Pau es una bellísima ciudad que muestra todo el esplendor de Aquitana en Francia, calurosa en verano y fría en invierno, pero que se ha convertido en algo así como una puerta de salvación, como cuando queda atrapada entre las aguas bravas, para Maialen Chourraut, la palista que nunca falla, la que se reencuentra a sí misma en los Juegos, y la que ayer hizo algo tan difícil, algo que merece tanto esfuerzo, como una tercera medalla olímpica en su palmarés, una plata a añadir al oro conseguido en Río 2016 y al bronce de Londres 2012, cuando ella creyó que podía aspirar a un metal mejor. Y todo ello compaginando la navegación en eslalon de su piragua con la crianza de su hija Anne, de ocho años.

A dos horas de Donostia en coche se encuentra la ciudad de Pau, donde hay un canal para practicar el eslalon, término que les gusta más a los especialistas que el de piragüismo en aguas bravas. Porque hasta entonces Maialen tenía que vivir en La Seu d’Urgell, el único escenario español para el eslalon, y eso la obligaba a estar lejos de los suyos, una familia vasca de ascendencia francesa y siempre muy inclinada al deporte puesto que su primo Íñigo Chaurreau, quien siempre escribió el apellido de forma diferente, fue ciclista con cuatro Tours terminados en su mochila.

Y en Pau fue donde se empezó a fraguar la medalla de plata de Tokio, la tercera de la delegación española tras la plata de Adriana Cerezo en taekwondo y el bronce de David Valero en ciclismo de montaña. Siempre entrenada por su marido, Xabier Etxaniz, que debutó como olímpico en Barcelona 92 cuando la especialidad fue incluida en el programa de los Juegos, y repitió luego en Atlanta 92. Dos días a la semana, tal como explicó la palista ayer desde Tokio, cargaban la piragua en la baca del coche y se dirigían por autopista hasta Pau. “Completábamos dos horas de entrenamiento dos veces a la semana”. Y lo hacía después de dejar a la pequeña Anne en el colegio. “La niña nació en La Seu d’Urgell . Su nacimiento coincidió con la preparación que acabó con la medalla de oro conseguida en los Juegos de Río. Pero la alta competición y la crianza de un bebé es muy duro y me fui rompiendo físicamente. Quizá, por eso, ahora he podido disfrutar más de esta medalla, que del oro de 2016”.

Fue un alivio para ella que los franceses apostasen por un canal cerca de su casa; Maialen que había crecido junto a la playa de la Concha y que desde muy pequeña se apuntó al Club Atlético San Sebastián quería estar cerca de la familia, “respirar el aire del mar, salir con la piragua en la playa y navegar por un río natural y ver a mi madre y a la de mi marido”. Por eso, antes de l confinamiento del año , los Etxaniz Chourraut dejaron el Alt Urgell y se trasladaron a San Sebastián sabiendo que tenían cerca el canal de Pau.

En 2000 realizó su primer viaje internacional para acudir al Mundial júnior de Bratislava. Desde entonces, hasta ahora, con 38 años, nunca ha dejado de competir, salvo cuando le han atosigado las lesiones o por el mínimo periodo que se tomó en 2013 cuando dio a luz a su hija Anne, la que le acompañó en Río y la que se quedó en Euskadi por culpa de las restricciones por el covid.

“Hemos pasado tres semanas en Tokio y mi marido y yo no hemos visto a la niña durante este tiempo. Tener que separarnos de ella ha sido muy difícil. No me hacía a la idea de afrontar la situación porque siempre la niña había viajado con nosotros y es una personita pequeñita y vulnerable, y no quería que los Juegos fueran mala experiencia para una niña 8 años”, repitió ayer Chourraut por vídeoconferencia desde Tokio.

A la niña le dedicó la medalla: “Aúpa, Anne, a los amigos, y a la familia que la está apoyando, porque es duro estar a tantos kilómetros”, dijo al bajar del podio .

Y es que a los dos meses de la cesárea Maialen ya estaba entrenando tal como había hecho hasta dos días antes del parto para dejar claro que deporte y maternidad no eran dos términos incompatibles. «Por buscar un aspecto positivo a la separación de la niña es que no tenía que pelearme por las comidas, ni por la ropa que ponerse, ni ‘límpiate los dientes’ y podía estar centrada solo en la competición».

Campeona de Europa en 2015, con otras dos platas continentales y otras dos platas en Mundiales de la especialidad, una de ellas lograda en La Seu d’Urgell en 2009, su principal gloria deportiva llegó en Río cuando se proclamó campeona olímpica. “Pero ahora he podido disfrutar mucho más de esta medalla que de aquella, pues llegó después de la crianza del bebé. Por eso, necesito un mes o dos de descanso antes de pensar en el futuro porque lo importante no es la medalla sino el camino que se ha hecho para conseguirla”.

Y, poco a poco, superadas las lesiones, con los viajes a Pau, se comenzó a preparar para Tokio. Entró en la final, que era el primer objetivo, sabiendo que las medallas eran complicadas, porque a diferencia de los Juegos de Río no estaba entre las grandes favoritas.

Fue la cuarta en salir y tras una bajada con una navegación fantástica, rápida y sin penalizaciones, ya se colocó con el mejor tiempo que mantuvo hasta que apareció en escena la alemana Ricarda Funk, una de las grandes favoritas, que le arrebató el oro. Un título olímpico que llegó con homenaje póstumo, puesto que el entrenador del equipo alemán de eslalon, Stefan Hanze, se mató en un accidente de tráfico durante los Juegos de Río cuando viajaba a la villa olímpica. El bronce fue para la australiana Jessica Fox.