06 de julio de 2008
06.07.2008

Historias emigrantes, renuncias, diario de soledades

06.07.2008 | 02:00
Detrás de cada emigrante hay una historia de soledades y esperanzas. / efe

Fernando Franco

Cuando eramos niños que correteaban por las calles de cualquier ciudad de Galicia, y aún mucho más para los que pertenecían a un pueblo o aldea, la palabra emigrante nos resultaba propia, cercana, pero no la entendíamos sino iba acompañada del topónimo que la hacía gallega. ¿Emigrante? Gallego, claro. Todos teníamos algún emigrante de la tierra en nuestras vidas, en nuestra familia o alrededores vecinales, fuera de aquellas generaciones anteriores que buscaron su pan en Ibeoamérica o de las posteriores que ocuparon los puestos que ya no querían en una Europa que entonces nos sonaba a extranjera. Hoy son nuestras calles las que se ven invadidas por los más diversos acentos, y con ellos muy diversas percepciones de la realidad entre las que sentimos como más afines las latinoamericanas. Yo estoy firmemente convencido de que nuestra vida y nuestra cultura ha salido con ellos de su endogamia esterilizadora para enriquecerse y adquirir esas tonalidades diferenciales propias del mestizaje. Venezolanos, cubanos, brasileiros, argentinos... si uno tiene a Galicia o a España como patrias (hay obtusos que las tienen enfrentadas), debiera sentir como compatriotas a esta gente del otro lado del charco con los que compartimos bastante más que un idioma.

Podríamos hablar de los que han tenido aquí descendencia o de cuántos tienen aquí su ascendencia sanguínea. Detrás de cada uno hay una historia personal, un tiempo de renuncia, de soledades, y un presente de lucha hacia un futuro que a todos enriquece. ¿Marea que no cesa? Ese ha sido un gran titular de un periódico español referido a la inmigración y la pregunta es si no estaremos hablando implícitamente de una marea humana que nos agrede, que nos invade, que nos sumerge. Las palabras, con frecuencia, desvelan los prejuicios, muestran esos ocultos pensamientos o modos de exclusión que no queremos expresar. He ahí un tema de debate surgido ante los desplazamientos de poblaciones ¿Habrá que recordar el papel que muchos países hispanoamericanos tuvieron como lugares de acogida de nuestros exilados políticos de la guerra? ¿De los emigrantes económicos posteriormente?

Nosotros, los gallegos, hemos emigrado y lo hemos hecho provocando dudas y reticencias en las poblaciones de recepción; ahora emigran otros hacia donde estamos y, evidenciando la fragilidad de nuestra memoria, se nos plantean a nosotros esos interrogantes y a veces reticencias. Si de algo debiera de servirnos nuestra experiencia sería para fomentar nuestra tolerancia y comprensión del fenómeno, conscientes, por un lado, de que nuestro futuro es inevitablemente mestizo y por ello más rico; por otro, de que quienes aquí llegan asumen todos los compromisos de nuestra Carta Magna, todos los derechos y deberes de nuestras leyes, bajo una inflexibilidad que no acepte evasivas justificadas en costumbres culturales foráneas que vayan contra principios por los que nos regimos en las más evolucionadas sociedades de acogida. Tiempo ha pasado para que, entre las fallidas políticas anglosajonas de fomento del multiculturalismo creadoras de guetos y las otras francesas de integración jacobina que quieren hacer tabla rasa con la diversidad, encontremos un camino de convivencia dentro de nuestras normas.

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