Creo que era Tagore el que decía que "para distraer su soledad, el bonzo ora". El bonzo, al fin y al cabo, no abandona el sosiego que la oración procura. Pero quizá lo que nos pase a todos con lo que hacemos a lo largo del año no sea otra cosa que un modo de distraer la soledad. Quizá por eso, llegado el descanso temporal de nuestro trabajo habitual remunerado o nuestros estudios, que es lo que siempre se ha tenido por vacaciones, hay gente que en lugar de pasar un ratito con su soledad intenta espantarla como sea. Y como para todo se hace ahora prospección de mercado, en la hostelería deben haber detectado la tendencia de la gente a no quedarse sola consigo misma y no hay hotel de playa que no te programe la distracción por medio de actividades diversas, que no excluyen la cucaña, o a través de excursiones para que no incurras en la desgracia de la meditación. La industria del ocio, además de dar muchos puestos de trabajo, es evidente que también da trabajo a los clientes. Y los ayuntamientos turísticos, que participan de esa industria y del negocio del voto, te ponen una charanga cerca, un barquito de recreo si se tercia y unos fuegos artificiales para que te hagas la ilusión de que veraneas en Mónaco con el Príncipe Alberto. Pero al mercado turístico tampoco le pasa inadvertida la otra opción: la de algunos seres raros que procuran la soledad y no tienen la manera de hallarla si no les distraen a sus niños, con lo cual los hoteles se invaden de payasos que a todas horas hacen gracietas a los peques por unos estridentes altavoces y los fatigan con piruetas y mandangas hasta que se los devuelven a sus madres para que los acuesten. En ese caso, la soledad que peligra es la de quien aspira a leer tranquilo en una terraza y, si no reza por la noche, como el bonzo de Tagore, no es porque no quiera distraer su soledad sino, porque ya se la distraen las cenas de matrimonios con orquesta.