03 de marzo de 2010
03.03.2010
Inventario de perplejidades

Cuando el ciclón nos perdona

José Manuel Ponte

03.03.2010 | 07:30

Según cuenta algún periódico, muchos ciudadanos gallegos llamaron a los servicios meteorológicos para quejarse de que el anunciado ciclón que venía de Canarias no se hubiese notado demasiado en la región, sobre todo en la provincia de A Coruña. Los teléfonos no paraban de sonar y los comunicantes expresaron su enfado porque la fuerza del viento no se correspondiese con el nivel de alarma decretado por las autoridades. Se supone que una buena parte de los que telefoneaban eran hosteleros y comerciantes tras constatar que bastantes clientes se quedaron en casa por precaución y desistieron de salir a la calle a gastar dinero, que parece ser una de las obligaciones principales de la ciudadanía responsable (y mal pagada). Me cuenta un funcionario de esos servicios que algunos de los anónimos interlocutores se permitieron ironizar sobre las denominaciones empleadas por los técnicos para catalogar la borrasca. "Ustedes dijeron que se trataba de una ´ciclogénesis explosiva´, o de una ´tormenta perfecta´, y resultó ser una ventolera normal para esta época del año. En fin, una tomadura de pelo. Una más". Y tampoco faltó quien quiso derivar la responsabilidad política hacia el ministro del Interior, señor Rubalcaba, por haber recomendado a la gente que se abstuviese de viajar e incluso de salir a la calle en zonas donde el huracán pudiera hacer caer vallas, cornisas, árboles, postes de la luz o letreros comerciales. Afortunadamente, el huracán se produjo durante el fin de semana, los tertulianos más excitados estaban descansando la lengua, y el enfado de unos pocos no se convirtió en una tormenta radiofónica devastadora de milagro. Luego, nos enteramos que en Galicia había muerto una anciana por efecto del viento y en Francia perecieron 50 personas por el mismo agente meteorológico, que se agravó por la lluvia torrencial y una fuerte marejada en la costa. La suerte que hubo en la provincia de A Coruña, explican los que saben de estas cosas, es que quedó bajo la influencia del centro mismo de la borrasca cuando lo verdaderamente peligroso son los bordes, que es donde el aire gira a mayor velocidad. No quiero ni imaginarme lo que hubiera pasado aquí si las autoridades no hubiesen decretado la alerta máxima y el número de víctimas mortales fuera aproximado al que desgraciadamente se dio en Francia. Ahora mismo, tendríamos en marcha una exigencia de dimisión inmediata del Gobierno de Zapatero. Aún tenemos en la memoria todo lo que se dijo sobre el trágico incendio en Guadalajara donde pereció abrasada una cuadrilla de bomberos. Hay una tendencia creciente a responsabilizar a los gobiernos de cualquier catástrofe natural o financiera imprevista. Una tendencia que curiosamente se acentúa entre los sectores de opinión que piden continuamente que se reduzca la dotación económica de los servicios públicos y de los impuestos con que se financian. Por lo que respecta al caso concreto de esta última borrasca atlántica, las autoridades han hecho muy bien en avisar a la población sobre sus hipotéticos riesgos y en adoptar las medidas preventivas oportunas. En Galicia, particularmente, todavía no se deberían olvidar los desastrosos efectos que, sobre una ciudadanía mal informada, tuvo algún suceso como el naufragio del Cason en la costa de Finisterre, cuando se desataron los bulos y los miedos irracionales. El traslado de la carga del barco hasta la factoría de Xove-Lago, con la población en desbandada y los operarios abandonando sus puestos de trabajo, fue un espectáculo supersticioso que superó la truculencia de una procesión de la Santa Compaña. Y de consecuencias más catastróficas que la propia catástrofe.

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