18 de noviembre de 2008
18.11.2008

La ETA, los contrabandistas y la cola del lagarto

ANXEL VENCE

18.11.2008 | 01:00

Se felicitan no sin razón el Gobierno, los partidos y las gentes pacíficas en general por la detención en Francia de "Txeroki"(o Cheroqui), el terrorista de alias aindiado que ejercía hasta ahora la jefatura de la ETA. La noticia es excelente, sin duda; pero no por ello deja de evocar eso que los franceses denominan con la gráfica expresión "Déjà vu": algo que ya hemos visto más de una vez, aunque no recordemos con exactitud cuándo ni dónde.
Basta echar un somero vistazo a las colecciones de periódicos para recuperar la memoria. Al igual que ha vuelto a suceder ahora, la ETA fue descabezada ya en 1992 -hace nada menos que 16 años-, cuando los cuatro dirigentes que entonces formaban el Estado Mayor de la banda cayeron bajo arresto de las autoridades francesas en Bidart. Los más ingenuos pensaron entonces que, una vez decapitada, la organización terrorista pasaría a ser una especie de pollo sin cabeza, desorientado e incapaz de seguir perpetrando crímenes. Pero quiá. El relevo no tardó en tomarlo Mikel Antza, que también acabaría por ser detenido en octubre de 2004. Ahora sólo falta saber quién le tomará la vez a Txeroki.
Con los jefes y los comandos de la ETA pasa algo parecido a lo que viene ocurriendo periódicamente con las bandas de narcotraficantes de Galicia. Unos y otras son desarticulados cada cierto tiempo como si se tratase de un mecano que, infelizmente, acaba por montarse de nuevo con otras piezas. Hasta cuatro o cinco veces han sido desmontados los comandos "Donosti" y "Vizcaya", del mismo modo que los clanes contrabandistas gallegos caen cada dos meses sin que ello suponga mengua alguna en su lucrativa actividad. Ni siquiera es infrecuente que, al cabo de pocos años, los mismos jefes -ya sea del negociado del terrorismo, ya del matute- vuelvan a ser detenidos por reincidir en sus actividades ilícitas.
Se conoce que cada país tiene su especialidad delictiva. Si el contrabando ha llegado a ser, junto a la lluvia y las centollas, uno de los rasgos diferenciales de Galicia, también el terrorismo de la ETA es una de las referencias con las que se identifica al País Vasco. Injustamente en ambos casos, desde luego: pero esa es otra cuestión.
Lo que asemeja al contrabando gallego y al terrorismo etarra, por disimiles y poco comparables que sean sus propósitos, es la notable capacidad que todas estas bandas tienen para recuperarse de los golpes que la policía les inflige. Dotados de una genética muy similar a la de las lagartijas, los matuteros y los terroristas vienen demostrando una extraña capacidad para regenerar la cola (o en su caso, la cabeza) por más veces que se les corte.
Por la parte que toca al contrabando en Galicia, la razón de que esto suceda es obvia. Los matuteros cuentan con una vasta clientela que ha hecho de España uno de los líderes mundiales en consumo de cocaína y, en consecuencia, se limitan a aplicar las leyes del mercado según las cuales toda demanda acaba por generar la correspondiente oferta empresarial. Tanto da que se desmantele cada poco tiempo una organización dedicada a importar fariña desde Colombia o chocolate morenillo del que se produce en Marruecos. La demanda de los consumidores no tardará en suscitar el nacimiento de otra empresa -que a menudo es filial de la anterior- para la satisfacción de las necesidades del mercado.
Aunque de esencia menos mercantil, el negocio del terrorismo requiere también la existencia de una cierta clientela de apoyo que garantice con su voto a las marcas electorales de la ETA la supervivencia de la organización. Y, al menos hasta ahora, ese apoyo ha sido módico pero constante.
Fácilmente se deduce de todo ello que sólo privando de clientela a contrabandistas y etarras se podría poner fin a su ya largo historial de fechorías. Hasta entonces, parece inevitable que el rabo de la lagartija se regenere una y otra vez.
anxel@arrakis.es

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