Quiero cambiar de tele, pero no logro averiguar qué diferencia hay entre la de de plasma y la de cristal líquido, aparte de que las dos son planas (como el pensamiento que emiten, imagino). Tampoco entiendo el prestigio de lo plano frente a lo curvo. Supongo que, como la dieta mediterránea, estará de moda unos años y luego descubrirán que es malo para la vista. La tele de plasma me produce un poco de rechazo porque pienso en el plasma sanguíneo. No me gusta la idea de ver los telediarios sobre una superficie de sangre (detesto las redundancias). En cuanto al cristal líquido, me parece contradictorio, como si habláramos de esqueleto blando o de ojo ciego. En la tienda no me ayudan a despajar las dudas.

-¿Qué me recomienda usted?

-Según.

-Según qué.

-Según lo que prefiera. Si le gusta más el televisor de plasma, no debería comprar el de cristal líquido.

La neutralidad del vendedor me saca de quicio. Le pregunto entonces cuál tiene más futuro, cuál acabará imponiéndose sobre el otro y dice que no tiene ni idea.

-Yo -añade- habría jurado que el sistema Beta ganaría al VHS, pero ganó el VHS y ahora están muertos los dos. En batallas comerciales, como comprenderá, no entro. Yo no estoy aquí para favorecer a un fabricante, ni a un sistema, sino para ganarme un sueldo.

-Pero si usted tuviera que cambiar de tele, ¿elegiría la de plasma o la de cristal líquido?

-No elegiría ninguna porque odio todo lo plano. Soy partidario de las curvas.

Cuando le replico que las curvas no tienen futuro, arguye que tampoco la dieta mediterránea la tenía hace 20 años. Le pregunto entonces si prefiere el nacionalismo español al turco y me dice que el turco tiene más horizonte, aunque al final, a lo mejor, sucede como con el sistema Beta. Vuelvo a casa sin tele y sin nacionalidad, pero reconciliado con las curvas. Y con la dieta mediterránea. No hay mal que por bien no venga.