Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Entrevista | Àlex Aguilar Catedrático de Biología Animal de la Universidad de Barcelona y autor del libro «La huella ballenera de la Península Ibérica»

«Uno de los balleneros de Massó se vendió por 1.000 pesetas, hoy vale 2,5 millones de euros»

Àlex Aguilar es uno de los mayores expertos en la industria ballenera en España, que vivió desde dentro en O Morrazo. Este miércoles presenta su nuevo libro en Bueu

Àlex Aguilar.

Àlex Aguilar. / Cedida

Bueu

Àlex Aguilar es catedrático de la Universidad de Barcelona y director de su Grupo de Investigación de Grandes Vertebrados Marinos. Entre 1978 y 1985 estuvo en Galicia, trabajando en las balleneras de Massó. Primero para realizar su tesis doctoral sobre el rorcual común y luego, con la entrada de España en la Comisión Ballenera Internacional, para suministar los datos de las capturas. En 2014 publicó «Chimán. La pesca ballenera en la Península Ibérica» y ahora, junto al fotógrafo Max Aguilar «La huella ballenera en el norte de la Península Ibérica. Inventario-guía de restos históricos».

Ayer estuvo en Vigo, en el Museo do Mar de Galicia, y este miércoles a las 20.00 horas estará en el Museo Massó de Bueu, en una presentación organizada por el propio museo con la colaboración de la Librería Miranda [también se presentará «Laberinto mar», de Noemí Sabugal]. Estos dos museos y el complejo industrial de Massó en Cangas forman parte de este libro de casi 400 páginas.

Hace ya más de una década hablábamos de su anterior libro, el extenso «Chimán. La pesca ballenera moderna en la Península Ibérica». Ahora publica «La huella ballenera en el norte de la Península Ibérica». ¿Cómo se planteó este nuevo proyecto?

Este segundo libro es una continuación natural del primero. «Chimán» abordaba los aspectos sociales, industriales y políticos de la pesca ballenera durante el siglo XX. Este segundo libro tiene un recorrido más amplio, pues cubre el período completo a lo largo del cual se practicó la pesca, desde el siglo XI hasta el XX, y además tiene un enfoque distinto. Se centra en los aspectos históricos y patrimoniales y está compuesto por dos partes bien diferenciadas. La primera es un recorrido narrativo de los mil años de pesca ballenera del Cantábrico. La segunda es una descripción del legado de esta industria que aún perdura a lo largo de nuestro litoral. Las localidades del norte de la Península Ibérica atesoran museos, antiguas factorías, monumentos, restos de atalayas y escudos nobiliarios con armas balleneras, así como dinteles, sepulcros y lápidas con decoración de arpones y escenas de caza de cetáceos. De ahí el título de la «Huella ballenera», pues, como si se tratara de una guía de viaje, describimos lugar a lugar el rastro que en estos pequeños puertos aun podemos contemplar y que es un testimonio tangible de una pesca hoy abandonada.

—Uno de los aspectos que más me llamó la atención es lo que ahora denominamos como el relato. A priori se piensa en Estados Unidos, Noruega o Japón como principales exponentes de la pesca ballenera, pero en realidad a través de este libro se constata que históricamente España, primero a través del País Vasco y con luego Galicia, es el país con una industria y actividad más prolongada durante casi un milenio.

Efectivamente. Los documentos más antiguos conocidos en todo el mundo que demuestran la existencia de una pesca ballenera provienen todos ellos del Cantábrico. En Galicia, en concreto, son de finales del siglo XIII. Desde aquellas fechas tan tempranas hasta 1985, se estuvieron cazando ballenas de manera continuada. Y no solo eso. Entre 1960 y 1985, España fue el país europeo con más factorías balleneras y donde se pescaron más cetáceos de todo el Atlántico Norte. Esta actividad produjo abundantísima documentación, pero fue solo administrativa y técnica. No tuvimos ningún Herman Melville que novelara nuestra pesca, ni nos preocupamos en producir una filmografía y una museografía que la ensalzara, como sí hicieron americanos, británicos, noruegos y japoneses. Para nosotros la pesca ballenera no era heroicidad ni aventura, sino simplemente un oficio. Y de ella sólo han quedado contratos, facturas, testamentos y litigios judiciales. Ninguna epopeya épica como «Moby Dick».

