24 de abril de 2008
24.04.2008

Sordo voluntario

24.04.2008 | 02:00

Javier Cuervo

Estamos ante el segundo caso real de padres sordos que prefieren un hijo sordo. El primero fue una mujer que se había sentido tan rechazada por sus padres a causa de su discapacidad que quería engendrar un hijo sordo, para quererlo mucho. Se ve que lo menos patológico era la sordera y también que hay personas que necesitan más de una generación para no resolver sus problemas. El caso del matrimonio británico Lichy es más interesante para especular. Ambos son sordos y tienen un hijo sordo. Ella ha cumplido 40 años, va a ser fecundada in vitro y pide que se lo seleccionen para ser sordo, aunque aceptarán lo que venga. Como ellos lo cuentan, "la sordera no es una discapacidad o ser médicamente incompleto sino formar parte de una minoría lingüística. Estamos orgullosos del lenguaje que usamos en la comunidad en que vivimos". Personas que no son sordas empiezan por ahí y acaban creando una comunidad que aspira a la independencia. Un país de sordos donde sólo un sordo será rey.
Ni de broma les quitaría su orgullo lingüístico ni diría que el matrimonio Lichy demuestra que la sordera no incapacita para la gilipollez, más frecuente e discapacitante. El asunto es que elegir un niño sordo elimina al hijo potencial la posibilidad de no serlo y mejor sería que la criatura nazca con todas las capacidades posibles. El que oye puede elegir la sordera. Al revés, no. Se puede ser sordo metafórico (en la práctica mucha gente no escucha aunque oiga). Con toda seguridad la criatura aprenderá ese lenguaje que enorgullece a los padres porque crecerá con él como lengua materna, aunque forme parte de una minoría auditiva que, esperemos, no viva discriminada.

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