Fiel a la tradición establecida por su predecesor Don Manuel I, el presidente Touriño regresa de su segunda travesía ultramarina que en esta ocasión le ha llevado a tierras de Brasil. Queda claro que, al menos en cuestiones de política exterior, el nuevo gobierno gallego continúa estrictamente la línea marcada durante quince años por el régimen fraguista.

Si la gira del presidente gallego incluyó el pasado año a Uruguay y Argentina, esta vez la visita al país de la samba le ha cundido mucho más desde el punto de vista fotográfico.

El álbum de Touriño se ha enriquecido con imágenes en las que se le puede ver junto a personalidades tan dispares como el presidente Lula da Silva o los músicos Toquinho y Carlinhos Brown. Samba y política a partes iguales como corresponde a la esencia de un país que luce en su bandera el desconcertante lema: "Ordem e Progresso" tomado del filósofo positivista francés Auguste Comte.

No es el presidente de la Xunta el único que en estas vigilias electorales acude a tierras de Ultramar. También cruzaron recientemente el océano con rumbo a Uruguay hasta tres distintos conselleiros del gobierno autónomo; mientras, por la banda de la oposición, hacía lo propio el presidente de la Diputación de Pontevedra.

Todos ellos -socialistas o conservadores- se han acusado recíprocamente de utilizar estas visitas para la recaudación de votos entre los gallegos de más allá del Atlántico; y probablemente todos lleven razón. Salvo que viajasen por improbables motivos turísticos, claro está.

Lo extraño es que tanto unos como otros se reprochen el deseo de buscar el voto entre su potencial clientela, si se tiene en cuenta que eso es connatural al gremio de la política y no hay razón alguna para avergonzarse de ello.

Se diría, en todo caso, que la caza del votante galaico resulta menos aceptable en Santiago de Chile que en Santiago de Compostela; pero eso es tanto como ignorar las peculiaridades de este antiguo Reino de Breogán.

Ya debieran saber los más prejuiciosos que, a diferencia de cualquier otra comunidad autónoma -confinada a sus estrictos límites geográficos-, Galicia es todo un mundo.

Otros territorios en los que prevalece el nacionalismo tienden a reducir el concepto de nación a unas fronteras, una lengua, una determinada Historia y en los casos más extremos, una raza. Nada tiene que ver ese propósito de autolimitarse con la idea -o mejor dicho: la existencia- de un pueblo universal como el gallego que trasciende aduanas para expandirse por casi todas las tierras y océanos del planeta.

Global incluso antes de la actual tendencia a la globalización, Galicia es un universo que se dilata físicamente hasta cualquier lugar del mundo donde haya un gallego: bien sea en la multitudinaria diáspora de América, bien en los siete mares que señorea bajo pabellón propio o ajeno la poderosa flota pesquera galaica.

De ahí que las elecciones de Galicia se celebren a caballo de dos continentes, obligando a los candidatos a hacer bolos por igual en Coruña que en Montevideo y en Vigo que en Buenos Aires. Ventajas e inconvenientes, a la vez, de ser un pueblo del éxodo que en tantos rasgos se asemeja al hebreo.

Don Manuel I, monarca con vocación de estadista, fue el primero en inaugurar con sus repetidos viajes a Cuba, Argentina, Chile, Uruguay o Brasil estas rutas trasatlánticas que ahora siguen sus sucesores en el cargo. Tanto entonces como ahora, las andanzas ultramarinas de los presidentes y conselleiros han sido duramente criticadas por la oposición del momento, bajo extraños reproches de electoralismo.

Quizá no hayan entendido todavía que los límites de Galicia se prolongan mucho más allá de Fisterra, como no podía ser de otro modo en un país que tiene distribuida a su población entre al menos dos continentes. Un territorio donde nunca se pone el sol, ni tampoco el voto.

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