Imagen

La huella ballenera en el norte de la península Ibérica

Autor: Alex Aguilar, Max Aguilar

Editorial: Universitat de Barcelona

—Hablando de datos. En el libro menciona que en los casi 30 años que estuvo activa la factoría de Punta Balea, en Cangas, procesó 1.159 ballenas y 1.402 cachalotes hasta su cierre en agosto de 1983. ¿Qué se aprovechaba en Cangas de estos ejemplares y a dónde se dirigía esa producción?

Al principio el principal producto era el aceite, que se destinaba a la alimentación y a aplicaciones industriales. Pero a partir de la década de 1950 se fue estableciendo progresivamente la cadena de frío en los canales de distribución agroalimentaria. Eso permitió que la carne, que antes solo se consumía localmente y en pequeñas cantidades, alcanzara los mercados de las grandes ciudades, como Madrid, Barcelona, Zaragoza o Valencia. Aquello produjo una gran mejora en el aprovechamiento de los cetáceos capturados y mayores beneficios industriales. Finalmente, en la década de 1970 se comenzó a exportar la carne y la grasa a Japón en buques congeladores. Esto aumentó aún más los beneficios pues el mercado nipón pagaba precios mucho más elevados que el nacional.

Un rorcual común listo para el despiece en la factoría de Balea de Massó en Cangas, en el año 1982.

Un rorcual común listo para el despiece en la factoría de Balea de Massó en Cangas, en el año 1982. / Àlex Aguilar/Universidad de Barcelona

—En España casi se podría hablar de los vascos como el alfa de la pesca ballenera y de Galicia como el omega. Relata el caso de la última ballena capturada Orio, en 1901, que acabó convertida en jabón y el ayuntamiento recompensó con 100 pesetas para una merienda a los participantes en aquella pesca. ¿Por qué en Galicia esta industria aún duró casi un siglo más?

Durante la Edad Media y hasta el siglo XIX, la pesca se llevaba a cabo desde pequeños botes a remo que zarpaban de puerto cuando se avistaba una ballena y, después de alcanzarla, se le daba muerte con arpones lanzados a mano y lanzas. Este primitivo sistema de pesca solo permitía cazar ballenas francas, que eran animales relativamente pacíficos, de natación lenta, que se aproximaban mucho a costa y que —muy importante— flotaban una vez muertos. La persecución fue tal que esta especie fue completamente extinguida en las costas europeas durante el siglo XIX, con lo que esta pesca rudimentaria desapareció. En el siglo XX, la modernización de la industria comportó el empleo de barcos de hierro con motores a vapor y cañones que disparaban arpones de 80 kilos equipados con granadas explosivas, y esto permitía dar caza a los cachalotes y los balenoptéridos, especies de natación rápida, que vivían lejos de la costa y que no flotaban después de morir. Estas especies eran sobre todo abundantes en el noroeste de la península y explica que en tiempos modernos la pesca se centrara en Galicia.

Una vista aérea de la factoría ballenera de Punta Balea, en Cangas, durante la década de 1970.

Una vista aérea de la factoría ballenera de Punta Balea, en Cangas, durante la década de 1970. / Àlex Aguilar/Universidad de Barcelona

—Uno de los lugares clave en esa industria ballenera en Galicia es Cangas, con la antigua factoría de Balea de la que hablábamos antes, dentro del complejo de Massó. Un espacio que conoce bien debido a los ocho años que pasó aquí, justo en la transición que desembocó en la incorporación de España la Comisión Ballenera Internacional (CBI). ¿Qué impresión le produce ver esas instalaciones en estado de ruina y riesgo evidente de desaparición ante la inacción de las administraciones?

Creo que es un gran error. Países como Noruega, Portugal, las islas Feroe o Islandia, que tuvieron factorías balleneras modernas de entidad mucho menor que las gallegas, han preservado con mimo lo que les quedaba y han creado centros de interpretación y museos que son puntos de interés cultural y atracción turística. En el mismo País Vasco, donde la pesca ballenera prácticamente se extinguió en el siglo XVIII, hay más museos temáticos que en Galicia, donde la pesca fue mucho más reciente, además de más longeva y socialmente más determinante. El problema es que, con la inacción, los edificios que aún quedan se van deteriorando. Cada año que pasa es un año perdido.

Una vista actual de la antigua ballenera de Massó en Punta Balea, en Cangas.

