16 de mayo de 2008
16.05.2008

Hay un oso en el Castro

16.05.2008 | 02:00

José A. Martín Curty*

A pocos pasos del parque infantil, en un recodo apartado y no muy visible, un oso de respetable tamaño lleva allí una vida discreta, apacible, un punto melancólica. No es un animal rampante, de aire erguido y talante agresivo, se apoya mansamente en sus cuatro patas como podría hacerlo un perro bonachón de gran formato.
Nuestro plantígrado, meditativo, parece rememorar tiempos mejores, porque, la verdad, sus últimos años no han sido especialmente felices. Algún animal menos racional que él le ha partido el hocico, y otro homínido, aprovechando su mansedumbre, se atrevió a pintarle el lomo con unos garabatos que el ilustre autor debió suponer artísticos. El aspecto de nuestro oso de El Castro es esencialmente triste, pero ahí donde le veis, vivió tiempos mejores, casi gloriosos.
Allá por los años cincuenta, el Ayuntamiento de Vigo encargó a un entonces galardonado escultor vallisoletano, José Luis Medina, un conjunto de figuras zoomorfas con el fin de decorar los diferentes parterres y glorietas de La Alameda.
Bajo la batuta del entonces arquitecto municipal, Emilio Bugallo Orozco, que había redactado en 1945 y 1955 sendos proyectos de fuentes para la glorieta central, se procedió a distribuir las (posiblemente nueve) esculturas ejecutadas por Medina en una atípica piedra caliza de la comarca de Valladolid.
Una cabra amamantando un cabritillo, una hiena, una oca... Pero sin duda la pieza principal era un digno oso, a cuatro patas, que destacaba del resto por su tamaño y porte. Se decidió que el plantígrado merecía un lugar de honor, y se optó por colocarlo en la rotonda central (en aquel momento carente de fuente).
Y entonces surgió el problema... ¿Cómo colocar el oso?
Dado que la otra rotonda focal de La Alameda estaba ya ocupada tiempo atrás por el bronce del ilustre almirante local, Don Casto Méndez Núñez, si se colocaba al plantígrado de cara al héroe de El Callao, parecería que el animal se le enfrentaba y amenazaba.
La cosa se complicó aún más cuando alguien recordó que el oso era el animal totémico del por entonces plenamente activo imperio soviético, la bestia negra del régimen.
Si el animal comunista se enfrentaba cara a cara al almirante la cosa estaba mal, y la posibilidad de que se invirtiese la posición, con la grupa del plantígrado ofendiendo al almirante, parecía aún peor...
¿Qué se podía hacer...? ¿Cómo salir del berenjenal...?¿Podría llegar este conflicto a oídos del Caudillo...?
La solución no fue original: ubicar en los parterres las piezas no conflictivas: la cabra, la hiena...Y al oso, repentinamente politizado, buscarle un retiro discreto, carente de interpretaciones sesgadas y retorcidas. Fue así como el orgulloso oso de La Alameda se vio convertido en el melancólico oso de El Castro, un animal que era preferible mantener oculto a las miradas curiosas, siempre ansiosas de crear conflictos. Que el pobre animal fuera objetivo de suevos, vándalos y alanos daba lo mismo. Con un poco de suerte incluso podría desaparecer.
En los últimos años hemos asistido a la rehabilitación del entorno de La Alameda, con nuevos pavimentos, jardineras, iluminación...¿No habrá llegado el momento de hincarle el diente a la propia Alameda? Empezar por el conjunto escultórico parece factible aunque será necesario un proceso de rehabilitación (la última vez que vi la cabra estaba sin cabeza...)
¿Y por qué no reivindicar al oso con una fiesta de desagravio? ¿Por qué a este plantígrado comunista no le puede alcanzar también la memoria histórica?
*Arquitecto y miembro del
Instituto de Estudios Vigueses

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