A estas alturas, una de las cada vez más escasas cuestiones en las que todavía se puede distinguir con claridad entre izquierdas y derechas en este país es, quizá, la de la religión. Lamentablemente se debate en términos tan superados o más que el propio esquema en que se desarrolla la discusión -la izquierda comecuras frente a la derecha meapilas- pero aún así quienes toman parte en ella se afanan no tanto en buscar argumentos sólidos y convincentes cuanto en descalificar los del contrario, y todos a las personas que los manejan.

En esas condiciones, el resultado sólo puede ser el que es: intolerancia plena y crispación creciente. No pocos de los que defienden la religión -sobre todo la católica, muy mayoritaria en Galicia-, olvidan los mandatos del propio Maestro y tratan de imponer sus creencias bajo la vieja advertencia de la condenación eterna; los que quieren erradicarla resucitan tópicos como aquel que consideraba la fe como el opio del pueblo y acaban apareciendo réplicas de sus oponentes en lo que a integrismo se refiere. Por eso de esta discusión no sale la luz.

Conste que lo dicho no es la expresión de una postura cómoda o complaciente con todos: sólo trata de recordar que las partes parecen optar por la vuelta a otros tiempos y llevado una cuestión que en definitiva es de conciencia -y debiera abordarse con plena libertad-, a campos mucho más profanos. Hoy la fe no es ya un asunto personal, regulado o no en base a que se sea creyente o agnóstico, sino un instrumento de choque político, social e incluso de civilizaciones: es un error, y urge buscar solución antes de que empeore.

En términos de Estado -porque ir más allá y entrar en la crisis global entre el mundo islamista y el capitalista parece demasiado- es evidente que además de instrumento la confrontación ideológica tradicional, la religión se ha convertido en ariete de las estrategias de partido hasta el punto que afecta a personas de derechas que no creen y a ultras, de izquierda, que sí que creen. Y el terreno de la educación es uno de los campos de conflicto que, por su especial característica, más se presta a crispar los ánimos y por tanto especialmente delicado.

El problema resulta, por delicado, muy difícil de resolver: la mejor de las soluciones es la que todos predican pero nadie acepta: la plena libertad de ideas y de conciencia, para que cada uno piense, en definitiva, lo que quiera. Y en la aplicación práctica de esas creencias, esa regla deja de ser la que marcan la Constitución y las leyes democráticas, que todos deberían aceptar porque -al menos en teoría- facilitan la mejor de las convivencias, que es la democrática.

El argumento puede parecer demasiado sencillo, pero es real porque en realidad, si se piensa bien, lo que se ha complicado demasiado, y artificialmente, es todo lo demás.

¿No...?