En primero de Periodismo tuve un profesor que una vez realizó un aleccionador e inolvidable ejercicio práctico. Le susurró a un alumno una frase al oído, y le pidió que se la transmitiese al de atrás, y éste al siguiente. Así, hasta llegar al último de los 200 estudiantes que conformábamos la clase. Previamente, el profesor había apuntado el mensaje en un papel. Cuando llegó al final, le pidió que lo dijese en voz alta. El resultado nada tenía que ver con el original. Absolutamente nada. Relatar, transmitir los hechos es complicado. Porque los propios hechos, a menudo, son complejos, e incluso sus protagonistas serían incapaces de redactar una noticia que les dejase satisfechos. La labor se hace todavía más ardua cuando el periodista pertenece a un medio líder, porque todas las miradas se centran obsesivamente en interpretar esa noticia desde una perspectiva política o empresarial que en el noventa y nueve por ciento de los casos, sencillamente, no existe. Las anécdotas al respecto podrían contarse por miles. Además, determinados sectores de la opinión pública, determinadas personas, tienen una gran obsesión por etiquetar. Si tú dices algo, es porque perteneces a algo, porque tienes un interés determinado. He ahí una pulsión tribal que los antropólogos y estudiosos de sociedades primitivas conocen bien, y que late todavía en esa manía del conmigo o contra mí, del nosotros contra ellos. Cuanto más madura es una sociedad, más se aleja de esa visión maniquea de la que los medios de comunicación y sus periodistas, más que agentes, a menudo son víctimas. Por los artículos que escribo en este periódico a mí me han dicho, al mismo tiempo, que soy un rojo y un facha. Qué se le va a hacer. El ejercicio muscular de la expresión que se estira y se encoge ha sido propio de las sociedades libres desde que éstas existen, y siempre ha habido guerrillas y escarceos varios entre tirios y troyanos mediáticos en la historia reciente de España, pero lo ocurrido esta semana, con el veto y la llamada pública del PP al boicot contra un grupo de comunicación, resulta absolutamente insólito. Da igual contra quien vaya la fatua. Lo inquietante es que, después de todo el deliro con el explosivo del 11-M, de las manifestaciones en fin de semana, de la presión brutal e incendiaria que preside el día a día, después de todo esto, con la última perla popular los trazos comienzan a cobrar forma, y la forma que se adivina asusta. La inmensa mayoría de personas de derechas, que nada tienen que ver con esta deriva, están preocupadas. No es para menos. Este intento de revival del 36, donde todo puede valer frente al presunto caos frentepopulista, acabará convertido en un bumerán que, sin duda, vendrá de vuelta. Y los bumeranes, como es sabido, regresan siempre al lugar de partida.