«In memoriam»: José Freixanes, en la cercanía, en la distancia
El director del museo MARCO despide al artista pontevedrés, fallecido en las últimas horas y con quien compartió mucha vivencias

Freixanes, en 2008, ante algunas de sus obras. / Carlos Pereira
Miguel Fernández-Cid
Me llaman amigos comunes para contarme que José Freixanes está mal y creen que debo saberlo. Lo acompañan con el relato de vivencias compartidas y siento que José está a mi lado.
Durante años, éramos vecinos en Madrid y nos veíamos mucho, aunque una cosa no lleva a la otra, porque otros artistas vivían en el barrio y nunca visitaba sus estudios. Entonces no tenía un sentido especial, ahora entiendo que suponía algo, quizá cercanía, búsquedas compartidas, necesidad urgente de aprender.
Hablo de otro tiempo, cuando entrabas en un estudio y creías seguir el pensamiento de un artista, y eso que Freixanes siempre intentaba, al salir, hablar de otras cosas: de libros, de ideas, de política, de la vida. Y siempre con tono autoexigente.
El Freixanes que conocí, con el que viajé en coche a París o Colonia, junto a Olvido y Luis Fega y algunas anécdotas tan memorables que a veces dudo que sean verdad; el Freixanes con el que iba a jugar al fútbol en un equipo de artistas, críticos de arte y un portero llamado Baltasar Garzón, en una aventura ideada por Xosé Artiaga.
Ese Freixanes era un pintor que buscaba su lugar (tenaz, luego tozudo), pero cuando parecía acercarse a uno estable, se desplazaba. Le ocurrió cuando estaba próximo a la pintura colorista de los años ochenta —«la sorpresa del color me lleva a pintar», confesaba en una entrevista de 1990—, pero a él le seducían aires franceses más que alemanes o americanos; y le volvió a ocurrir cuando encontró en la cultura oriental un espacio desde el que mirar el mundo. Como no frecuentaba los atajos, en ninguna ocasión consiguió la incidencia que merecía.
Viví el primer momento, y doy fe. Todos queríamos demostrar estar al día, y quizá por ello defendíamos modelos externos, que nos parecían el paraíso. Freixanes estaba en otra historia, como si pasara cerca pero buscando otra cosa: en el estudio se defendía muy bien, se sentía arropado; fuera de él, la conversación era más esquiva. Lo individual quedaba en el estudio.
Vivo en una mezcla de casa, biblioteca pública y archivo documental. Abro los contenedores en los que guardo sus catálogos, tarjetas, alguna carta y notas varias: el catálogo de su primera individual en Bilbao, en 1976, cuando firmaba Freixáns; la nota de prensa de su primera individual en la galería Trinta (su espacio más fiel), en 1987, cuando era artista de la galería madrileña Juana Mordó (junto a Asunta Rodríguez, sus máximas defensoras); los catálogos de la parisina Pierre Birtschansky.
Ordeno todo por fechas y el recorrido es delator: en los catálogos van apareciendo primero anotaciones, luego textos, que se integran en collages o se presentan como proclamas. Creo que ahí está su segundo paso, el definitivo: en la obra se entrelazan los valores plásticos con los políticos, pero de un modo peculiar: abandonando el yo, valorando lo colectivo. El sentimiento individual deja paso a la reflexión social, la figura al símbolo, la búsqueda por integrarse en discursos internacionales a la reivindicación de la diferencia, del espacio cultural libre, distinto, contaminado. El artista occidental se entrelaza con el tiempo y las culturas orientales; el artista maduro rejuvenece al contacto con alumnos que le muestran otra manera de mirar; y se hace permeable a Granada y la cultura andaluza. Y todo sin perder su empeño en hacer que su voz sea, al tiempo, personal y colectiva. Casi un lío.
Como ocurre tantas veces, en un momento nos distanciamos, manteniendo siempre la admiración y el respeto profesional. Pasados unos lustros, al entrar en su casa vi que su mundo era distinto, pero la persona la misma: el diálogo proseguía donde había quedado, sin reproches. Y, sin embargo, no le pregunté por algo que repetía y siempre me inquietó: «En la pintura, lo importante es tapar bien». Hubiera sido un buen arranque para una conversación.
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