Así pues, cumplido el trámite y realizado el cambio en Galicia, la cuestión no es sólo cómo lo va a ejecutar la coalición de gobierno que forman el PSdeG-PSOE y el Bloque Nacionalista Galego, sino de qué modo lo va a encajar el PPdeG. Que es un partido básico para el equilibrio político del país y para la salida aritmética de algunas cuestiones claves, y que por lo tanto influirá casi tanto como la nueva Xunta en la ordenación de la vida de los ciudadanos y en el clima de convivencia general.

Y es que, se mire por donde se mire, la ascensión a la presidencia del señor Pérez Touriño supone para los populares un doble desafío. El primero es de carácter externo y habrá de sustanciarse con una oposición fuerte -la que corresponde a quien tuvo más votos que nadie aunque perdió el poder- pero a la vez constructiva y leal, dado que tiene la llave para la solución de asuntos como el del Estatuto o la financiación, de los que depende el progreso futuro de la población.

El segundo de esos desafíos es interno, porque quienes hasta ahora gobernaban habrán de analizar las causas reales por las que han dejado de hacerlo. Por el momento se consuelan insistiendo en lo poco que les faltó para conservar la Xunta, pero no ha lugar para prorrogar la excusa: el PPdeG tiene que afrontar la realidad de su poca presencia urbana, y la hipótesis de una reducción de su fuerza rural mediante el control de su reducto, las diputaciones, que prepara el bipartito. Así que ojo.

Los dos retos parecen obligar al principal partido gallego a una reflexión rápida, pero no apresurada, sobre la estrategia a seguir en el futuro, y sobre todo a una decisión acerca de qué modelo le será más útil para intentar la reconquista de la Xunta en un plazo razonable. Y los observadores coinciden en que eso resultará casi imposible si no se empiezan por cambiar no sólo algunos tics demasiado antiguos, sino unos cuantos dogmas que se han quedado desfasados.

En este punto conviene añadir algo que no por obvio debe dejarse a un lado: el proceso de cambio en el PPdeG tiene que extenderse no sólo a la organización, la estrategia y las tácticas, sino también a las personas: por duro que resulte, buena parte del equipo que ha acompañado al señor Fraga durante todos estos años ha de hacerse a un lado y ceder sitio al relevo. Con un nexo de unión probablemente identificado con uno o los dos vicepresidentes, pero muy pocos más en primer plano.

Todo ello sin prisa, pero sin pausa, porque los tiempos que corren, y los que llegan, no permiten perder demasiado tiempo. El país necesita visualizar casi de inmediato una alternativa razonable al bipartito -de forma que se eviten, por no apreciarla, los fallos que durante estos años se acumularon al no existir más salida aparente que don Manuel Fraga- y el PP resolver sus desafíos pronto.

¿Verdad...?