El acuerdo para formar el primer Gobierno del Ulster alcanzado entre el Partido Democrático Unionista (DUP) -el de los seguidores del líder radical Ian Paisley- y el Sinn Fein -en su tiempo rostro político del IRA, que dirige Gerry Adams- ha sido tenido por histórico. Son tantas las veces que se utiliza ese término que ha acabado por devaluarse, perdiendo significado. Pero en este caso existen pocas dudas acerca de la trascendencia enorme, medida incluso en términos históricos, del acuerdo sin apretón de manos alcanzado por los dos principales partidos de Irlanda del Norte, hasta ahora enemigos declaradamente irreconciliables.

La comparación con el caso español resulta tan tentadora que es más que seguro que presidirá las opiniones y comentarios referidos al pacto del Ulster, aunque con un más que previsible sesgo: el de arrimar el ascua a una sardina política que hace tiempo que ardió en cenizas si por "política" entendemos el arte de la negociación. El supuesto es fácil de imaginar: un acuerdo semejante no ya para gobernar el País Vasco -que lleva con autogobierno en marcha desde hace muchos años- sino para lograr la paz en teoría ansiada por todos.

¿Cabe confiar en que un pacto así sería posible en España? ¿Lograrían ponerse de acuerdo para gobernar juntos, con la paz definitiva como objetivo principal, las dos principales fuerzas tanto políticas como sociales en conflicto? Llamémoslas en este juego de hipótesis "estatalistas" e "independentistas", descargando esas palabras de cualquier carga meiorativa o peyorativa y dándoles un mero valor descriptivo (hablar de "fuerza A" y "fuerza B" bastaría para eliminar reticencias pero quedaría un tanto confuso). Volviendo al hilo de los argumentos, ¿sería creíble el proyecto de un acuerdo entre independentistas y estatalistas en Euskadi?

Creo que la respuesta más común, si no generalizada hasta la unanimidad, sería negativa. No sólo no parece posible lograr algo así en el Reino de España sino que la simple iniciativa de plantear semejante propuesta resultaría de una ingenuidad conmovedora en el actual clima político. Con unas elecciones a la vuelta de la esquina, parece lógico que sea imposible siquiera hablar de acuerdo. Pero supongamos que ha pasado ya el mes de mayo. ¿Cambiarían las cosas en un ambiente postelectoral? Lo dudo. Da la impresión de que el enfrentamiento permanente y más bien maleducado de los dos principales partidos de España, por más que éstos no correspondan ni por asomo a posturas políticas tan alejadas entre sí como las que, en el Ulster, caracterizan al equivalente entre estatalistas e independentistas, seguirá al menos hasta que se produzcan las otras elecciones, las generales.

Cada parte, faltaría más, acusa a la otra de haber llegado a este lamentable estado de crispación generalizada, bárbara e imposible de matizar. Por un lado se esgrime la idea de que el presidente Rodríguez Zapatero, con un deseo enfermizo de lograr un acuerdo con ETA, está dispuesto a conceder no ya la independencia sino cualquier humillación para el Estado español. Por otro, se blande la acusación de que al Partido Popular le interesa que la paz no llegue porque, de lograrse, coincidiría con el entierro político de sus dirigentes. El Ulster, pues, sí; Euskadi, no. ¿Cabe pensar en un absurdo de mayor alcance?