13 de enero de 2010
13.01.2010

Vigencia y significado de la polémica sobre Vigo entre "El Coruñés" y FARO

Ceferino de Blas

13.01.2010 | 07:30

La primera gran polémica que libraron los periódicos gallegos versó sobre Vigo. Ocurrió en 1854. La excusa fue la existencia del lazareto de San Simón y el detonante un anuncio de epidemia que llegaba de Hispanoamérica. Pero la causa era que varias poblaciones, A Coruña entre ellas, disputaban la posesión del establecimiento donde los buques transoceánicos hacían la cuarentena.
En Vigo había menos tradición periodística que en la capital del Norte. Por fortuna, unos meses antes, en noviembre de 1853, había nacido FARO DE VIGO que defendió con uñas y dientes el lazareto, del que dependía el futuro de la joven ciudad. Sin éste, Vigo perdería la condición de puerto internacional y dejaría de ser lugar de recalada y partida de los barcos que llegaban de Hispanoamérica y otros puertos del Atlántico, y quedaría reducido a la condición de un pueblo de pescadores. A Coruña tenía 27.354 habitantes, que triplicaban la población de Vigo, con 8.571.
Los protagonistas de aquel episodio fueron "El Coruñés", cuyo redactor jefe era un notable escritor, Juan P. Vicente, que mandaba maldiciones contra Vigo, y FARO, que contaba entre sus colaboradores un gran especialista en enfermedades infecciosas: el médico e historiador Nicolás Taboada Leal. Él había impulsado la instalación de un lazareto en Vigo, que se hizo realidad en 1838. Su conocimiento de la materia queda patente en el "Informe sobre el cólera-morbo asiático", impreso en 1848, del que es autor.
Fue una polémica de gran altura. A vida o muerte. "El Coruñés" pretendía borrar de la faz de la tierra a Vigo. Acusaba a la ciudad, por los barcos con infestados que llegaban al lazareto, de ser la transmisora de enfermedades que podían contagiar a todos los gallegos, al modo de las pestes medievales, por lo que pedía que se cerrasen a cal y canto las fronteras de Pontevedra, para que no entrase ni saliera nadie ni nada.
Y en cierto modo logró su propósito, ya que fueron establecidos dos lazaretos volantes en las fronteras de las provincias de A Coruña, en Padrón, y de Ourense, en Melón.
Los redactores de "El Coruñés" eran conscientes de la trascendencia que tenía para el crecimiento de Vigo el lazareto. Desde su instalación no se había producido el mínimo efecto de transmisión de enfermedades infecciosas al vecindario –se curaban con higiene, como pregonaba Taboada–, pero sí habían llegado más de dos mil buques, que traían el bienestar a la ciudad, y que nunca hubieran arribado si no existiese.
El lazareto fue la catapulta del desarrollo de Vigo. Desde su concesión, la ciudad que en 1838 tenía menos de cinco mil habitantes no ha dejado de crecer a un ritmo inédito en España, hasta convertirse en poco más de un siglo en la más poblada del Noroeste peninsular. Por esa circunstancia y por ser la más emprendedora, Vigo no ha dejado desde entonces de sufrir agresiones.
Baste un ejemplo. El lazareto de San Simón, infrautilizado y en estado de ruinas, volvió a abrirse en 1898 para acoger a los convoyes que transportaban los soldados españoles derrotados en las guerras coloniales. Las enfermedades tropicales que aquejaban a parte de la tropa que llegaba en "los barcos de la muerte" obligaban a una cuarentena. De ahí que la operación de regreso de más doscientos mil soldados españoles desde Cuba y Puerto Rico incluyera a Vigo entre sus principales destinos. Pero a este puerto sólo llegaron siete buques y unos nueve mil soldados.
La razón es que Vigo fue acusado de antimilitarista por el periódico "La Correspondencia Militar" y otros, por una revuelta popular que se produjo a la llegada del buque "León XIII" –transportaba al general Toral, que había rendido Santiago de Cuba a los americanos–-, debido al mal trato que algunos oficiales sometieron a la tropa, al no dejarla desembarcar.