Una vista actual de la antigua ballenera de Massó en Punta Balea, en Cangas. / Àlex Aguilar/Universidad de Barcelona

—En el libro menciona los tres barcos de IBSA, la empresa ballenera de la que formaba parte Massó y que controlaba la industria ballenera en Galicia, y los atentados que sufrieron en 1980 en Marín. Uno de aquellos buques, el «IBSA Uno», pudo quedarse en Galicia, pero volvió a Noruega, de donde procedía originalmente y con su primer nombre («Southern Actor»). y desde hace tiempo es el gran atractivo del Museo de la Ballena de Sandejford. Recuerdo que en su día me contó que usted intentó que ese barco se rehabilitase y se quedase en Galicia. ¿Aquella indiferencia es uno de los grandes pecados hacia nuestro patrimonio e historia? ¿La respuesta sería hoy la misma?

El «IBSA Uno» iba a desguace y los noruegos lo compraron por 1.000 pesetas. Es decir, 6 euros. Era una cantidad testimonial que se fijó pues el traspaso legal de la propiedad del barco requería fijar un precio pero, de no haber sido esto necesario, se lo habríamos regalado con tal de evitar el coste del desguace. Hace poco, el barco se valoró en 2,5 millones de euros. Quienes tomaron la decisión de permitir que el barco saliese de España obviamente no tuvieron mucha vista. Yo no sé lo que pasaría hoy ante una situación semejante, pero sí es cierto que las dos factorías que aún sobreviven en ruinas (la de Cangas y la de Caneliñas, porque la de Morás ya está completamente derruida) se deterioran a ojos vista sin que nadie mueva un dedo. Llegará el día en que no quedará más que un montón de piedras, y entonces las administraciones se lamentarán, pero de momento nadie hace nada.

El barco «Ibsa Uno», que formó parte de la flota ballenera de Massó, y que se salvó del desguace para volver a un museo de la ballena en Noruega (en la localidad de Sandefjord), con su nombre original, «Southern Actor».

El barco «Ibsa Uno», que formó parte de la flota ballenera de Massó, y que se salvó del desguace para volver a un museo de la ballena en Noruega (en la localidad de Sandefjord), con su nombre original, «Southern Actor». / Covadonga López de Prado

—En Cangas está la antigua ballenera, pero en Bueu está el Museo Massó. En su colección permanente cuenta con una sección específica sobre la caza de la ballena, a la que se refiere como una de las mejores de la Península Ibérica. ¿Qué destacaría de esa colección y de este museo, que para muchas personas resulta sorprendente en una localidad relativamente pequeña?

La conservera Massó fue creada a principios del siglo XIX por fomentadores catalanes que inicialmente se instalaron en Bueu. Aunque a principios de la década de 1940 la producción se trasladó a la monumental fábrica construida en Cangas –otro elemento patrimonial pendiente de ser rehabilitado- la residencia familiar y el museo privado de la empresa se mantuvieron en Bueu y ello explica que la colección se haya mantenido allí hasta conformar lo que hoy es el actual Museo Massó. Tradicionalmente, la empresa se centró principalmente en la conserva, pero en los años cincuenta del siglo pasado puso en marcha la planta ballenera de Punta Balea (Cangas), y una década más tarde la de Morás, cerca de San Cibrao. Posteriormente la división ballenera de Massó Hermanos se fusionó con la coruñesa Industria Ballenera SA (IBSA), que tenía la factoría de Caneliñas, en Cee, y así se mantuvo hasta el cierre de la actividad en 1985. Esta larga tradición ballenera, y la ambición documentalista de esta saga empresarial, explican que el Museo de Massó albergue la que es hoy la colección más completa sobre esta industria. Sin embargo, hay que señalar que también el Museo do Mar de Galicia, en Vigo, el Museo Provincial do Mar, en San Cibrao, y el Museo de Historia Natural de Ferrol tienen asimismo valiosas exhibiciones sobre el tema.

—Desde el plano histórico también resulta curioso el rol de algunos actores, como la Iglesia y sus diezmos. Incluso menciona una discusión de 1547 en Galicia, entre el Obispado de Mondoñedo y unos capitanes vascos que habían capturado 30 ballenas en Bares. ¿Cuál era el papel eclesiástico?

