Raras veces hago preguntas para conocer la identidad de la persona que acabo de conocer o para hacerme una idea de los avatares de su vida. Y aunque procuro no tirarlo todo por la borda al poco de empezar, lo cierto es que tampoco me hago ilusiones, así que si fuese pescador, sería uno de esos tipos a los que la suerte de hacer alguna captura lo más probable sería que le provocase la tentación de devolverle sus truchas al río, como le ocurría a aquel tipo que para satisfacer su instinto cinegético sin defraudar su escrupulosa conciencia pacifista, salía de caza con la biografía de Gandhi y un perro vegetariano. Puedo esperar un largo futuro de cualquier historia sentimental por la que nadie daría un centavo, pero no me sorprendo si el asunto decae al poco de empezar y tengo que confesarle a mi chica que a los escasos quince minutos que llevamos juntos, si fuésemos sinceros reconoceríamos que le sobran veinte. También es cierto que a veces una relación se acaba porque nos entra prisa por conocer su final. No es mi caso, desde luego, porque a mí lo que me causa intriga del porvenir no es acertar a toda costa con el futuro, sino averiguar casualmente el pasado. Recuerdo la noche que conocí en Compostela a P. y me comprometí a llevarla en mi coche de regreso a Vigo. La chica me interesaba y podría haberme permitido hacer planes para los siguientes días, pero al llegar el momento de emprender aquel complaciente viaje hacia el Sur, comprendí que la relativa incertidumbre emocional que me causaba aquella mujer no era nada comparado con la angustia que me entró al no recordar donde diablos había aparcado el coche. Mis emociones no están en absoluto calculadas para prever el futuro, y en cuanto al presente, cada vez que emprendo una inquietante relación nueva el asunto que con más frecuencia me apremia es localizar a tiempo el retrete. No es fácil sustraerse a la deformación profesional causada por el ejercicio de más de treinta años de periodismo, pero en mi vida privada procuro frenar la audaz tentación de averiguar, recurriendo a la cómoda prudencia de no preguntar. Por culpa del exceso de datos, muchas hermosas leyendas se convirtieron en simples y banales historias, como sucedería con Gandhi si descubriésemos que en su ropero no había sólo pañales. En "Los Puentes de Madison", Francesca y Robert Kincade se enamoran porque el uno del otro sólo sabe que está allí, que hace calor, que el marido y los hijos de ella están ausentes, que él ha corrido mundo buscando por donde volver derrotado a casa, y que al rozarse, les huele la ropa a perro, el sudor a cerveza, y a maíz los genitales. La hermosa historia de amor en el elegante y lento declive de la madurez acaba por no consumarse del todo en un juzgado de paz, pero lo que al principio nos causa tristeza, en el fondo es lo mejor que puede ocurrirle a dos personas antes de exponerse a que la imparable pasión de aquellos cuatro días en Iowa se convierta en vulgar coexistencia y a la rabia incandescente de aquellos besos paganos y bacanales se les caiga a cachos en los labios la anestesiada piel de los codos. El porvenir suele jugar en contra de las emociones más hermosas, lo que explica que al cabo de algunos años de convivencia, lo normal es descubrir que de aquel impetuoso festín de carne y blasfemias sólo se conservan calientes la memoria, la infidelidad y la comida. El apasionando amor de la granjera y el fotógrafo de "National Geographic" no habría sobrevivido a la implacable mordedura del tiempo. Fue mejor que de la lenta destrucción del reloj lo salvase el amargo y asfixiante fracaso al cabo de cuatro días de pasión e incertidumbre, porque tarde o temprano, incluso la relación más incondicional y más intensa se resiente tan pronto las impulsivas cuentas del corazón empiezan a arrastrarlas mecánicamente a medias las provincianas cosechas de maíz y el tenaz otoño necrológico del almanaque de la cocina. Al corazón no hay que forzarle los acontecimientos. Conviene dejarse llevar por el paladar impulso del momento y por la cínica búsqueda de la prematura nostalgia. No importa que fracasemos al poco de empezar, incluso con motivo de haber empezado, porque tarde o temprano, amigo mío, tarde o temprano llegará el momento en el que ella descubra que, según se mire, el amor, como el reloj de pared, pierde emoción y malicia tan pronto le falla el cuco...