Así que, oída la proclama del señor presidente -tras detectarse más casos de los que levantan ronchas en el mundo urbanístico- quizá no estén de más un par de reflexiones. La primera para darle razón a don Emilio acerca de la necesidad de sentar las bases desde las que acabar de una vez en este país con las prácticas oscuras en la materia. La segunda, para subrayar la importancia de que el jefe del ejecutivo actúe no como un árbitro, sino como un guardián, y por tanto no se sitúe por encima de la melèe, y vigile para impedir que llegue a formarse.

Se le pide eso al señor presidente no sólo porque es jefe del ejecutivo y no del legislativo, sino porque el mal está tan extendido, y es tan dañino, que no puede agravarse simulando que tiene un sólo origen, e incluso una raíz políticamente monocolor porque eso, además de incierto, resulta provocador y por tanto poco eficaz para hallar soluciones. Y el discurso que produce va en una línea que es, además, contradictoria: no se puede actuar a la vez como presidente y secretario general de un partido: al menos no en este tipo de asuntos, porque no se puede ser juez y parte.

Lo que sí resulta procedente, como queda dicho, es evitar la formación de la melée, y ahí es decisivo el papel de un líder al frente de la organización política que dirige. El señor Pérez Touriño tiene razón cuando reclama una acción decidida de los partidos contra las prácticas extrañas -y ya ni se diga corruptas- en el campo urbanístico y en otros. Y tendría más razón, y más derecho, a citar los casos de Arteixo, de Nigrán o de Gondomar si en sus filas no hubiese otros menos sonoros pero igualmente sospechosos, de Foz a Porto do Son pasando por Cambre.

Y no se trata de enchufar el ventilador, ni constituirse en eco del funesto método del "y tú más" que muchos emplean para ocultar o disimular sus males: es que resulta necesario que los mensajes sean pulcros, contundentes y rectilíneos: no se le puede imputrar a la casa de al lado, aún con cierta razón, responsabilidad si no se es capaz, o no se quiere, aplicarse el cuento en la propia. Porque luego pasa lo que pasa, se ve lo que se ve y da la impresión de que si no iguales, son todos parecidos. Y es como en el chiste: que leones no había, pero cheiraba mucho a león.

Eso dicho cabe hacerle fotocopia y aplicárselo al PPdeG y a su presidente don Alberto Núñez. En primer lugar porque varios de los casos más estruendosos -algunos contados aún a medias- están en sus filas. En segundo, porque además se han reconocido por buena parte de los acusados, e incluso por algunos de los aludidos, si bien es confusa todavía la historia. Y en tercero porque -salvo en el episodio de Gondomar- no hay noticia de reacciones fulminantes para deshacerse del lastre, empleando este término en un sentido exclusivamente coloquial

Y aquí no cabe hablar de la presunción de inocencia como elemento limitativo para la exigencia: en política no debe aplicarse talcual, como en el Ejército no reza el derecho a sindicarse. Verbigratia.

¿Eh..?