El músico español Nacho Vegas.

Daniel Ek, confundador y CEO de Spotify.

Las miradas de los músicos están cada vez más focalizadas en Spotify. Y la visión que se tiene de la plataforma digital ya no es tan positiva como antaño. Lo que en su día parecía un canal ideal para hacer llegar la música a todos los rincones del mundo y así obtener una visibilidad que con el tiempo se transformaría en ventas de discos y nuevas giras, cada vez se ve más como una ventanilla en la que entregas tus canciones y nunca sabes cuánto dinero obtendrás a cambio. Solo que será una miseria. Y con el parón de conciertos que ha traído la pandemia, sumado a un consumo de música digital más disparado que nunca, está quedando más claro que nunca que para los músicos tener su repertorio colgado en Spotify es un mal negocio. La ruina infinita, opinan muchos.

El sindicato estadounidense Union Of Musicians ha lanzado la campaña “Justice at Spotify” que exige un pago al músico de al menos un céntimo de dólar por reproducción (o el equivalente en la moneda de cada país) y demandan un sistema de pago que reporte a cada artista el dinero que han generado su música y no esa cifra prorrateada actual que deriva más ingresos a los artistas de más éxito y menos a los menos escuchados. Finalmente, presionan para que salgan a la luz los contratos que firma Spotify con las empresas que gestionan los derechos de autor y se erradique el sistema modernizado de payola digital.

En menos de un mes, la campaña “Justice at Spotify” ha reunido cerca de 20.000 firmas. Abundan artistas y grupos de la órbita independiente como Thurston Moore (Sonic Youth), Guy Picciotto (Fugazi), Damon & Naomi, New Bomb Turks, No Age, Of Montreal, Saul Williams, Tanya Donelly, Robyn Hitchcock, Zola Jesus, Deerhoof, Elvis Perkins y los españoles Rufus T. Firefly, Nacho Vegas y Seward.

Reparto insostenible.

“Nadie había lanzado una campaña contra una compañía de streaming hasta hoy. Veinte mil firmas es una cifra extraordinaria”, celebra Joey La Neve DeFrancesco, miembro del grupo Downtown Boys y del sindicato Union of Musicians. El formulario sigue abierto y sumando unas mil firmas por semana. El popular rapero Tyler the Creator también ha firmado y Robert Smith, líder de The Cure, ha apoyado abiertamente la campaña sin llegar a firmar.

Días después de que el gremio de músicos se pusiera en pie de guerra, EMMA, la Alianza Europea de Mánagers de Músicos, aumentaba la presión contra Spotify. Esta entidad engloba a 800 empresas de management y 600 más del resto del planeta y considera que el sistema de reparto de beneficios que se estableció hace una década es “insostenible” en 2020, ya que el mercado digital ha evolucionado drásticamente. Antaño, las escuchas por streaming eran propaganda que ayudaba a vender discos. “Hoy es casi la única vía de circulación de dinero. Lo malo no es el dinero que genera, sino lo mal que circula. Si antes de la pandemia [el reparto de beneficios] ya era discutible, ahora es una de las razones por las que los músicos están más abandonados aún”, denuncian.

Cómo se reparte.

Spotify asegura que desde que nació en 2008 ha pagado 19.000 millones de dólares en derechos de autor. Según cálculos de la EMMA, Europa genera más de un tercio de esos ingresos por música grabada. Son cifras astronómicas. El problema es cómo se reparte todo ese dinero. En 2012, Damon Krukowski, componente de los grupos de rock independiente Galaxie 500 y Damon & Naomi, hizo un cálculo del dinero que generaba cada escucha de una canción: no llegaba ni a 0,005 céntimos de dólar. Y a la hora de la verdad, cuando recibía el cheque y lo dividía por el número de escuchas, la cifra era aún menor debido al sistema de reparto prorrateado. Ocho años después, el sistema de reparto no se ha renegociado y los grupos siguen recibiendo cantidades ridículas.

Una de las reclamaciones de la EMMA es eliminar esa “caja negra” a la que van los ingresos de todas las canciones pendientes de identificar o no reclamadas que luego se reparten los que tienen más ingresos o los que mejor conocen los mecanismos internos de Spotify, que suelen ser las multinacionales. Es un sistema bastante parecido al que usó la SGAE durante décadas.

La llegada de la pandemia ha reducido a cero las vías de ingresos que tenían los artistas. “Los músicos llevan tiempo molestos con Spotify, pero el COVID ha expuesto de forma aún más clara las grietas del sistema. Spotify ha aumentado su valor en el mercado mientras miles de músicos están sin trabajo y sufriendo. El COVID ha revelado claramente la necesidad de un cambio”, resume La Neve. “Hemos dado el primer paso de una campaña más amplia que incluirá varias estrategias para acentuar la presión sobre la compañía. Esto no ha hecho más que empezar”, amenaza. Por un lado, anuncia acciones en persona que se han pospuesto debido al confinamiento. Por otro, apunta “estrategias legislativas” en busca de un nuevo marco normativo más justo y favorable.