Cualquier tiempo pasado fue peor / Bandolerismo en la comarca
Los gavilleros y la cárcel
Los bandoleros gallegos vivían entre sus convecinos

Antigua cárcel y actual oficina del PEPRI en Cangas. / GONZALO NÚÑEZ
José Moreira Pumar
A mayor brevedad diremos que el bandolero gallego del S. XIX no vive huido lejos de la sociedad escondido por las montañas, como ocurría en Andalucía, sino que convive entre sus convecinos de manera anónima, trabajando de jornalero, campesino, tabernero o sastre. Si alguien los conocía, no les señalaba porque sus fechorías las cometía en otros lugares, fuera de su feligresía. En su parroquia, estaba el confidente de gavilla, un anónimo delator que actuaba de caballo de Troya, daba el chivatazo a la banda comunicándole que tal vecino vendiera un par de bueyes en la feria o una finca, o tal otro estaba construyendo una casa, por tanto se les suponía con dinero fresco y de esa manera era motivo para “hacer una visita”.
En la zona del Morrazo, destacaron algunos capitanes de gavillas: Benito Fontenla, José Colorado alias ‘El Andaluz’, Manuel Álvarez alias ‘El Castellano’ y Domingo Davila.
En cuanto a la cárcel de la villa, solo daremos unas breves pinceladas para señalar que el inmueble era una ruina total y la situación de los encerrados la calificaríamos de infrahumana.
Como las fugas solían ser frecuentes no solo por el mal estado de la cárcel (ventanas desgajadas, techumbre con huecos, rejas en mal estado, falta de celo de los guardianes) sino también por una situación de crisis económica y moral. Aunque, cuando realmente no interesaba la fuga de algún reo, se le ponía un grillo o bola de hierro de 25 libras de peso sujeto a uno de los tobillos que le impidiese escapar. Todo ello estaba al capricho del juez

Vista de Santa María de Cela (Bueu). | // GONZALO NÚÑEZ
El trato a los encerrados era de lo más lastimero, de insufrible miseria. El preso tenía por compañeros la suciedad, el frío y el hambre, un sufrimiento añadido a la condena. Alguna de estas tres calamidades solía mitigárselas la caridad cristiana de algún vecino que por piedad, dejaba en testamento ropas que llevó en vida y, con suerte, podía caer alguna manta, ya raída por el desgaste del tiempo, para el frío. Asomado a las rejas, que miran a la calle de la Cárcel, hoy Benigno Soage, los reos pedían limosna a los que pasaban.
¿Por qué pedían caridad? Porque el condenado debía pagarse de su bolsillo su propia manutención. Para los que tenían ciertos bienes, la familia le traía el sustento. ¿Se imagina el lector cómo lo pasarían aquellos carentes de fortuna, que eran casi la totalidad de los reos?

La excolegiata de Cangas. | // GONZALO NÚÑEZ
En localidades pequeñas como Cangas, la precariedad del sistema penitenciario no permitía la existencia del funcionario carcelero que custodiara la cárcel. Esta responsabilidad recaía sobre los propios vecinos que, obligados por el juez, se encargaban de vigilarlos en grupos de dos a cuatro o cinco hombres, dependiendo de la calaña de los internos, para relevarse cada poco tiempo. Los que custodiaban la cárcel ocasionalmente podían encontrarse algún reo conocido o pariente, en ese caso aun corriendo el riesgo de ser castigado, le permitía salir y acercarse a la iglesia, que estaba a pocos metros, para pedir limosna entre los asistentes a misa, procuraba siempre que el cura oficiante o el sacristán no advirtieran su presencia, en caso contrario era rápidamente expulsado. De esa manera con lo recaudado aliviaría en lo posible el hambre de ese día.

Una procesión del Carmen en la parroquia de Ardán (Marín). | // S.A.
Año 1607. Famoso ladrón
Para encontrar bandas de ladrones en la comarca no hay que esperar a los gavilleros del Siglo XIX. Los delincuentes existieron y existirán en cualquier época. En la localidad, encontramos ya precedentes de bandolerismo en el Siglo XVII. Un tal Francisco Suárez que capitaneaba una banda de ladrones cometiendo robos por toda la comarca, incluyendo el otro lado de la ría. Robos que hoy nos parecerían ridículos, pero entonces, se consideraban de sumo valor. No olvidemos que nos hallamos ante una sociedad muy pobre y cualquier objeto o utensilio tenía muchísimo valor.
