Ya casi ni nos acordamos, pero hace diez años el que Europa tuviera una moneda única era un sueño; y para muchos una utopía. Tema de conversación recurrente, entonces, eran los criterios de convergencia, imprescindibles para la entrada en vigor del euro. ¿Podríamos cumplirlos? Muchos ponían la cara escéptica y el gesto burlón. Entonces la moneda "sólida" era el marco alemán, el "gran" banco central el Bundesbank, presidido por Hans Tietmayer, cuyo nombre se evocaba con respeto. Algunos hubieran querido que nos dejáramos de zarandajas, y si decidíamos tener una sola moneda adoptáramos el acreditado marco alemán. Pero la política tiene sus caminos y sus exigencias, y la europea todavía más. La moneda de Europa no podía ser alemana, como tampoco el primer presidente del Banco Central. Solo se transigió en un punto: que la sede del Banco se situara en Francfort. Para presidirlo se nombró en 1998 a Wim Duisenberg, holandés, socialdemócrata con reputación de keynesiano, antiguo ministro de Economía de Holanda, antiguo gobernador del Banco Central de su país, antiguo presidente de un banco privado; y, por supuesto, bienquerido de los alemanes, condición absolutamente necesaria.

Y el milagro, el buen milagro, se produjo: el 1 de Enero del 2002, doce de los quince miembros de la Unión adoptaban el euro.

Se había decidido que el puesto de Gobernador del Banco Central Europeo fuera por ocho años. Pero la construcción europea, una vez más, impuso compromisos. Francia se empeñaba en su candidato, y se llegó a una decisión cuasi-salomónica: Duisenberg estaría cinco años, y dejaría paso, para completar elmandato, al francés Trichet en Octubre del 2.003. La previsión inicial sobre el Presidente no se aplicó siquiera la primera vez. Pero hubo Banco Central, y hubo moneda. Y eso era lo esencial.

A Duisenberg le incumbía una responsabilidad especial en que la nueva moneda tuviera credibilidad. Y hacer frente a lo que fuera viniendo: el estallido de la burbuja financiera de las punto.com, los precios elevados del petróleo, la caída inicial del euro frente al dólar, los atentados del 11-S; y las presiones de los políticos, que no fueron pequeñas, comenzando por las dos grandes economías de la zona euro, Alemania y Francia, cuando empezaron a tener bajas tasas de crecimiento, se agravó el paro y los desequilibrios presupuestarios. Todos querían mandar sobre el gobernador, influir sobre los tipos. Criticaron su pasividad y lentitud para decidir bajadas de tipos, lo compararon negativamente con su colega americano, Greenspan. Duisenberg mantuvo su independencia; luchó por controlar la inflación, porque los países miembros corrigieran los desequilibrios, porque los tipos fueran bajos. Cualesquiera que hayan sido los errores, los aciertos fueron mayores. Ahí está la moneda europea para confirmarlo.

Era un personaje poco convencional, alejado del estereotipo del gran banquero. Fíjense en la fotografía: aspecto juvenil, ojos pillos, cara de guasa, el pelo dando vueltas por la frente; más que un banquero se diría aquel niño inglés terrible, llamado Guillermo, de las novelas de Crompton que quien sabe por qué azares hubiera llegado a tan importante sillón. Tenía reputación de "bon vivant". Detrás de esa cara de bromista había un hombre riguroso, que creía en su misión.

Europa no solo necesita buenos técnicos. Por encima de todo hacen falta gentes de convicciones profundas, que crean en el futuro de este continente y estén dispuestos a consentir ciertos sacrificios y renuncias. Gentes con la fe de los padres fundadores, Schumann, Monnet, De Gásperi, Adenauer. Y de quienes los han seguido, como Duisenberg.

Todos ustedes llevan en sus bolsillos - probablemente sin saberlo- la firma de este holandés-europeo. Echen un vistazo a los billetes de euro. Muchos de ustedes han adquirido una vivienda gracias a los bajos tipos de interés, que han abaratado las hipotecas hasta extremos desconocidos; tipos que Duisenberg mantuvo bajos. Muchos de ustedes se mueven por países europeos sin el enojo de estar cambiando continuamente de moneda. O viajan por el mundo, o comercian, desde una moneda fuerte y aceptada en todas partes. En todo ello ha tenido que ver Duisenberg.

Le gustaba el buen vino.

Hacemos un brindis a la salud del gran europeo que acaba de dejarnos.