Así que, visto lo visto -y respetando, como es natural, las opiniones en contrario- seguramente una buena parte de la sociedad gallega, si se le preguntase, convendría en afirmar que el último episodio del Prestige es uno de los más lamentables de cuantos ha padecido este país en el último cuarto de siglo. Y, desde hace unos días, quizá también un ejemplo de pasteleo entre fuerzas políticas que haría sonrojarse al menos tímido de entre sus miembros, si a alguno le quedase algo de vergüenza, claro.

Viene a cuento, el introito, del dictamen que una fantasmagórica subcomisión del Congreso ha despachado, en Madrid, como balance de lo ocurrido: un pacto por el que, en la hora de las responsabilidades, se alude de forma abstracta a fallos de la Administración de los que no consta autor específico y, por tanto, tampoco culpable, por acción o por omisión. O sea, que una vez más aquí pasóu o que pasóu y a otra cosa mariposa. Una resolución bochornosa que transforma por ejemplo la reacción popular en las calles en una romería de ilusos cabreados sin motivo o el resultado de una manipulación gigantesca. A escoger.

Algunos observadores, conste, habían expresado ya sus sospechas de que se daría ese pasteleo cuando, lejos de cumplirse las promesas electorales que en la campaña de las últimas generales firmaron PSOE y BNG, lo que en Galicia había sido una Comisión de Investigación Parlamentaria se rebajó en Madrid a una cosa menor, y lo que aquí había sido público allí se volvió reservado. Las explicaciones, entonces, parecieron extrañamente confusas, pero visto el resultado no eran ni una cosa ni otra: sólo una cortina de humo para intentar disimular la chapuza que entre casi todos -salvo IU- iban a sacar adelante-

Es cierto, desde luego, que al pastel se adjuntaron algunos votos particulares en los que varios de los firmantes balbucean -por escrito, claro- unas cuantas excusas en forma de argumentos -aparte la mamarrachada de que el trabajo sirve para prevenir otros Prestige-, pero es más verdad que votaron a favor del texto final, y eso multiplica su cinismo. Algo que la ciudadanía debe conocer siquiera para saber con que tipo de tahúres del Mississippi -en definición lejana, de don Alfonso Guerra- se juega los cuartos. Por mucho que se pretenda vestir el muñeco aludiendo a eso de que las elecciones lavaron las responsabilidades.

Así las cosas, y en este punto, una de dos: o el comportamiento de la Administración de entonces fue admisible -en cuyo caso la izquierda habría de pedir perdón públicamente por mentir a la sociedad y manipular a muchos de sus integrantes, llevándolos a la protesta callejera por nada-, o no lo fue, con lo que habrá que seguir exigiendo a la derecha que gobernaba entonces su responsabilidad. Lo malo es que esa incógnita tardará en despejarse porque habrá que esperar a los tribunales de Justicia, propios o foráneos, y que, en caso de que diga algo contrario a lo de la subcomisión del pasteleo, habrá dejado a la clase política de aquí hecha unos zorros.

¿O no?