Si salir a la pista a bailar te produce temor, procura que a ella tu cobardía le parezca el sólido rasgo de la personalidad de un hombre ajeno a la ordinaria flaqueza del baile, la actitud transeúnte un ser que no suele poner los pies dos veces en el mismo sitio, el relámpago de uno de esos tipos que dosifican su conversación y sus emociones como si temiesen malgastarlas en alguien que probablemente lo único que entiende del alma de un hombre es esa preocupante manchita de luz en su radiografía de tórax. Bailo dos o tres veces al año. Es mi cupo. Comprendo que para muchas personas el baile es un medio de comunicación, pero para que resulte eficaz se requiere una precisión extraordinaria. "Crazy" es una hermosa balada que Willie Nelson compuso para transmitir su aplomada tristeza y su personal desencanto, y en la versión de Julio Iglesias tiene una sonoridad si cabe más persuasiva. El problema es que sólo dura tres minutos y quince segundos y que en tres minutos y quince segundos lo normal es que sólo un tipo como Joe Frazier puede resultar verdaderamente impactante y demoledor. Tres minutos y quince segundos es a veces el tiempo que tarda en pasar un día. Si quieres resultar seductor con tu pareja, dispones de los dos primeros minutos de "Crazy" para ovular en su oído la enzima de una de esas analgésicas frases cortas, expresivas y punzantes que los especialistas suelen pronunciar con el aliento que se necesita para el prodigio de hinchar un globo con un alfiler. Si en esos dos primeros minutos de "Crazy" consigues acercar el primer impacto a su alma, muchacho, el resto lo harán en tu favor los veinticinco segundos que se toma Dios para jadear a oscuras en el saxo de John Coltrane mientras corrige con su mano de ozono el alza de tu artillería. El jefe de "El Corzo" conoce mis tentaciones y suele animarme para que salga a bailar, pero Susiño Oitavén conoce también mi reticencia. Todavía no me libré del recuerdo de la primera vez que bailé con una chica. Estaba tan nervioso, que yo creo que incluso le pisé las manos. El caso es que me plantó al poco rato de haberla invitado a bailar. Quedé abatido, dándole vueltas en la cabeza al jodido tamaño de mis pies, aquellos malditos pies que a ella le parecieron tan abundantes como si estuviese bailando "Cerezo rosa" con una procesión. Yo era sólo un crío de quince años con las tentaciones muy por encima de sus posibilidades, así que para sobreponerme al horrible fracaso decidí meterme en el cine. Con los nervios compré una entrada para una película autorizada para mayores de dieciséis años. El tipo de la puerta del cine me pidió el carné y estuvo un rato mirando alternativamente la foto y mi cara. En un paternal arrebato de odiosa condescendencia me dejó pasar. No recuerdo de qué película se trataba. Fui incapaz de concentrarme en la pantalla. Sólo recuerdo que me pasé toda la proyección pensado que aquel tipo había revisado tan atentamente la foto porque a mi rostro, maldita sea, le asomaban los pies por detrás de las orejas, como si llevase unas alas de caucho pegadas con semen en el cogote. Fue un batacazo sicológico del que no creo haberme repuesto del todo. Con el tiempo conseguí una leve mejoría en mi actitud frente al baile. No obstante, suelo bailar con mujeres de mi absoluta confianza, como es el caso de Marta, esa chica discreta y educada que hace que me sienta cómodo con ella entre mis brazos, mientras mi corazón le lleva la conversación a su boca y mi cerebro le lleva la cuentas al ritmo cambiante de mis putos pies, que a veces es como si no se conociesen de nada. Marta jamás me haría un comentario desagradable sobre el promiscuo tamaño de mi calzado. Creo que lo haría sólo en el caso de que Marta fuese como era aquella chica a la que dejé plantada hace años en mitad de una balada porque me preguntó si no me interesaría más correr al través la maratón de Nueva York. Por cierto, no recuerdo haber bailado "Crazy" con el sacramental cuerpo de Marta entre mis brazos. Nunca sé muy bien por donde conviene agarrar a una mujer, ni cuanta presión conviene hacer con los brazos al tomarla por la cintura y desconozco si el supuesto encanto de mi voz fumada a ella sólo le parecerá un acariciante soplo de opio, o, simplemente, una estúpida manera de arriesgarse a contraer cáncer de pulmón por respirar el aliento de un fumador empedernido que, para no perder el tiempo en el tedio de la salud, comprase los cigarrillos encendidos. A mi querida Susana Pose le dije una madrugada que bailar se me habría dado mucho mejor si las mujeres tuviesen asas. Como me dijo una fulana en cierta ocasión, "a mi tu me gustas más para bailar contigo por la radio". No contesté nada. Me limité a regresar a la barra con una mezcla de estoicismo y abatimiento. Lo peor fue que habíamos tomado juntos varias rondas de copas, de modo que si bien a mi alma su actitud no le hizo mella, a mi bolsillo, ¡joder!, le costó dinero. Mi amigo José Manuel Manteiga, que me vio bailar hace años en un garito, me dijo que tenía al moverme el empaque vacilante y misterioso de un espía con remordimientos. Nunca supe si lo creía así sinceramente o se trató sólo de un amistoso cumplido, pero si sé que mis aptitudes para el baile son limitadas, que las orejas de mis pies tienen mal oído y que el vacilante y misterioso empaque de espía es algo que a un tipo como yo se le esfuma tan pronto se corta las uñas de los pies... aunque sólo sea para que no me cacareen en la ducha. (A Chary Serantes)