Estamos en plena temporada estival y parece que todo lo relacionado con las playas, las costas y el mar adquiere un mayor protagonismo, al menos para lo bueno, pues hartos estamos ya de accidentes en nuestras costas en temporada de invierno.

Nuestra industria naval tiene con toda probabilidad en la demanda de ocio una importante salida a su cada vez más difícil competitividad a nivel global. Gran parte de las mejores embarcaciones de recreo españolas se confeccionan en nuestras orillas, cada vez es mayor la demanda de amarres y más intensa la aparición de nuevos aficionados a todo lo náutico. Si a ello unimos el que disponemos de unas rías en las que se nos ofrecen todo tipo de posibilidades para cualquier deporte relacionado con la mar, concluiremos en que nos encontramos con una de las mejores ofertas del mundo en este sector.

Como casi siempre, mientras las relaciones se limiten al mundo de la oferta y la demanda, concretamente entre el consumidor y el empresario, las cosas van encontrando su camino, que podría ser de rosas si cada vez que se necesita de la Administración esta respondiese comprendiendo el problema y poniendo de su parte todo lo necesario para allanar caminos, algo que desgraciadamente se da con muy poca regularidad.

Los accidentes náuticos en materia deportiva no suelen proporcionar excesivas preocupaciones, pues cada vez son mejores las embarcaciones y la gente no sólo va mejor equipada, sino que conoce mejor lo que hace, aunque hay riesgos que bien pudieran evitarse con suma facilidad.

Me refiero a toda una serie de rocas cercanas a las playas y en puntos de intensa navegación, que tienen la desgraciada característica de asomar, o casi hacerlo, en marea baja para ocultarse totalmente en marea alta, suponiendo un importante riesgo para cualquier navegante no demasiado avezado, que circule por sus alrededores, sea una motora, un velero o una moto acuática.

Si nos limitamos a las rías bajas, quizá estemos hablando de una cincuentena de bajos o rocas de riesgo, que bien señalizadas, o simplemente voladas por la Marina, dejarían de ser un verdadero peligro que en algunos casos ya se han cobrado vidas y que en otros quizá no tarden en proporcionar verdaderos disgustos.

Cierto que algún ecologista superficial y folclórico, rama fundamentalista, los del corazón sobre el cerebro, se echará las manos a la cabeza al oír lo de la voladura, pero no sólo es el método más rápido, seguro y efectivo a practicar por especialistas de la Marina, sino que no supone alteración alguna ni del medio marino, ni del paisaje, ni supondría impacto ambiental de ningún tipo, ya que es una práctica que afortunadamente ha salvado ya varias vidas en otras partes del mundo, y afectaría únicamente a pequeñas rocas que sólo afloran en marea baja, pues aquellas que lo hacen también en marea alta no habría que tocarlas, incrementándose considerablemente la seguridad de nuestras costas.

Ver hace unos días, en la ría de Aldán, a primera hora de la mañana, a una pareja con un niño, en una pequeña embarcación, con marea alta, embarrancar contra el con situado frente a la antigua fábrica de Curbera, pidiendo auxilio, abrazados al niño, esperando que el barco se hundiera, ni es agradable ni creo que a nadie beneficie la presencia de tan importante y absurdo riesgo.