Las historias que no cuentan los fríos números de la inmigración
Un grupo de los 106 refugiados que están acogidos en Bueu cuentan a FARO su odisea de supervivencia

Un grupo de los refugiados después de una actividad con el Bueu Atlético de balonmano en el pabellón Pablo Herbello. / P.B.
No hay casi ningún día en el que los informativos de cualquier cadena o las páginas de los periódicos no recojan la llegada de un cayuco o una patera a las costas españolas con decenas o cientos de inmigrantes a bordo. Unas noticias que son tan frecuentes que muchas veces las procesamos como simples números, unos números que se parecen más a un parte de guerra o a una supuesta amenaza que a la realidad que hay detrás. Porque detrás de esas cifras hay personas con nombre y apellido, como Ibrahima Diallo, Sheriffo Hydara, Sega Sissoko, Mahamadou Sakhone o Demba Samba. Personas que arriesgaron su vida en una travesía incierta para escapar de la guerra, de la violencia y falta de seguridad que asola a sus países, de la falta de oportunidades y, aunque en este cómodo primer mundo parezca increíble, también del racismo. Porque en África también existe racismo. «Aquí por lo menos la gente te trata con dignidad y como a un ser humano», afirma Demba Samba, que estudia en la Escola Náutica de Bueu el curso de marinero-pescador.
El Hotel Alda Bueumar acoge desde el 1 de enero a 106 refugiados, un grupo que está bajo el paraguas y coordinación de la ONG Accem. «Nuestro trabajo es de acompañamiento, no de tutela. Estamos hablando de personas adultas, que saben tomar sus decisiones y que si están aquí es porque tuvieron que tomar algunas muy difíciles», explican Ariadna Navarro y Pablo Bermejo, de Accem Galicia. Esa labor de acompañamiento incluye atención psicológica y jurídica, orientación laboral... «Nosotros les ofrecemos una serie de herramientas y ellos tienen que tomar sus decisiones», añaden.
Accem cuenta con 15 personas trabajando con este grupo asentado en Bueu, que previamente estuvo en Mondariz. Un personal que se divide en turnos y que abarca perfiles como integradores sociales, trabajadores sociales, orientadores, enfermería y un intérprete para ayudarles con el idioma. La elección de Bueu está relacionada con la colaboración que la ONG tiene desde años con la cadena hotelera Alda Hotels, que es la propietaria del Hotel Bueumar.
Los 106 refugiados que están en Bueu son solicitantes de protección internacional. Muchos ya han recibido la respuesta positiva, lo que implica la concesión del permiso de residencia y de trabajo durante un periodo de cinco años, prorrogables por otros cinco. Y entre los que todavía esperan una respuesta, a los seis meses se activa al menos el permiso de trabajo. En estos momentos la situación de conflicto generalizado que se vive en Mali significa la concesión casi automática de esta protección, como es el caso de Sega Sissoko o Mahamadou Sakhone.
En estos momentos hay un grupo de más de 20 personas que ya están trabajando en plantas de procesado de pescados y congelados en lugares como Mos o Vilagarcía, hay otras 40 que se espera que en las próximas semanas se espera que puedan incorporarse al mercado laboral y luego hay una veintena que están realizando diferentes cursos de formación, que abarcan sectores como la construcción, comercio, mecánica o naval.

Agencia ATLAS
El gran problema con el que se están encontrando muchos es el mismo que el resto de la ciudadanía: el acceso a la vivienda. «Estamos recibiendo ofertas de trabajo y hay interés de empresarios locales, pero las posibilidades de aceptarlas están limitadas por los problemas para encontrar una vivienda ya que a partir de una determinada cantidad de ingresos deberían dejar este alojamiento», explican desde Accem. «No hay un rechazo hacia ellos, sino que es algo general por la falta de oferta inmobiliaria», añaden.
La conocida como «ruta canaria» es una de las alternativas más duras y peligrosas para los migrantes. A finales de agosto de 2024, cuando la mayoría de estos refugiados estaban aún en Mondariz, esa ruta cumplió 30 años: el 28 de agosto de 1994 llegó a Fuerteventura la primera patera de la que se tiene noticia, que partió del Sáhara Occidental y llegó con dos personas a bordo.
Las razones para embarcarse en una de las rutas más peligrosas
¿Pero que impulsa a una persona a arriesgar su vida en una travesía tan peligrosa? Hay tantas razones como personas, pero hay denominadores comunes. «Yo pagué 1.000 euros por una travesía de cuatro días y tres noches», cuenta Demba Samba. Él es natural de Mauritania, donde la etnia mayoritaria es la árabe. «La población negra es minoritaria, sufrimos discriminación y violencia por parte de la policía», cuenta mientras se señala un diente que le rompieron durante una paliza. Antes de llegar a España estuvo varios años en Argelia, donde el racismo también está al orden del día. «En septiembre de 2023 la policía me dejó en la frontera de Níger. Después entré ilegalmente en Mauritania, pero no para quedarme sino para embarcar en una patera con 60 personas el 31 de diciembre de 2023», relata.

