Afirma ufanamente la Xunta que los profesores de las universidades gallegas -como el presidente Touriño, por ejemplo- figuran entre los "mejor pagados" de España. Tanto es así que la conselleira de Educación acaba de cifrar en un 126 (ciento veintiséis) por ciento la subida de los "complementos retributivos" que benefició durante el último año a los docentes de la enseñanza superior.

No queda sino felicitar al Gobierno autónomo y al profesorado por tan sustanciosa subida de emolumentos que, sin duda, redundará en la mejora de las prestaciones que la Universidad ofrece en Galicia a sus estudiantes. Buena falta hacía si se tiene en cuenta el mediocre rendimiento -tirando a bajo- que actualmente ofrece el sistema educativo galaico en cualquiera de sus niveles.

Consciente de esa carencia, la Xunta ha convocado también la mayor oferta de plazas para profesores de educación primaria y secundaria que se recuerda en la historia de este reino autónomo. Nada menos que 3.125 empleos públicos saldrán a subasta de méritos entre el profesorado, precisamente ahora que la caída de la natalidad está vaciando de alumnos los colegios gallegos año tras año.

Habrá quien considere que esos presupuestos estarían mejor empleados en cubrir plazas de médicos tan necesarios en un país como Galicia, donde el número de gentes maduras en edad de enfermar excede notablemente al de rapaces escasos de profesores. Pero esa es una opinión como otra cualquiera, claro está.

Si acaso, los más maliciosos tenderán a sospechar que el Gobierno gallego barre para casa -o para sí mismo- cuando tanto insiste en dotar de mejoras económicas y/o laborales al gremio de la docencia. Algunos socarrones alegarán incluso que, antes que un gobierno tradicional, la actual Xunta parece más bien un claustro académico, dado el elevadísimo porcentaje de profesores que desempeñan funciones de conselleiros, directores generales y otros altos cargos.

No hay por qué recelar de las intenciones de los gobernantes. En realidad, la presencia de docentes es toda una tradición en la política gallega desde los tiempos en que tanto el monarca-presidente Don Manuel I como el líder de la oposición Xosé Manuel Beiras compartían -a pesar de sus hondas diferencias ideológicas- la común condición de catedráticos de Universidad. Y, aunque en número notablemente inferior al del actual Gobierno, también Fraga se rodeó de algunos conselleiros procedentes del mundo de la enseñanza.

No obstante, el modelo de gobierno casi gremial -del gremio de la docencia, para ser exactos- que ahora ejerce el poder en Galicia es todo un hallazgo desde el punto de vista de la historia de las doctrinas políticas.

En tiempos menos modernos, la autoridad competente solía legislar para las clases o grupos de ciudadanos que les habían conferido el mando con sus votos. Los gobiernos de izquierdas, por ejemplo, daban prioridad a la mejora de las condiciones de vida de los obreros y trabajadores en general; en tanto que los de derechas preferían poner el acento en la promoción de empresas y las rebajas de impuestos a sus teóricos votantes.

Todo eso ha quedado ya definitivamente anticuado frente a la novedosa invención de los gobiernos que atienden antes que nada a las necesidades de su propio gremio. En el caso pionero de Galicia es el de los profesores que tantas mercedes reciben de sus colegas al mando de la Xunta; pero nada impide que otras corporaciones se organicen en el futuro para tomar el poder mediante la creación de partidos del notariado, los encofradores, los futbolistas, los policías o los registradores de la propiedad.

Decía el anarcoconservador Jorge Luis Borges -aludiendo a la dictadura de los espadones en Argentina- que un gobierno de militares resulta tan absurdo como un gobierno de buzos. Pero ni siquiera su fértil imaginación alcanzó a conjeturar la idea de un gobierno de y para profesores. El realismo mágico de Galicia da para todo.

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