CRÍTICA
En busca del padre perdido

El desaparecido actor y músico Antonio Flores, a la derecha, en primer término, con su hija Alba siendo aún niña, productora ahora del filme, al fondo.
Quim Casas
Alba Flores es la productora, inductora y conductora de este documental en el que intenta esclarecer tantas cosas que no sabía, y quizás aún no sabe del todo, sobre su padre, el músico y actor Antonio Flores. También es el espectador quien conoce y aprende cosas de la vida y obra de uno de los hijos de Lola Flores, tan unido a ella que cuando La Faraona murió, en mayo de 1995, Antonio entró en otra de sus espirales críticas y fue hallado muerto apenas 15 días después de fallecida la progenitora.
Isaki Lacuesta y Elena Molina, los realizadores del filme, invocan realidades y fantasmas, músicas felices y tragedias personales, éxitos, drogas y otras dependencias, familias unidas y desunidas, un matriarcado y muchas fisuras emocionales.
El documental tiene la forma de un enorme puzle unido por decenas de piezas halladas en los archivos familiares y montadas con sentido y sensibilidad por Molina y Lacuesta.
Se pasa de puntillas por algunos aspectos, todo hay que decirlo, pero secuencias como la de Alba, de espaldas a cámara, conversando sobre Antonio con sus tías Rosario y Lolita horadan con tacto una estremecedora intimidad. Otro de los valores es que interesa aunque no interese la música de Antonio Flores, otro juguete roto en la historia de la música popular española.
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