William Pharrell, demócrata. |

Fiona Apple, demócrata. |

Michael Sweet, republicano. |

Loretta Lynn, republicana. |

Eric Carmen, republicano.

Trace Adkyns, republicano.

Kendrick Lamar le llamó tonto en su canción The heart part 4, Guns n’Roses tunearon su Civil war para alertar del “miedo que Trump alimenta”, y Fiona Apple alzó la voz para advertir al presidente tocón: “No queremos tus minúsculas manos cerca de nuestra ropa interior” (Tiny hands).

El 45.º presidente de Estados Unidos ganaría de calle el Premio Limón en la comunidad musical del país, que ya en el pasado se alineó de un modo mayoritario contra los líderes republicanos, como George W. Bush (recordemos la gira Vote for change, en el 2004, con estrellas como Bruce Springsteen y REM), y cuyo rechazo se ve ahora, a unos días de las elecciones, multiplicado en un contexto de rematada polarización.

¿El mundo del pop (y cercanías) está incapacitado per se para registrar apoyos a Donald Trump? La naturaleza del artisteo hace más proclive la simpatía por posiciones progresistas, si bien existe un disperso club de admiradores de Trump que anida más bien en las casillas tradicionalistas, en torno a la música country (el trovador vaquero Trace Adkins, la veterana diva Loretta Lynn) y a aisladas vedettes seculares del rock (Ted Nugent, miembros de Kiss; Michael Sweet, cantante del grupo metalero cristiano Stryper), con toda la cautela que comporta establecer vínculos categóricos con los géneros musicales.

Las maneras imperiales de Trump son un repelente para el grueso de cantantes y bandas, y las canciones que le ridiculizan y vituperan se cuentan por docenas. Don’t lie to me (No me mientas), le cantó Barbra Streisand. Make America psycho again, bromeó Fall Out Boy parodiando su eslogan del 2016, a lo que Snoop Doggy Dogg replicó con Make America crip again (crip es quedarse tullido). Pero no todo son sopapos, mofa y befa. Para el probo cantante Eric Carmen, Donald Trump “ganará porque es auténtico, y los demócratas lo saben»” desafió meses atrás en Twitter. Su famoso All by myself, éxito de 1975, ha sonado en los mítines.

Amenazas de muerte

Las esencias conservadoras que envuelven la música country la hacen más cercana a las posiciones trumpianas. Pero siempre hay excepciones, como el trío femenino The Chicks (antes, Dixie Chicks), cuya cantante, Natalie Maines, ya en el 2003 arremetió contra la invasión de Irak y la política de Bush, lo cual le costó al grupo un boicot en toda regla, salpicado por amenazas de muerte, que hizo desplomar sus canciones del Top 10 country (episodio recogido en el documental, de significativo título, Dixie Chicks: shut up and sing; cantad y callad).

Son singularidades en un imaginario, el de la música campestre, del que se distancian el country alternativo y la escena americana, con artistas, ahí sí, manifiestamente anti-Trump como Lucinda Williams, Wilco o Steve Earle. Pero ese es otro mundo.

La posición natural del músico es difícil de conciliar con el mensaje republicano, estima Tori Sparks, singer-songwriter nacida en Chicago, crecida entre Florida y Nashville, y residente en Barcelona desde el 2011. “Los artistas vivimos fuera de la norma, y estamos poco dispuestos a aceptar que algo debe hacerse de cierta manera solo porque así ha sido siempre”, reflexiona ella, que ya ha emitido su voto favorable a Joe Biden.

Vinculada a la American Society of Barcelona, Sparks ha removido cielo y tierra tratando de encontrar en esta ciudad a un músico estadounidense votante de Trump para que pudiera aportar también su punto de vista en este artículo. “Ha sido imposible –asegura–. Supongo que el hecho de que estemos viviendo fuera del país ya es significativo de algo”.

Tratando de ponerse en la piel del simpatizante republicano, la cantautora, que tiene votantes de Trump en su entorno familiar, observa “el miedo a que los demócratas suban impuestos, controlen sus vidas y lleven el país al comunismo”, así como una negación estructural de la maldad del líder.

“No se pueden creer que haga cosas tan negativas para su país como dicen los medios. ¡Es el presidente! Es como malpensar de tu padre”, argumenta. Trump fomenta, apunta Tori Sparks, una “cultura de la ignorancia y del odio, diciendo locuras sin que nadie le pare los pies, y eso le convierte en héroe a ojos de su gente”. Poco tendente, tiempo atrás, al posicionamiento público, ella ahora responde si le preguntan, “porque estas elecciones no son como cualquier otra”, y el momento delicado la ha inspirado a publicar un single y vídeo con su adaptación de un tema sibilino, The man who sold the world, de David Bowie.

Su posición está en línea con el clamor mayoritario en el paisaje musical. Tratándose de Trump, hasta los muertos protestan: la familia de Tom Petty (fallecido en el 2017) se manifestó el pasado junio para pedirle que se abstuviera de usar la canción I won’t back down en su campaña. “Tom la escribió para los desfavorecidos, para el hombre corriente y para todo el mundo»” aseveró el comunicado. Como cuatro años atrás los herederos de George Harrison, ofendidos por el uso de su Here comes the sun. Y qué decir de los vivos: de Neil Young a Rihanna, y de Pharrell Williams a John Fogerty han querido ver sus canciones alejadas de los mítines republicanos.

Y Trump es ese líder gubernamental que consiguió que una artista pop siempre tan distante de la arena política como Taylor Swift, que además musicalmente procede del country, se mojara en su contra, en el documental Miss Americana, asumiendo el riesgo de irritar a una parte de sus numerosos fans. O quizá calculando que, en ese momento de extremos, hacerlo era el mal menor.