Un grupo de los refugiados que están acogidos en Bueu juegan al fútbol en el campo de A Graña, en una actividad en colaboración con el Club Deportivo Bueu. / Accem
Ibrahima Diallo también dejó su país –Guinea Conakry– por la falta de seguridad. «Mi padre se casó por segunda vez y el exmarido de su nueva esposa era un hombre con mucho poder, que cuando se enteró del matrimonio comenzó a amenazarnos», cuenta el joven de 20 años. El exmarido envío a varias personas para amedrentar a la familia de Ibrahima y llegaron a matar a su hermano durante una paliza. «Cuando fuimos a la policía lo que nos decían es que era una persona con mucho dinero y que no podían hacer nada», explica Ibrahima, que decidió huir a Senegal.
«Estuve allí cuatro años, en los que viví tranquilo hasta que el exmarido de la mujer de mi padre se enteró de que estaba allí y mandó gente a amenazarme. Así que conseguí plaza en un cayuco y después de una semana de travesía llegamos a El Hierro el 6 de junio de 2024», manifiesta el joven guineano.
A Sheriffo Hydara le movieron otras razones. Tiene 29 años y es natural de Gambia, donde consiguió entrar en la universidad para estudiar informática y era profesor voluntario en infantil. Una noche de mayo de 2024 dejó su casa y emprendió un viaje de casi dos días hasta llegar a Senegal, donde embarcó en una patera con otras 120 personas. «Estuvimos 16 días en el mar. Yo lo dejé todo por la falta de recursos, no podía hacer más que el primero de los cuatro cursos en la universidad», cuenta.

Un grupo de los refugiados que están en Bueu desde enero en una visita al Museo Massó, en el interior de la Sala Noble. / Accem
El Hotel Bueu Aldamar se ha convertido en una especie de colonia africana y entre los refugiados hay varios procedentes de Mali, un país que lleva en guerra desde 2012. Un conflicto armado que les ha obligado a escapar y que parece que les ha dejado cicatrices que no se ven. Algunos de ellos, como Mahamadou Sakhone o Sega Sissoko evitan hablar sobre esa guerra y cómo les afecta. Es un proceso que a buen seguro necesita tiempo y acompañamiento. Ahora también se acercan fechas sensibles para todos ellos. La mayoría son de religión musulmana y en marzo será el mes del Ramadán. "Son unas fechas muy especiales, como para nosotros la Navidad, y se les hace duro estar lejos de sus familias", explican desde Accem.
Una doble oportunidad: para los refugiados y para la población que los acoge
El grupo que está en Bueu está integrado exclusivamente por hombres. Una vez que los migrantes llegan a tierra el Estado los distribuye en grupos de varones, mujeres y menores. Una separación que tiene entre sus objetivos ofrecer una mayor seguridad a las mujeres, que son menos pero mucho más vulnerables y corren el riesgo de caer en las redes de la trata y prostitución.
La presencia de los refugiados en O Morrazo supone una doble oportunidad. La más evidente es para ellos, que luchan por alcanzar una vida mejor fuera de sus países. Pero es también una oportunidad para los lugares de acogida. El contacto y a interacción con los refugiados es una forma de «sensibilizar y de romper estereotipos y prejuicios», sobre todo entre los más jóvenes. Después de la reciente charla de presentación y voluntariado organizada en el Centro Social do Mar los contactos con colectivos, clubes deportivos y centros educativos se han multiplicado. Mañana mismo un grupo estará con la Asociación Terrícola en el colegio de A Pedra en una actividad denominada "Coñecémonos".
El objetivo es que conozcan su realidad, sus tremendas historias de supervivencia y, ante todo, que estamos hablando de personas y no de fríos números. Porque las cifras también tienen un rostro y una historia que hay que querer escuchar.

Mahamadou Sakhone, de Mali, durante el curso de revestimientos en Vigo. / Accem
Mahmadou Sakhone, de Mali: «Mi país está en guerra, no quiero irme de aquí»
Mahamadou Sakhone es uno de los refugiados que procede de Mali, un país que se desangra en una guerra civil desde 2012. «La guerra llegó a mi pueblo en 2023 y me fui a Mauritania. Allí no tenía donde quedarme, un día vi a un grupo de gente empujando una patera en la playa y me pidieron ayuda», cuenta. En ese momento también le preguntaron si quería embarcarse, algo que hizo poco después. «No tenía mucho dinero y salí en una patera con 66 personas», cuenta.
Mahamadou, de 26 años, evita hablar del conflicto que afecta a su país desde más de una década, pero es contundente al afirmar que «no me quiero mover de aquí». Antes de abandonar Mali estudiaba secundaria y trabajaba como albañil y alicatador. Por ello, ahora mismo está realizando en Vigo un curso de revestimientos continuos, una formación vinculada al sector de la construcción. «Me gusta mucho, es muy parecido al trabajo que hacía en mi país», asegura.
Uno de los lugares que más le gusta de Bueu es la Biblioteca Torrente Ballester. «Me encanta aprender y leer y cuando puedo voy a la biblioteca», asegura Mahamadou Sakhone.