-El interés de los clérigos por la pesca de la ballena era doble. Por un lado, era un producto sobre el que se podían imponer diezmos o impuestos, que en determinadas localidades y períodos no resultaron nada desdeñables. Pero, además, hay que pensar que, a pesar de ser mamíferos, hasta épocas recientes a las ballenas se las consideraba pescados. Para los clérigos, aquella distinción era importante porque en la Edad Media estaban forzados a abstenerse de comer carne de animales terrestres no solo en cuaresma, adviento y cada viernes, sino también en muchos otros períodos del año. Por eso para ellos la carne de ballena bocado era un bocado particularmente apetitoso. En muchos casos esto les llevó no sólo a reclamar porciones de la ballena capturada, generalmente la lengua y las aletas, sino que además varios altos cargos eclesiásticos se involucraron directamente en la pesca como armadores y financieros.

—El análisis histórico también nos permite comprobar como evolucionó la percepción humana hacia estos animales. Tenemos en el Antiguo Testamento la historia de Jonás y a mediados del siglo XIX una de las grandes obras de la literatura universal, «Moby Dick», en la que Herman Melville habla de la ballena como una «una fuerza atroz poseída de una perversidad inescrutable» y como un ser «demoníaco» y «espantoso». Nada que ver con la actualidad. ¿Cómo se operó ese cambio? ¿Nos hace mejores como seres humanos?

-Las ballenas son los mayores seres que han habitado el planeta. Una ballena azul puede pesar tanto como 2.000 personas. Solo esta desmesura ya despertaba en épocas pasadas una profunda admiración. Pero, además, al habitar en general aguas alejadas de la costa, su anatomía, su biología y sus hábitos permanecían desconocidos. La combinación de su tamaño colosal y los enigmas que las rodeaban las convirtió en criaturas misteriosas, cuando no malignas. Todo cambió con la llegada de la era industrial, cuando estos animales se volvieron accesibles y, peor aún, económicamente rentables. La caza ballenera moderna, que fue especialmente intensa en la primera mitad del siglo XX, fue desmedida y llevó a muchas poblaciones de ballenas y cachalotes al borde de la extinción. Esto hizo que, con el surgimiento del movimiento ecologista en las décadas de 1960 y 1970, la ballena pasara a convertirse en símbolo de los excesos humanos en los océanos. El expolio perpetrado por las grandes compañías balleneras entre 1920 y 1940 contribuyó decisivamente a forjar la conciencia de sostenibilidad que hoy afortunadamente caracteriza a buena parte de la sociedad.

Un ballenero de nombre Francisco Franco, que reclamaba su parte de los beneficios

En “La huella ballenera en el norte de la Península Ibérica” Àlex Aguilar incluye curiosidades y anécdotas históricas. Como la de un ballenero de nombre Francisco Franco. La afición del dictador por la pesca fluvial y de altura era bien conocida y durante los años de auge de la industria ballenera en Galicia no dejó pasar la oportunidad de cazar grandes cetáceos.

Àlex Aguilar cuenta que a bordo de su yate privado, el “Azor”, Franco hizo instalar un cañón Henriksen de 60 milímetros de calibre y envió a su comandante a realizar prácticas a bordo de los balleneros gallegos para que aprendiera el oficio. Así, durante los veranos de la década de 1950 y 1960 el dictador aprovechó para cazar cachalotes, calderones y pequeñas ballenas. En el libro incluye incluso una foto del general a bordo del "Azor" con un calderón en la cubierta, aún con el arpón en el costado del animal.

¿A dónde iban esas capturas? Al principio Franco las dejaba en el puerto de la localidad más cercana para que sus habitantes admirasen su destreza. Pero no tardó en recibir quejas porque cuando se marchaba los animales quedaban en el mismo lugar donde los depositaba y eran los ayuntamientos quienes tenían que hacer frente a los gastos de su retirada.

Franco encontró rápidamente una solución ventajosa. Sobre todo para él. Decidió entregar sus capturas a las factorías gallegas para que las aprovechasen y comercializasen. ¡Pero no a cambio de nada! A los pocos días enviaba a un comandante de Marina a recoger los beneficios del ejemplar que hubiese capturado, que venían a ser unas 50.000 pesetas por un cachalote de tamaño medio. Parece ser que Gaspar Massó, el gran patrón de Massó Hermanos, tuvo alguna que otra discusión con el dictador a cuenta de los gastos, pero Franco no aflojaba.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents