En la mesa de al lado, un hombre le explicaba a otro que los servicios de inteligencia estadounidenses disponían ya de una mosca artificial capaz de recoger conversaciones y grabar imágenes que enviaba por control remoto a donde fuera necesario.

-Lo he visto en un documental.

He aquí, me dije, un hombre coherente porque además de gustarle los documentales, como a todo el mundo, los ve. Yo continúo atrapado en esa etapa de la vida en la que te gustaría que te gustasen.

-Supongamos -continuó- que quieres espiarme. Pues no tienes más que soltar cuatro o cinco moscas que se colarán por una de las ventanas de mi casa situándose en lugares estratégicos.

-Te advierto -respondió el otro- que a mi mujer le dan mucho asco las moscas. Se pasa el día fumigando.

-Éstas que digo son resistentes a los aerosoles.

-Entonces sospecharía que son moscas espías.

-No lo creo.

-Mi mujer sospecha de todo, por naturaleza.

Mientras hablaban, observé que una mosca un poco más grande lo normal se había posado en su mesa, dirigiéndose enseguida a uno de los platos del café, donde se ocultó. Ellos la vieron, pero no les prestaron, increíblemente, atención ninguna.

-Las moscas -continuó el aficionado a los documentales- han entrado en el mercado con una fuerza sorprendente, incluso las de verdad. En Almería, hay tiendas donde venden moscas para polinizar los cultivos de los invernaderos.

-¿Y las venden por unidades o al peso?

-Por unidades, creo.

-¿Las espías polinizan?

-Creo que no, pues no tienen cigoto.

El término cigoto estaba mal utilizado por razones obvias, pero lo introdujo de manera tan verosímil en la conversación que estuve a punto de quitarme el sombrero. En esto, vi asomar a la mosca espía por debajo del plato y me pareció que me observaba intensamente, por lo que pagué y me fui.