Alberto Núñez Feijóo lo ha conseguido. Lo que Manuel Fraga acarició sin llegar a tocar hace cuatro años, lo ha alcanzado el nuevo líder del partido en Galicia: la quinta mayoría absoluta para los populares y, consecuentemente, el gobierno de la Xunta. La victoria cosechada ayer en las urnas por el PP es, además, contundente, sin peros posibles, pues la consigue con el mayor índice de participación registrado hasta ahora en unas elecciones autonómicas (70,4%), es decir, con más gallegos que nunca expresando en las urnas sus preferencias políticas, y mejora o iguala sus resultados en todas las circunscripciones. Hasta tal punto es contundente el triunfo, que se descarta que el voto exterior pueda tener incidencia en el reparto final de escaños.
El PP gana con claridad en todas las provincias, pero, aunque todos los escaños son importantes, no todos tienen igual trascendencia. El triunfo popular se cimenta fundamentalmente en las provincias con mayores núcleos urbanos. Es en A Coruña y Pontevedra donde los populares consiguen los dos escaños que les dan la mayoría absoluta, tras resistir en Lugo y, sobre todo, en Ourense.
El mito de un PP afianzado en el mundo rural y débil en las ciudades ha quedado definitivamente atrás. En A Coruña consigue casi 10.000 votos más, y en Vigo, unos 8.000 más. Los resultados de los populares en la ciudad herculina, con un 43,56 por ciento de los votos, les sitúan a las puertas de la mayoría absoluta también en el ayuntamiento. Y, consecuentemente, es en las grandes ciudades donde se hunden el PSOE y el Bloque Nacionalista Galego. En Ourense capital no sólo no ha perdido apoyo –en contra de lo que vaticinaban todos los sondeos–, sino que ha obtenido 3.400 votos más. José Luis Baltar, el último gran barón territorial del PP fraguista, ha salido más que airoso a pesar de todas las polémicas que le han acompañado durante la campaña. Incluso en Lugo capital, gobernada por los socialistas, los populares consiguen casi 2.000 votos más.
Y si contundente es la vitoria de Núñez Feijóo y los populares, incontestable es la derrota de socialistas y nacionalistas. Al margen de los errores que hayan podido cometer en la campaña, que los cometieron y grandes, resulta evidente que el bipartito ha fracasado al intentar transmitir tanto las bondades del cambio para Galicia como los aciertos en su acción de Gobierno. La derrota en Pontevedra resulta especialmente dolorosa para el hasta ahora presidente, Emilio Pérez Touriño, pues encabezaba la lista en esta provincia, en la que llevaba como número dos a la titular de la poderosa Consellería de Política Territorial; su duelo era, además, directamente con Feijóo, cabeza la lista de los populares por la misma circunscripción. Y lo mismo puede decirse de Anxo Quintana en A Coruña, cabeza de lista en la provincia donde su partido pierde un escaño. La primera experiencia de gobierno del nacionalismo gallego se cierra con un rotundo fracaso.
El triunfo de Alberto Núñez Feijóo es también un éxito de Mariano Rajoy, quien, sin duda consciente de la trascendencia de los comicios, se volcó en la campaña electoral como nunca. Rajoy ve reforzado su liderazgo en un momento especialmente difícil para él, tanto por las batallas internas por hacerse con el poder en el partido como por los escándalos de corrupción que han estallado en torno a destacados dirigentes populares. En frente, en las filas socialistas, la derrota representa un duro varapalo para José Luis Roríguez Zapatero, quien, al igual que Rajoy, había unido su suerte al resultado de las autonómicas gallegas, convertidas así en su recta final en un inesperado pulso para medir las fuerzas entre el presidente del Gobierno y el principal partido de la oposición. A falta de las europeas, Rajoy ha salido reforzado de su primer gran test hasta las próximas elecciones generales.
Resulta imposible separar los resultados electorales de la crisis económica que vive el país, por más que no haya manera de concretar el alcance preciso de su influencia. Pero, si lo uno es consecuencia de lo otro, no cabe duda de que los españoles han decidido comenzar a pasar factura al Gobierno por la grave situación económica que están viviendo. Y quizá radiquen también ahí algunas de las razones que han llevado a los gallegos a optar por un Gobierno fuerte, de mayoría aplastante, en vez de dejar la formación del nuevo Ejecutivo al albur de posteriores pactos poselectorales.
El presidente electo de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, que consolida su liderazgo en Galicia y se gana un hueco entre los barones nacionales de su partido, prometió anoche gobernar para todos, no sólo para quienes le han votado, y anunció que convocará a todas las fuerzas políticas, sociales y económicas de la región para superar el mayor reto que tiene ante sí la comunidad: la crisis económica. Ojalá el buen tono mostrado anoche por todos los líderes políticos al valorar los resultados, tan distinto al crispado que acompañó el cierre de la campaña electoral, sea indicativo de un nuevo clima político que permita abordar con garantías de éxito los grandes retos de Galicia. Feijóo tiene el apoyo masivo de los gallegos para hacerlo.