Vigo protestó por la discriminación, que duró tres meses, y en 1899 llegaron dos buques más, uno de ellos el "Puerto Rico" con los soldados del Batallón Murcia, con guarnición en Vigo. Pero la cifra de retornados por nuestro puerto fue irrelevante y los beneficios que dejó el paso de decenas de miles de pasajeros se fue para otros puertos, A Coruña y Santander sobre todo.
Aún así, el trato que dispensaron los vigueses a los soldados fue tan afectuoso, que el escudo de la ciudad, "fiel, leal y valerosa", fue distinguido con la divisa de "siempre benéfica".
Vigo es un pueblo individualista. Lo son sus gentes y, en consecuencia, lo es el colectivo. Esta característica se considera un defecto, pero en lo que tiene de iniciativa, de capacidad de lucha, de tenacidad, de ingenio para afrontar las adversidades se transforma en valor positivo. El individualismo forma parte del alma viguesa, y su sociedad civil es lo que ha hecho a esta ciudad la única industrial de Galicia.
Hay quienes confunden el individualismo con el localismo, pero la historia demuestra que Vigo es la menos localista de las ciudades gallegas. Un claro ejemplo es la batalla por la capitalidad de Galicia, durante la discusión del Estatuto de Autonomía. Vigo en ningún momento planteó su candidatura, a diferencia de A Coruña, que peleó con Santiago hasta la extenuación. Como arguye Faro durante la polémica con "El Coruñés", nunca había habido pleitos entre las dos ciudades, al contrario de lo que ocurría entre Santiago y A Coruña, cuya rivalidad estaba enquistada por aquella época. "¿Hemos hecho la menor alusión, ni procurado resucitar las antiguas rivalidades de capitalidad y Audiencia entre La Coruña y Santiago?" (FV, 26-3-1854)
Los recientes acontecimientos han reavivado situaciones de hostilidad ya conocidas en la historia de la ciudad. Por eso a nadie asusta volver a afrontar en solitario este nuevo embate en defensa de los propios intereses frente a los poderes de turno. Vigo no busca pelea, pero no le arredran las agresiones externas, vengan de donde vengan, porque está avezado a sufrirlas, y el colectivo vigués se subsume en el individualismo creativo que se fortalece para repelerlas.
La polémica entre "El Coruñés" y FARO de 1854 ha entrado en la mitología del periodismo gallego. Tal vez no se estudie debidamente en la Facultad de Periodismo de Santiago, pero debería hacerse por la altura del debate y la significación que tuvo para conformar el actual estatus de las relaciones de las ciudades gallegas. Es el origen del reequilibrio entre el Norte y el Sur y de la rivalidad entre A Coruña y Vigo.
Los periódicos que las representaban pelearon por algo indispensable para Vigo: sus recursos para el desarrollo, que si encumbraban al Sur, perjudicaban al Norte. Desde entonces, con distintos lapsos de tregua, han vuelto a enzarzarse en el siglo y medio transcurrido, cuantas veces estuvo en juego algo sustancial para las dos poblaciones.
La polémica ha servido para reafirmar la identidad de la ciudad de Vigo y de toma de conciencia de su fuerza, al sentirse envidiada por la que fue durante muchas décadas la mayor capital provincial de Galicia.
Vigo necesitaba de un liderazgo que asumió el periódico recién nacido: FARO. Sus redactores ya eran conscientes de que en sus plumas estaba la representación de su pueblo.
"Estamos destinados a sostener en todos los tiempos una lucha encarnizada con los enemigos de este país, y la sostendremos... al aceptar el honroso cargo de redactores de FARO a invitación ... de un vecindario a quien deseamos proteger y servir de escudo..." (FV, 26-7-1854)
Como auguraba el cronista hace 156 años, no han cesado las agresiones a la ciudad. Ahora, como entonces, Vigo mantiene firme la determinación histórica de defender sus legítimos intereses.

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