En 1607, el juez de Cangas había condenado al forajido Francisco Suárez a 4 años de destierro y prisión por haberle robado la mula al cura de Teis. El abad, Alonso Núñez, protestará airadamente contra el juez acerca de las andanzas de este personaje diciéndole que la dictada sentencia no llegó a cumplirla pese a ser condenado a galeras. Es más, le manifiesta que Suárez anduvo suelto y se unió a otra banda de ladrones capitaneada por su suegro Juan Martín quienes comenzaron a asaltar y saquear las casas y haciendas por Santomé de Piñeiro y Ardán “donde hurtaron mucha cantidad de dinero y cometieron fechorías en distintos lugares de la zona y ahora andan huidos. Añade el clérigo que el Corregidor de Bayona los condenara también a galeras. El indignado abad exigía al juez que “por tales hechos los conduzca a la cárcel donde ahora se encuentran y se lleve ante el Gobernador para un mayor castigo, cosa que todavía Vuestra Merced no hace”.
Año 1690. ¿Cárcel por prostitución?
Uno de los encierros más antiguos lo encontramos en una humilde muchacha llamada Juana Freire, soltera, pasa de los 25 años y vecina de Darbo. Dice ser huérfana, hija que quedó de Alberte Gago. Juana está presa en la cárcel pública de la villa desde “…va corriendo ya por más de tres meses” y ante la imposibilidad de alimentarse por carecer de recursos, pide clemencia al Juez Pedro Menduiña, pues declara “ser mujer pobre y no tiene medios con qué sustentarse y además declara haber dicho la verdad en que se halla preñada como es notorio y no saber de quién”, suplica “la deje suelta y tenga con ella benignidad”. Desconocemos la causa de su encierro, probablemente por su condición de pobre y llevar vida licenciosa.
Año 1816 . Fuga por hambre
En septiembre del año señalado, varios miembros de la banda de Domingo Davila están presos en la cárcel pública de Cangas, acusados de haber asaltado y saqueado la casa rectoral de su propia parroquia de Ardán y dado muerte a su párroco D. Benito Enríquez Valladares la noche de 23 octubre de 1809. Poco tiempo después, la banda fue detenida.
Uno de los miembros de la gavilla de Davila, Nicolás Iglesias, vecino de Ardán y partícipe del salto a la mencionada rectoral logró fugarse al cabo de tres años. Perseguido por la justicia, cuatro años más tarde, el 19 de septiembre de 1816 es capturado gracias a dos vecinos suyos de Ardán que le delatan.
Puesto ante el juez, Nicolás declara bajo juramento que hizo la fuga sólo por pura necesidad “para poder comer, buscarse la vida y ganar algún dinero”. Confiesa que desesperado y “viéndose muy hambriento y pereciendo de necesidad y miseria, el año pasado de 1812 se le presentó la ocasión de poner remedio a su calvario y aprovechando que estaba la puerta abierta de la celda sin sus vigilantes se salió de ella por puro menester y a ninguna otra cosa”.
Nicolás, un pobre miserable, es un claro ejemplo de quienes mayoritariamente “frecuentaban“ la cárcel.
Año 1811. Secuestro del juez y alcalde Sequeiros
En plena Guerra de Independencia contra Napoleón (1808 -1814), regía los destinos de la Villa D. José Mª Sequeiros, abogado y a la sazón Juez y Alcalde, nombrado por el Arzobispo de Santiago por ser “persona idónea y justa capaz de contener el desorden que actualmente reina en la villa y perturba el sosiego público”.
Sequeiros, dos años después de haber sido secuestrado, cuenta que todo comienza con la caída de Vigo en manos de tropas francesas. Señala la existencia de pandillas descontroladas que amparadas por las circunstancias de la guerra, cometían toda clase de desmanes. Sequeiros refiere que una de estas pandillas de gavilleros irrumpió violentamente por la noche en su casa, “me raptaron con intenciones poco claras, con serias amenazas de matarme”.
Los secuestradores le maniataron y le condujeron lejos. Cerca de Marín deciden dejarlo abandonado a su suerte. Sequeiros permanecerá en aquel puerto durante algún tiempo sin atreverse a regresar a Cangas.
El transcurso de la guerra jugará a favor de nuestro abogado. Sequeiros estando en Marín se entera que Vigo fue liberado de franceses y restablecido el orden de nuevo, decide regresar y poner ante las actuales autoridades militares de Vigo lo ocurrido a su persona. Sequeiros es repuesto de nuevo en su cargo de juez y alcalde, sin embargo, dirá más tarde, que el secuestro y el desasosiego le perdura todavía a tal punto que mermaron su salud. Señala también que sus secuestradores fueron pagados por sus enemigos políticos.
Año 1814. La cárcel al completo
La guerra de Independencia ha finalizado. Muchos partisanos de las guerrillas, se disuelven, otras sin embargo, sus miembros permanecerán vinculados al grupo, convirtiéndose en gavilleros, bandas cada vez más numerosas.
Domingo Antonio Gestido, un honrado labrador es nombrado Alcalde y administrador de Justicia en la feligresía de Santa Mª de Cela. Refiere que con fecha de 22 de junio recibe de la “Sala del Crimen” comunicación del apresamiento y proceso de los ladrones capitaneados por el famoso Benito Fontenla, de los que forman parte sus dos hijos varones Pedro y Juan todos de Ardán.
