Valeria Bruni-Tedeschi vuelve a hurgarse el ombligo
En su primera ficción que no protagoniza como actriz, ‘Les amendiers’, la directora pone el foco en el oficio de la interpretación, adoptando la misma actitud autocomplaciente de sus títulos previos

Louis Garrel y Valeria Bruni-Tedeschi, en el estreno de 'Les amandiers' en Cannes.
Nando Salvà
En su faceta como directora, la actriz Valeria Bruni-Tedeschi ha usado su trayectoria personal y profesional como constante fuente de inspiración. En ‘Es más fácil para un camello...’ (2003) nos hizo partícipes de su vida amorosa, en ‘Un castillo en Italia’ (2016) retrató a las mujeres de su familia, y el título de ‘Actrices’ (2007) habla por sí solo. Su nuevo trabajo, ‘Les amendiers’, tambien pone el foco en el oficio de la interpretación y, pese a que es la primera de sus ficciones en la que no ejerce también de protagonista, adopta una actitud al menos igual de autocomplaciente que esos títulos previos.
Segunda de sus películas que compite por la Palma de Oro, se inspira en la temporada que una Bruni-Tedeschi aún adolescente pasó en el prestigioso Théàtre des Amendiers de Nanterres a principios de los 80, preparando un montaje teatral de ‘Platonov, de Anton Chéjov, a las órdenes de Patrice Chéreau. Además de dedicar cierto tiempo a pintar al director como un abusador sexual y un cocainómano -sorprendentemente, Bruni-Teschi asegura haberla concebido a modo de homenaje al que considra su mentor-, ‘Les amendiers’ cuenta una melodramática historia de amor ciego y, en paralelo, trata de ofrecer un retrato de la pasión, la osadía y la inconsciencia consustanciales a la juventud.
Pero aquí los personajes no son solo jóvenes, sino jóvenes actores. Y Bruni-Tedeschi está menos interesada en desarrollarlos -los divide en dos únicas categorías: los que son meros clichés y los que ni siquiera eso- que en usarlos para dejarnos clara una cosa: que quienes se dedican a la interpretación son seres extraordinariamente sensibles y siempre proclives a abrirse en canal, tremendamente sexuales y hermosos y atormentados y, en general, muchos más especiales que el resto de los mortales. Dicen que para dedicarse a esa profesión se requiere tener cierta vanidad, pero no tanta como para hacer películas autobiográficas con la intención de celebrarla.
Un monstruo de carne y hueso
El director iraní afincado en Copenhague Ali Abbasi triunfó en Cannes hace cuatro años gracias a ‘Border’ (2018, inclasificable historia de amor entre dos trolls. Y, pese a estar basada en hechos reales, su nueva película también está protagonizada por una criatura aberrante: Saeed Hanaei, asesino en serie que entre 2000 y 2001 mató a 16 prostitutas en la ciudad sagrada de Mashhad con el fin de cumplir la voluntad de Dios llevando a cabo lo que él mismo definió como “una yihad contra el vicio”.
También presentada a concurso, ‘Holy apider’ está llena de brutalidad explícita y envuelta de sordidez, pero lo más perturbador de ella es la degradación moral que escenifica. Su protagonista es un hombre de familia empeñado en convencerse a sí mismo de que limpia las calles por mandato divino pero que, en cualquier caso, siente una macabra pulsión necrófila. Y mientras alterna su punto de vista con el de una periodista que investiga las muertes, la película contempla una sociedad en la que las mujeres son acosadas, insultadas y amenazadas, y en la que aquellos que las asesinan son protegidos por las autoridades y jaleados como héroes por la ciudadanía. Una sociedad, pues, que crea monstruos. Seguro que Abbasi no no cuenta con verla estrenarse en su país natal en un futuro cercano.
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