Mientras la mayoría de los viajeros del Queen Mary 2 se quedaban a bordo del trasatlántico disfrutando de sus delicias, una marea humana se desplazó hasta las inmediaciones del muelle buscando una foto para la posteridad. Como la vida es un guante del revés a nadie sorprendió que fuera la ciudad la que se acercara a los ocupantes del buque en vez de que fueran éstos los que se perdieran por las calles de Vigo. "Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma", esta frase parecía flotar en el subconsciente colectivo.

Así que cientos de habitantes olívicos acudieron al puerto, cámara de video en mano, bermudas y chancletas, para ver el coloso del mar. Familias enteras provistas de mochilas, viseras y mapas de situación no quisieron perderse tan magno acontecimiento. La gente, incluso, se echó a los montes circundantes para verlo todo desde otra perspectiva. Faltaba un puesto de souvenirs donde los forasteros vigueses pudiesen adquirir una reproducción en miniatura del barco. Algunos protestaban indignados porque hubieran querido gastarse el sueldo entero en comer en alguno de sus restaurantes, en caminar por alguno de sus pasillos o darse un chapuzón en su impresionante piscina. Los más osados deseaban curiosear en alguno de los camarotes previo pago de grandes cantidades de dinero. Tal era la avalancha de personas ansiosas por internarse en el buque que todo se convertía en intentos infructuosos.

Mientras, un matrimonio inglés y despistado bajaba la escalerilla para darse una vuelta por A Pedra regresando poco después para comer en las instalaciones del navío y sin ninguna compra entre sus manos. Preguntados ambos por sus impresiones de la urbe contestaron no sin cierta decepción:

- Es que vinimos pensando en ver la nieve y nos llevamos una sorpresa.

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