Sega Sissoko, ayer, delante de la playa de Agrelo, en Bueu. / Fdv
Sega Sissoko, de Mali: «Quiero estudiar, la formación es importante para un buen trabajo»
Sega Sissoko, de 26 años, procede de Mali, pero antes de emprender la travesía a Europa estuvo tres años en Mauritania, a donde se fue escapando de la guerra. «Allí lo que hacía era vender agua. Cuando hice el viaje en patera éramos más de 70 personas y llegamos a Gran Canaria en abril de 2024, donde nos recogió la Policía y la Cruz Roja», relata.
El vivía en Bamako, la capital del país, y al igual que su compatriota Mahamadou Sakhone evita hablar de la guerra. De lo que sí habla con ilusión es de sus planes. «Quiero trabajar, pero me gustaría seguir estudiando. La formación es importante para poder tener un trabajo mejor», apunta. Sissoko es uno de los refugiados que está matriculado en Vigo en un curso de formación. «Estoy estudiando Comercio, un módulo en el que aprendemos a gestionar pedidos, almacén, hacer caja... También me gustaría completar la formación de carretillero», cuenta.
El deporte es otra de sus grandes aficiones y cuando estaba en Mondariz salía a correr con el club de montañeros. Una práctica que quiere retomar en Bueu cuando se recupere de un problema físico.En Mali se quedo su familia, con la que mantiene contacto constante. «Ellos solo están preocupados por mí, por si estoy bien», relata Sega Sissoko.

Ibrahima Diallo, segundo por la izquierda, este fin de semana en la Cruz de Ermelo tras salir a hacer deporte con el Club Corredoiras de Bueu. / Corredoiras
Ibrahima Diallo, de Guinea Conakry: «En mi país mataron a mi hermano, aquí nadie me amenaza»
Ibrahima Diallo se muestra feliz en Bueu. «Me marché de Guinea porque el exmarido de la segunda mujer de mi padre mandó varios hombres a amenazar a mi familia y mataron a mi hermano. Aquí soy feliz porque nadie me amenaza», explica. En Bueu asegura que se siente a gusto porque ha podido retomar su formación. «Yo trabajaba como mecánico y ahora estoy en Vigo en un curso de automoción. Sí que me cuesta un poco con el idioma, pero al final los profesores explican muy bien y las cosas no son tan distintas», cuenta Ibrahima.
Ibrahima no ha tardado mucho en integrarse y buena prueba de ello es que este fin de semana salió con el Club Corredoiras a realizar deporte. Una buena carrera por los montes de Bueu, con parada en la Cruz de Ermelo. Un esfuerzo que no fue nada comparado con su travesía hasta llegar a Canarias. «Fue una semana en el mar, al final nos tuvo que ayudar un barco de Salvamento Marítimo para llegar a puerto», relata. Desde entonces ha pasado por El Hierro, Tenerife, Mérida, Mondariz y ahora Bueu. «Aquí me gusta mucho el mar y la playa», dice.

Demba Samba en la Escola Náutica de Bueu junto a algunos de sus compañeros del curso de marinero-pescador. / Gonzalo Núñez
Demba Samba, de Mauritania: «Quiero ser marinero; aquí me tratan como un ser humano»
Demba Samba , de 30 años, llegó desde Mauritania, donde trabajaba en la pesca artesanal. Un trabajo que le gustaba y que quiere seguir haciendo en España. «Estoy estudiando en la Náutica de Bueu y tengo mucha suerte porque el profesor es muy bueno. Además está un señor que se llama Amador, que me está ayudando con el curso», explica.
Samba está matriculado en el módulo de marinero-pescador y asegura que «me gustaría quedarme y trabajar en Bueu». El racismo fue la principal razón por la que decidió dejar Mauritania. «Aquí se vive con seguridad y dignidad, siento que la gente me trata como a un ser humano», sentencia Demba Samba.

Sheriffo Hydara (a la derecha), ayer en el Hotel Alda Bueumar junto a su compañero Sekou. / Gonzalo Núñez
Sheriffo Hydara, de Gambia: «Estuve en una patera 16 días con otras 120 personas»
Sheriffo tiene unas enormes ganas de estudiar y formarse. En su país llegó a estar en la universidad y desde que llegó a España hizo un nuevo curso de informática, otro de manipulador de alimentos y ahora está realizando una formación online de operaciones auxiliares de servicios administrativos y generales. «Me embarqué desde Senegal en una patera con otras 120 personas. Había niños y niñas, una chica embarazada, hombres y mujeres. Había una chica de 15 o 16 años, que se desmayó en la patera y le di mi chaqueta para protegerla. En total fueron 16 días de viaje y pudimos llegar todos vivos», relata.
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