¿Dónde están los intelectuales, artistas y famosillos que clamaron cuando se hundió el 'Prestige' y que ahora guardan silencio ante las 13.000 hectáreas quemadas en Guadalajara y los 11 trabajadores muertos al intentar apagar el incendio? ¿Pegados al pesebre esperando que les echen la comida y calladitos por si no les subvencionan la próxima película o el próximo disco? ¿No les parece preocupante que en España hayan muerto el doble de personas debido al fuego que en el resto de Europa? ¿No es una catástrofe?

¿Dónde están quienes clamaron contra el envío de tropas de ocupación a Irak y no dicen nada ante las tropas de ocupación que este país tiene en Afganistán? ¿Dónde están los que dijeron de todo al anterior Gobierno y ahora callan, como lo que son, ante los diecisiete muertos en Afganistán? ¿Dónde están los que clamaron cuando al anterior Gobierno se le cayó un avión y ahora no dicen nada? Miro y no veo las calles llenas.

¿Dónde están los ecologistas que se oponían a los trasvases, a las presas, y que ahora no ofrecen soluciones ante la necesidad imperiosa de agua que hay en toda España? ¿De viaje por España viendo los pastos amarillos, las cosechas agostadas? ¿Quejándose de lo cara que está este año la fruta?

Este país que antes se llamaba España sigue siendo el mismo del turnismo que describió Galdós. Sólo se espera que lleguen los del propio bando al gobierno para mamar de la ubre. El que está con el poder tiene trabajo, (o negocios) y el que está con la oposición, a esperar unos añitos, que ya vendrán los nuestros. Y a cambio se debe fidelidad perruna. Y si no se debe, se da. España, lo juro, es una inmensa novela de Galdós, es 'Miau', pero en enorme. España no es un país, es un decorado de una novela de Galdós.

¿Dónde estáis, intelectuales y artistas que os hicisteis famosos en la Transición, que os habéis convertido en la conciencia intelectual de España, dónde estáis que no os veo? A la España actual le vendría bien el título de una novela de Luis Martín Santos, 'Tiempo de silencio'. Sólo se puede decir lo que se debe decir. No estaría de más descubrir quiénes deciden lo que se puede decir y cuándo se puede decir. Mientras tanto, una propuesta: no se fíen de la opinión de nadie. De la mía tampoco.