Mariano Rajoy siempre da la impresión que está luchando contra sí mismo. Una parte de su naturaleza le empuja a centrar su partido, a manejar la ironía que posee como arma política y a librarse de la sombra de José María Aznar, que sostienen en parihuelas sus centuriones de antaño. El otro Mariano, que es el que aparece con más frecuencia, no quiere líos, utiliza la metáfora permanente del gallego que no adquiere compromisos para no definirse y salir indemne de la renovación de su partido y agita el lado más oscuro del corazón conservador.

Ahora ha vuelto a dar una de cal y una de arena. En pocos días ha anunciado el Apocalipsis zapatista y, al mismo tiempo, ha conminado a su partido a evolucionar para formular un proyecto político acorde a los tiempos y a la distancia implacable que señalan las encuestas en la intención de voto favorable al PSOE.

Es difícil establecer el pronóstico sobre cuál de los dos Marianos va a ganar contra sí mismo, porque, para empezar, no sabemos si de verdad va a existir pugna o sólo es escenografía para contentar un poco a toda la platea. Pero el caso es que el horizonte se presenta complejo pero prometedor para quien desate los complicados nudos de la política española. Si las cosas les salen bien al Gobierno, con el PP echado al monte, la oposición será un acomodo estable para el partido que fundó Manuel Fraga, ahora en horas de despido. Si las cosas no salen tan bien, siempre podrán decir los socialistas que con tantas tarascadas políticas y parlamentarias no hay quien juegue.

Da toda la impresión de que la crispación no está en la sociedad sino en los despachos, en algunos periódicos y en algunas ondas. La economía no va mal a pesar de los precios del petróleo, los nacionalistas hacen ruido pero ETA no casca nueces, y con todos esos parámetros y la reubicación de España en el mundo que nos corresponde es difícil de mantener permanentemente un discurso catastrofista. Ni siquiera el dúo de Eduardo Zaplana y ngel Acebes, con tantas horas de trabajo en películas de terror, dan realismo a sus personajes y empiezan a ser una caricatura de sí mismos. Si yo fuera Mariano Rajoy cambiaría el guión, el atrezzo y, sobre todo, a los personajes.