El responsable de un periódico crítico, un diario que murió demolido -literalmente- por la intransigencia liberticida, se enfrentaba a un alto cargo del Movimiento, que le exigía "respeto y acatamiento a los principio y logros del 18 de julio".

-¿De qué año?- respondió, haciéndose el distraído, el periodista.

Por supuesto, la distracción costó una nueva sanción a aquel diario, que de manera tan trágica y espectacular estaba destinado a perecer bajo la dinamita no mucho después. Y es que con los principios inamovibles del 18 de julio (de 1936, naturalmente) no se jugaba. Entonces. Hablo de aquel franquismo autoritario, que proclamaba "todo para los españoles", pero sin contar para nada con los españoles. Entonces, la Historia se falseaba o se ocultaba, porque ya se sabe que la Historia la escriben los vencedores, y el franquismo es patente que ganó en aquel muy cruento levantamiento contra el orden constitucional que comenzó el 18 de julio de 1936.

Setenta años después, nos abocamos al recuerdo. Los periódicos, las televisiones, nos traen las imágenes de entonces. No viví aquellos tiempos, pero sí alcancé las postrimerías de la posguerra, aquellos primeros años cincuenta en los que aún se fusilaba a los presos políticos en las cárceles, o se les obligaba a ignominiosos trabajos al maiorem gloriam del caudillo invicto, decían.

Nunca me ha gustado revivir ese pasado, que no ha dejado de dividir a los españoles durante toda mi existencia consciente, aunque siempre comprendí que una de las muestras de talento (y de talante) político de nuestra ciudadanía consistía en enterrar muchos agravios y en no mirar hacia atrás ante tantos horrores. Más o menos como después ocurriría, exactamente cuarenta años después de aquel levantamiento de Franco y sus generales, con motivo del inicio de la transición: vencedores y vencidos se reconciliaban en torno al futuro, olvidando programas de máximos y superando iniquidades. Fue un acto de generosidad mutuo que vino muy bien a los habitantes de este país, que emprendieron un recorrido insólitamente fructífero y próspero, tanto en lo tocante a los aspectos de bienestar material como en lo referente a las libertades.

Me resulta, por tanto, difícilmente explicable el afán de reinventar memorias históricas y de reescribir, cual nuevos vencedores, una Historia que poco a poco ha ido poniendo a cada cual en su sitio. Porque la historia no hay que olvidarla, sino superarla en base a escribirla atendiendo a las voces de todos los lados, recogiendo todos los testimonios.

Y, así, desde determinados sectores ultraderechistas se quiere ahora potenciar la figura del general Franco como si fuese un caudillo victorioso ante el desastre y un salvador de la Patria ante el caos (y en alguna radio y en ciertos libros recién editados se da pábulo a esta interpretación, tan falsaria). Por su parte, desde zonas afectas al Gobierno (y conste que no equiparo a unos y otros, de ninguna manera) se acude a resucitar una `memoria histórica´ que puede que, siete décadas después, tenga sentido en ámbitos académicos y como reportaje en las televisiones, pero nunca desde el impulso oficial. Y menos, si este impulso amenaza con abrir nuevas brechas en los sentimientos de los españoles, que creían ya cerradas las heridas, aunque cada cual lleve la procesión por dentro.

Me dicen algunos que el Gobierno ha entendido el mensaje (recordado nuevamente, y creo que oportunamente, este domingo por Mariano Rajoy en la clausura del campus veraniego de la Fundación de Aznar). Y que, contra la opinión explícita y militante de Izquierda Unida, va a minimizar el alcance del tan citado y preparado, pero nunca completado, `decreto sobre la memoria histórica´. Que una cosa es reparar, aunque sea a título póstumo, una gran injusticia hacia los vencidos (y hacia algunos vencedores), y otra muy diferente volver a señalar culpabilidades con el dedo, como se pretende, por lo visto, hacer en los colegios con los niños obesos, para facilitar su integración dietética.

Haya rectificación o no, es el caso que existe una tentación autoritaria en sectores del Ejecutivo, y quizá estos sectores estén encabezados por el mismísimo `míster talante´. Desde la pretendida reforma del Código Penal en materia de seguridad vial (a la cárcel si sobrepasas la velocidad prescrita) hasta determinados aspectos del plan contra los malos hábitos alimentarios, en el equipo de ZP se detectan veleidades propias de monarquía absoluta: obliguemos al pueblo a que sea feliz, sano, limpio de corazón y de mente. Y a que se entere de la verdadera Historia de la nación, contada, naturalmente, ya digo, por los nuevos vencedores.

Estando así las cosas, ¿cómo diablos espera la oposición -que, diga lo que diga Rajoy, por otra parte, sigue aferrada al `no a todo´- que cuenten con ella, cuando aquí no cuenta para nada el resto de los españoles, esa mayoría que no está ni con una orilla ni con la otra?

Pues eso: que setenta años nos contemplan desde aquel 18-j nefasto, que puso fin a una época nefasta -nefasta, sí- y que iba a inaugurar una era más nefasta todavía. Y ¿no habremos aprendido algo, apenas algo, ante tan duras enseñanzas de la Historia? Ojalá que el 18 de julio de 2006 resulte el inicio de un acuerdo básico nacional sobre el pasado, el presente y el futuro. Aunque, la verdad, no parece que vayan por ahí los tiros, nunca peor dicho.