19 de julio de 2008
19.07.2008

Hay morosos en la costa

19.07.2008 | 02:00

Anxel Vence

Ahora que ya no hay moros en la costa, la España costera e interior ha comenzado a poblarse de morosos: una especie temible para los bancos, las empresas y la economía del país en general. Eso sugiere al menos el Banco de España, de cuyo último arqueo contable se deduce que el número de ciudadanos incapacitados para pagar los plazos de sus hipotecas acaba de duplicarse durante el último año.
La expresión: "Hay moros en la costa" proviene, como es sabido, de la época en que los piratas berberiscos del norte de África practicaban la nada gentil costumbre de asaltar barcos en las aguas del Levante español. Olvidado ya su origen, la frase alude ahora a la existencia de algún peligro o amenaza inconcreta. Como la de los morosos, por ejemplo.
Moroso es el que se demora en pagar sus deudas: bien sea por falta de liquidez, bien porque no considera propio de caballeros prestar atención a esos vulgares asuntos monetarios. En este último caso se les define con el término coloquial de "puferos", aunque la palabra no haya traspasado aún las puertas de la Academia.
Mucho es de temer, sin embargo, que la creciente llegada de morosos a la costa bancaria no obedezca tanto al aumento del gremio de puferos como a la falta de efectivo para liquidar los préstamos.
Parece lógico. El antes mentado Banco de España cifra en 665.107 millones de euros (más de 100 billones de pesetas) la cantidad que los españoles deben a los bancos que en su día les vendieron dinero a bajo precio para comprar sus casas. Discurría entonces la década áurea del ladrillo: una época de alegrías financieras en la que casi todo el mundo aspiraba a enriquecerse comprando y vendiendo casas, como quien va a la tienda, en el mercadillo inmobiliario del Todo a Cien.
Cegados por la quimera del hormigón pagado a precio de oro, algunos -o tal vez muchos- de aquellos compradores estiraron más el brazo que la manga sin caer en la cuenta de que los préstamos hay que devolverlos inevitablemente y con creces. Nadie les informó -o no se enteraron bien, con las prisas- de que el precio de venta de los cuartos podría subir o bajar en el caso de las hipotecas. Y cuando el fantasma del Euribor comenzó a morderles la nómina, ya era demasiado tarde para echarse atrás.
Los más optimistas confiaron en que, pese a todo, la subida de las cuotas de la hipoteca quedaría sobradamente compensada con la tenaz revalorización de sus pisos, que en efecto multiplicaban su precio a un ritmo del 10, del 15 y hasta del 20 ciento anual durante la década prodigiosa del ladrillo.
De nada sirvió que unos pocos pesimistas -es decir: optimistas bien informados- advirtiesen a la población de que ese disparatado crecimiento de los precios no podría mantenerse eternamente, so riesgo de que la pirámide de la especulación se viniese abajo. Ninguna razón había para creer a aquellos cenizos cuando los presidentes del Gobierno, los ministros de Economía, los banqueros y otras gentes muy principales negaban una y otra vez la existencia de burbuja o globo inmobiliario alguno.
Tanto es así que, a fuerza de repetir la famosa consigna: "Los pisos nunca bajan", ellos mismos acabaron por creérsela, como bien demuestra la suspensión de pagos que ahora sufre la principal inmobiliaria de España y los sudores fríos que su deuda les provoca a muchas de las que aún siguen en pie.
Ocupados en jugar al casino de la construcción, parece lógico que los grandes inversores españoles se despreocupasen de crear otro tipo de riqueza más estable y duradera mediante la promoción de la industria, la investigación y la tecnología. Ahora que el castillo de naipes se ha derrumbado no hay donde recolocar a los cientos de miles de personas que en los próximos meses puedan perder su empleo y el sueldo necesario para pagar la hipoteca. Desgraciadamente, los que están llegando a la costa del paro son sólo los primeros morosos.
anxel@arrakis.es

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine