A veces, muchacho, ni el momento ni la compañía son los adecuados en "El Corzo", y entonces piensas que habría sido mejor sentarte de madrugada a la mesa del novelista Antonio Muñoz Molina e imaginar Nueva York mientras Paula West canta con su perfume a dos palmos de la flor de vuestro aliento durante una cena con velas de nailon en el "Oak Room" del hotel "Algonquin". Cuando hay demasiada gente es difícil escuchar bien las canciones y en las mejores melodías se malogra casi siempre el detalle de los pespuntes más delicados. Conocí hace años a una vocalista de cabaré que cantaba en un tono especialmente bajo. Le pregunté a qué se debía su forma tan suave de entender las baladas. Y me dijo: "Canto en voz baja porque quiero que escuches lo que te digo, cielo, pero no quiero que se sepa". A su manera tan discreta de cantar se debe sin duda que muchos descubriesen a la magnífica Shirley Horn cuando la diabetes la había dejado sin un pie y su lento y elegante fracaso estaba a apunto de darle carpetazo a su carrera. Cuando por culpa del ruido se pierden los matices de la conversación, resulta un desperdicio tan horrible como si Duke Ellington se quedase sin los arreglos de Strayhorn y a Sinatra le faltase en sus canciones el sutil tacto de relojero con el que tantas veces las retocó a su medida el irrepetible Billy May. Si aplaudiésemos el final de los primeros párrafos de Shirley Horn mientras interpreta "Me enamoro con demasiada facilidad", nos perderíamos la confidencial sordina de la trompeta inimitable de Roy Hargrove, y el delicado metal del aliento de Wynton Marsalis en "A time for love", esa joya que Johnny Mandel escribió para ser escuchada casi en secreto de confesión al final de cualquiera de esos fracasos sentimentales en los que del amor solo resultan ilesos el humo, la decepción y las flores. Eso me sucedió con aquella mujer la noche de un viernes. Por exceso de ruido en "El Corzo", a lo nuestro le fallaron lo arreglos. No me cabe duda de que ella hizo cuanto pudo y también sé que puse todo de mi parte, pero fue una de esas ocasiones en las que, por raro que parezca, juntar las llamas de dos hogueras solo sirve para pagar el fuego. Toda aquella gente aullando al respirar hizo que lo nuestro, nena, se quedase sin oxígeno. Tú me confesaste tu natural decepción, amiga mía, y yo, ¿sabes?, yo me tomé un poco de tiempo y he decidido invertir el curso natural de aquel desastre hasta convertir otra vez en papel el fuego. No podemos sentirnos orgullosos de nuestro fracaso, es cierto, pero no deja de ser interesante la extraña sensación de haber aprovechado todo aquel revuelo para guardar en medio del ruido el secreto de nuestras voces. Algún día recordaremos ese fracaso como una agradable manera de haber perdido el tiempo. Consumimos el futuro en un abrir y cerrar de ojos, pero tampoco eso importa mucho. En cierto modo, cualquier relación no es más que una manera entretenida de perder el tiempo, de modo que cuando surge el amor, ¡Oh Dios!, cuando surge el amor, descubres que en realidad el amor sólo sirve para ganar algo de tiempo, aunque sólo sea el tiempo áspero y sentimental que necesitaremos para permitirnos luego el lento placer de tardar más tiempo en perderlo. En estas cosas del corazón la primera oportunidad suele ser la última, nena, porque ocurre con el amor lo que con la muerte, que la segunda oportunidad suele coincidir a deshora con el misterio de la resurrección. Personalmente no si entristecerme por el fracaso o alegrarme de él. Podríamos haber triunfado, pero en el mejor de los casos descubriríamos que no hay un solo éxito que ocurra sin llevar aparejado el lastre del precio que tarde o temprano pagaremos por él. Al final, amiga mía, incluso en las historias mas hermosas las flores se convierten en coles, y el aliento del poeta, en comida. Aceptemos sin rencor nuestro fracaso, nena. A fin de cuentas, el amor es una vaga y hermosa sensación de irrealidad que se esfuma tan pronto la vida nos hace ver que no hay una sola receta de cocina en la que el ingrediente más caro sea el agua. Tendremos que conformarnos con el recuerdo de haber asistido en primera línea al estrago sentimental de un viernes fallido en "El Corzo". Nos hemos quedado sin fuego al juntar las llamas, nena, pero hagamos lo que hacen en Islandia, que sobrevive con ilusión en su penumbra, a pesar de ser uno de esos sitios, nena, en los que el sol no es más que el secreto mejor guardado. Puedo suponer tu estado de ánimo. Por mi parte, a fracasos semejantes suelo sobreponerme con la inestimable ayuda de mi natural escepticismo, persuadido, amiga mía, de que un viernes como aquel maldito viernes de "El Corzo", un tipo como yo sólo habría hecho buena pareja con el resignado arreglista de la muerte...