Le informa el comunicado que Fontenla y sus hijos fueron detenidos, sentenciados y recluidos por el Consejo Militar en las “Cárceles Reales de La Escollera de Ferrol” de máxima seguridad. Resulta que actualmente defienden su causa tres abogados de Pontevedra quienes exigieron del Tribunal se les cambie de prisión por las de Cangas, petición que les fue concedida.
El alcalde de Cela lee atónito el comunicado y no da crédito al contenido. Se le ordenaba, nada menos, que los mencionados ladrones de gavilla sean trasladados a la cárcel de esa comarca, es decir, a Cangas. Resulta que su ingreso en la prisión de la Villa es del todo imposible, la cárcel de Cangas ya está completamente saturada de ladrones por lo que deben ser internados en la trena de Cela.
El alcalde y juez de Cela no sale de su asombro, considera que recibirlos será la mayor insensatez, pues “quedan advertidos que trasladarlos a este pueblo de Cela ( sepan que aquí no hay cárcel ni fortaleza alguna capaz de tenerlos seguros se trata de una simple bodega ) bajo custodia y dicha seguridad la tiene la tiene la cárcel de Cangas, aquí no es posible garantizar su seguridad. Por tanto se aconseja se les lleve a las cárceles de Compostela”. Y añade “tenemos noticias de que el famoso ladrón Benito Fontenla y su hijo Juan tienen bajo su mando una tropa de gavilla con guarnición en Vigo y ahora pretende entregárselos a este otorgante para que los encierre. El juez les previene… Pues si la cárcel de Ferrol no fue lo bastante segura por haberse fugado hasta dos veces de aquel presidio y capturados las dos veces
El de Cela insiste que la idea de traerlos a este pueblo es descabellada y peligrosa pues además de ser cárcel muy poco segura alertamos “que los ladrones pronto serán rescatados y liberados, los pondrán a salvo más pronto que tarde por la cuadrilla que tiene bajo su mandato e imposible de poder contenerlo por los vecinos, pues son hombres pacíficos que solo saben de labores del campo y no saben ni podrán impedirlo. Fontenla desde el encierro, planeará con su especial destreza, escaparse como lo hizo otras veces” .
Año 1811. Fuga de la hija de Fontenla
No andaba desacertado el Juez de Cela respecto al gavillero Fontenla, conocía precedentes de haberse fugado más de una vez de prisiones y en esta ocasión, planificó la fuga de la cárcel de su hija, también partícipe en varios robos.
En la cárcel estaban encerradas dos mujeres, Antonia, hija de Benito Fontenla, y Rosalía Paz ambas miembro de la banda. Los componentes de la gavilla lograron liberarlas del encierro. Su fuga ocasionó que un grupo de cinco labradores, todos vecinos de Bueu encargados de vigilar y custodiarlas, estén bajo arresto.
Los cinco vigilantes están detenidos por disposición del juez “y en prisión donde antes hacían guardia y no impedir su huida” refiere el acta. Naturalmente los cinco, dicen no ser culpables de la fuga de las dos mujeres, pues manifiestan “ ser ignorantes labradores y muy rústicos”, señalan haber sido víctimas de engaño y ser temerosos de la violencia con que la banda de Fontenla “ se presentó, planeó y protegieron la fuga de las dos mujeres´´, pues viéndose acobardados no se opusieron ni impidieron la huida y viendo ya la cárcel vacía, aprovecharon su “remoción” es decir, nada que vigilar decidieron marcharse a sus casas para atender a sus labores de recolección de maíz y otras más pendientes labores. El juez, D. José Mª Sequeiros en consideración a todo lo sucedido, sopesó la situación y les pone por castigo “la carcelaria” es decir, deben cumplir la pena en sus casas, permanecer en ellas sin salir, pudiendo hacerlo solo en caso de asistir a misa.
La situación social a causa de la guerra, era de total desastre, los jueces podían actuar a su capricho como señores todopoderosos.
Año 1812. Otro caso de fuga
El 23 de septiembre del año en curso, Cosme Carballo vecino Cela, se halla preso en la cárcel. Cosme era uno de los guardianes que hizo llamar el Juez y Abogado D. José Mª Sequeiros para que a su orden custodiara el traslado de la condenada Joaquina Rodal, moza soltera y vecina de Cangas y miembro de la banda de Fontenla, desde la audiencia de esta villa a la prisión. Cosme relata que yendo de camino en plena noche, les apareció de la oscuridad un perro en actitud agresiva que les asaltó y en plena defensa, la prisionera aprovechó confusión, para soltarse de la mano que la sujetaba y huir en la oscuridad de la noche, mientras el perro seguía amenazándome, relataba Cosme.
Responsable de su fuga, Cosme lleva tres días encarcelado por orden del juez Sequeiros. El padre de Cosme, Francisco Carballo se presenta ante el juez en solicitud de carcelaria para su hijo, haciéndose por fiador de que la cumplirá, en caso contrario sería su padre reo de cárcel.
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