorales. Lo nunca visto, al menos aquí.
Dicho eso conviene subrayar otro elemento de importancia singular en lo que habrá de considerarse al menos de momento un preacuerdo: con él se facilitará la agilización de los planes municipales de ordenación y por lo tanto se fomentará la confianza, y la inversión, dos aspectos claves para el futuro de las ciudades. Y como quienes firman son los que gobiernan las dos terceras partes, o más, de los núcleos habitados de este país y cuentan con el apoyo de la FEGAMP, los efectos serán excelentes.
En este punto parece conveniente otra reflexión. El BNG, que es la tercera fuerza del Parlamento gallego y que tiene también Alcaldías importantes en el mapa, queda fuera –al menos de momento– del eje común, y eso sólo significa problemas. Y aunque lo mejor sea enemigo de lo bueno, a veces conviene arriesgar y optar por lo primero antes que por lo segundo, y ésta es una de ellas.
Es verdad que algunas de las reticencias expuestas por la ex conselleira doña Teresa Táboas en nombre del grupo nacionalista son razonables, además de solventes, y habrían de tenerse en consideración más de lo que se ha hecho. Pero el mejor camino para blindar la futura ley contra pícaros y sinvergüenzas es trabajar en común y, por tanto, en un marco general de pacto. Que no sigifica sumisión, pero tampoco rebelión permanente.
En todo caso doctores tienen las respectivas iglesias de los grupos para abordar el asunto con sentido de país, y habría que confiar en que así sea. El tono inicial alienta, pero nadie ha de confiarse: muchos acuerdos que parecían justos y necesarios se frustraron al final.
¿O no?

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